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Pilar Galán

Hace un año

Hace un año

Hace un año

   Fue un trece de marzo, viernes. Me despedí de mis alumnos para quince días, bromeando y llenándoles de consejos. A algunos ya solo volví a verlos a través de los ordenadores, en esa forma nueva y extraña que adoptaron las clases, si es que pueden llamarse de ese modo. Tampoco había oído hablar nunca de las videoconferencias ni de pantallas como fronteras o como puentes, pero todo eso lo aprendí más tarde. Entonces yo escribía como una tonta: la vida es un aquí y un ahora, sin saber muy bien qué me estaba diciendo la gramática, siempre exacta. Escribía carpe diem, escribía collige virgo rosas. Ahora conozco muy bien la medida del tiempo, o al menos, creo conocerla.

La eternidad es una tarde de domingo durante el confinamiento, cuando ya se han agotado las ideas de las manualidades y los juegos de mesa, y no dejan de llegar mensajes con textos para corregir, dudas o preguntas de alumnos desesperados. La eternidad es hacer los deberes con tu hijo pequeño, subir la foto, escuchar cómo el telediario desgrana la cifra de muertos, una a una. Entonces (lo repito, la medida del tiempo siempre es circular) yo había guardado un artículo sobre las residencias de ancianos de la comunidad de Madrid. Decía que la mayoría de las personas mayores no recibía visitas nunca. El espanto (lo que yo creía espanto) se deslizó líquido por mi espalda al leer aquello.

No conocía la medida del dolor ni todo aquello que puede ocurrir en una residencia, incluso ahora. Escribí una columna que dejé a medias, como tantas otras cosas. Empezaba así: Según un estudio que afecta a once residencias de ancianos del sur de Madrid, solo el 40% de residentes recibe visitas entre enero y junio, aunque en verano esa cifra cae a un 15%. En Navidad, únicamente el 16% cenaron con su familia. Aún la pandemia no había golpeado a estas mismas residencias y tantas otras sin visitas, aún no habíamos salvado la Navidad, ni sabíamos de olas ni eran necesarias las mascarillas.

Fue un trece de marzo, como el de ahora, tan igual y tan distinto. La primavera apenas anunciada había llenado las terrazas, las calles, los espectáculos. Luego echarían la culpa a la manifestación. Me gustaría saber a qué echarán la culpa ahora. Miro a mi alrededor y veo las terrazas llenas de personas sin mascarilla, la gente fumando y comiendo sin guardar distancias por la calle, mientras los centros escolares continúan congelados en un tiempo sin apenas actividades ni excursiones, con semanas que se suceden sin sorpresas, sin algo nuevo que llevarse a la boca de la rutina. Veo las colas del hambre. Los yo mí me conmigo que se han puesto la vacuna sin tener derecho. El obispo, el militar, el político…aquellos pastores convertidos en lobos para sus ovejas. Me preguntan hoy qué hemos aprendido. Qué experiencia hemos sacado de esta pandemia.

Nada es la primera palabra que me viene a la boca, pero justo a tiempo, la frena el sacrificio del personal sanitario, de todos los que trabajaron en estos tiempos de guerra, el personal esencial, más esencial que nunca, los voluntarios, los docentes, los que han tratado de mantener la cultura aunque sea encerrada entre pantallas…Es una gota mínima en el océano infinito de la estupidez y la irresponsabilidad de las casi cuatrocientas fiestas ilegales, por ejemplo, en las que la policía ha tenido que intervenir en Madrid, este fin de semana. No hemos aprendido nada, quería haber dicho, pero no sería cierto. Frente a la nada, están algunos, pocos, en esta guerra de pronombres en la que por una vez quisiera creer que las excepciones no van a confirmar la regla.  

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