Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Sosa Wagner

Paisaje con ninfas (I)

El derecho a la autodeterminación biológica

La escena está poblada por sátiros y ninfas y en ella se ve el arroyo estallante de murmullos, el bosque correteado por ciervos y ciervas, los rayos de sol deseosos de penetrar en este santuario pagano, las flores soñadoras, los cantos, la flauta, la cítara …

El sátiro Aurelio desparrama su mirada entre las ninfas pero tiene a una como preferida, la ninfa Amelia, serena en sus abundancias, compacta. Al sátiro Aurelio le han dicho hace poco los médicos de MUFACE y de Sanitas S.A.:

–Su satiriasis vive un momento encendido, necesita un poco de sosiego.

La ninfa Amelia sabe que es el objeto de los deseos del sátiro Aurelio. Ahora, en estos momentos, hace un aparte en el bosque con su amiga, la ninfa Amalia. Ambas, las ninfas Amelia y Amalia, que están con la regla, conversan junto al olmo viejo herido por el rayo y en su mitad podrido. Dice la ninfa Amelia:

–Un día de estos ejerzo mi derecho a la autodeterminación biológica y se acaban las penalidades de la regla: adiós a las jaquecas y a los granitos en la cara.

La ninfa Amalia no sabe qué también ella es titular del derecho a la autodeterminación biológica pero su compañera mitológica la instruye. Instruida, lanza un suspiro:

–A mí es que además las reglas me dan décimas.

–Lo siento por el sátiro Aurelio que se va a llevar una plancha cuando quiera echarme un tiento. Además no sabe el muy bruto que ya rige el “sí es sí” y por tanto no va a poder desahogarse como lo hacía antes de la llegada del progreso.

–¡Qué pena! el sátiro Aurelio es un poco machista pero tiene unos hombros divinos y unos muslazos que enloquecen.

En ese momento llegó, acompañado de caballos y caballetes, Rubens que se llama Pedro Pablo ¡vaya dos nombres, ya es jodía casualidad! y con esa voz autoritaria que trae del siglo XVII ordenó que todos, sátiros y ninfas, se quedaran quietos, que él tiene que pintar su cuadro para unos mecenas que le han pagado una pasta. Los flamencos que le acompañan ponen ya orden y disciplina.

Un susurro de disconformidad se esparció por el bosque mitológico, hartos todos sus habitantes del pelmazo de Rubens, Pedro Pablo.

El sátiro Aurelio trató de tranquilizar a todos:

–Respetemos al artista que tiene malas pulgas pero se las pinta solo: la recompensa es acabar en el Museo del Prado.

Allí fue la tremolina.

–Yo no quiero salir con la regla –fue la voz quejosa de la ninfa Amelia.

A un grupo de compañeras ninfas se les oyó:

–No nos hemos hecho las mechas ni dado el color.

Pero el argumento más sólido salió de la ninfa Amalia, no en balde iba para representante sindical, de los sindicatos de clase:

–Lo peor es que los japoneses nos harán fotos y nos llevarán a Osaka, desnudas como estamos, y allí se harán los muy rijosos todo tipo de marranadas mirándonos con lujuria.

El sátiro Aurelio, cuya vista codiciosa enfilaba ahora a otra ninfa, propietaria de unas mamas que eran heraldo y clarín a un tiempo, mandó callar poniéndose –como un machista esquirol– del lado de Rubens, Pedro Pablo.

(Continuará)

Compartir el artículo

stats