Confieso que me gusta que la gente piense en idílicas vacaciones mientras el mundo se hunde. Es la actitud más realista que nuestra inteligencia puede tomar y la que más admiramos: «Tiene una actitud positiva envidiable» significa en el fondo que nos fascina lo irreflexivo. Lo que más nos cuadraría si el piloto del avión soltara los mandos y dejara caer la nave en picado, es que sacara un ukelele de debajo de su asiento y tañera la rapsodia bohemia. 

Preferimos eso a tener que imaginar por qué motivos la solución de nuestros problemas aún no ha llegado después de un año. Dicha solución, ese cambio radical de nuestras vidas, tiene que ocurrir alguna mañana, cuando despertemos con el ‘I got you baby’ del día de la marmota. Como cuando abres los ojos a la resaca. Como cuando escuchamos aliviados a Arias Navarro decir «Españoles...» y la pesadilla había pasado sin nuestra intervención, porque no creemos ser responsables de nada.

Nos basta saber que los turistas pueden venir a pasárselo bien y que existen unas ayudas públicas que nos acercan peligrosamente al comunismo. En un país cuya única industria se basa en el tráfico de influencias y en ser adalid del hedonismo nos indigna esa deriva hacia la vulgaridad de la propiedad en común. 

Tenemos la sanidad gratuita asegurada en un momento crucial, la posibilidad quizá de una jubilación y ayudas al desempleo por los suficientes ingresos tributarios. Esto es un insulto a la economía global. Nuestro déficit proviene del coste de las ineficientes estructuras públicas que fuimos incapaces de sanear en tiempos de alegría económica. Pero hasta el más liberalista se desespera por recibir los 72.000 millones de euros en subvenciones para empresas y los 68.000 en préstamos provenientes de las ayudas europeas del Next Generation EU para adaptarnos al nuevo mercado pospandémico.

Todo sigue pareciendo normal, pero no lo es. Ocurre como cuando alguien te dice que no aparentas la edad que tienes. Miente, porque nadie rejuvenece. La economía, como el físico, se deteriora igual que el motor de un automóvil o que los zapatos. Otra cosa es que hayamos adquirido la costumbre de cambiar frecuentemente el objeto, el sentimiento, o que procuremos que no se note cómo nos tiembla el pulso. Los economistas o los higienistas pueden enseñar los métodos para que acumular menos impurezas en las arterias de la industria o de nuestra circulación, pero es indispensable una gimnasia moral e intelectual para mantener la elasticidad del espíritu. 

Junto al epidemiólogo, al geriatra y al que estudia cómo colapsan los sistemas económicos es innegable que haría falta un instituto de profilaxis contra el deterioro de los modales, de la forma de hablar, de juzgar y de vivir socialmente. Si me preguntan si tendría éxito ese instituto les adelanto que no, porque nadie ve sus defectos hasta que le causan serios problemas, y aún en ese caso siempre habría alguien a quien echarle la culpa. Adultos y jóvenes solo prevén a corto plazo y cada uno tiene su motivo. A los diez años se empieza a envejecer fisiológicamente. A los veinte, psicológicamente y sentimentalmente. Y es esta vejez la que debiera preocuparnos porque lo peor es la muerte del espíritu. La otra muerte afecta tanto a los viejos de 85 años como a los jóvenes de 15 por distintos medios. A los 85 es fácil morir tomando demasiada Viagra para impresionar a una masajista, a los 15 por hacer ‘balconing’ en Mallorca. 

Lo que cambia con los años es la ocasión y el modo de morir. El curso de la vejez es igual para todos. Pero para ser un viejo presentable por encima de los sesenta es preciso no adoptar las costumbres de un viejo por debajo de los veinte. Con la economía pasa lo mismo, y la ONU, la Liga Árabe, la OTAN, la OLP, el FMI, el Banco Mundial y otros organismos creados durante la guerra fría, no tienen sentido cuando la guerra económica y psicológica es a la vez sorda y declarada, extraña dualidad que vivimos en caliente, pero con esa tibieza que es el fruto de nuestra ignorancia y egoísmo.