La pobreza no es resultado de la pereza de las personas que la padecen. Sin embargo, esa es la idea que subyace a muchas políticas contra la pobreza. Para poder recibir el dinero de las ayudas esas políticas obligan a cumplir ciertas condiciones. Esta ‘condicionalidad’ es la causa de su fracaso y de la perpetuación de la pobreza.

La pobreza es una circunstancia sobrevenida, ya sea por razón de la cuna donde se nace o por un golpe de mala suerte. En la medida en que daña la dignidad, el respeto por uno mismo, la autoestima y la confianza, la pobreza provoca el autoaislamiento de las personas que la sufren. Esto hace que las ayudas no acaben llegando a los más pobres entre los pobres, que son los que más la necesitan.

Si no le ponemos remedio, la crisis de la covid-19 va a provocar una dramática epidemia de pobreza en España. Hay que tener en cuenta que ya antes de la pandemia éramos el país europeo con mayor aumento de la pobreza. Especialmente la pobreza infantil, que es la más injusta.

Si no actuamos con rapidez y eficacia, esta crisis pandémica puede dejar cicatrices sociales permanentes. Pensemos en los efectos a largo plazo sobre la pérdida de oportunidades y de ingresos que puede ocasionar la pérdida de escolaridad por covid-19 de los niños de hogares más pobres. O en las situaciones de paro duradero de muchos hogares que ya tenían bajos ingresos. Ese es elevado debido a que esta crisis viene acompañada de cambios tecnológicos que pueden destruir muchos empleos.

La pobreza y el desempleo no son fatalidades irremediables. Se puede luchar contra esas lacras de forma eficaz. Aunque parezca sorprendente, el mayor obstáculo no es la falta de recursos, sino la moralidad de clase media que está detrás de las políticas sociales. Esa moralidad ve la pobreza como consecuencia de la pereza. Por eso las políticas sociales ‘condicionan’ la ayuda a que busquen trabajo o vayan a cursos que en general no sirven para encontrar empleo.

La relación entre pobreza y empleo no es la que creemos. Las personas no son pobres por no tener un empleo, sino que no encuentran empleo porque son pobres. Si se les ayuda a salir de la pobreza encuentran empleo, son capaces de emprender por su cuenta y ayudan mejor a sus hijos. El motivo es que recobran dignidad, respeto y autoestima. Con el resultado de que mejora la confianza.

Pero es sorprendente como los perjuicios dominan sobre la evidencia. Les aseguro que los mejores estudios sobre las causas y remedios a la pobreza han demostrado que las ayudas óptimas son las transferencias en dinero no condicionadas. Les recomiendo el libro ‘Buena economía para tiempos difíciles’, de dos economistas que han ganado el Premio Nobel precisamente por sus estudios sobre la pobreza. Se trata del indio Abhijit V. Barberjee y la francesa Esther Duflo.

La conclusión de su capítulo 9, titulado ‘Dinero y cuidados’ es reveladora: «El objetivo de la política social, en estos tiempos de cambio y de ansiedad, es ayudar a que las personas asimilen los “shocks” que les afectan sin dejar que estos afecten a la percepción de sí mismas. Por desgracia este no es el sistema que hemos heredado. Nuestra protección social todavía tiene un aire victoriano, y demasiados políticos ni siquiera intentan ocultar su desdén por los pobres y desfavorecidos».

Tenemos buena economía para luchar contra la pobreza. Pero para ello tenemos que acabar con una mentalidad pequeño burguesa que en realidad es una excusa para no ayudar.