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Isabel Olmos

Quién cabalgará la mar cuando nada exista

Nuestras costas desaparecen pero pensamos que el cambio climático es un tema del Amazonas

Almenara

Hace unas semanas fui a dar un paseo por uno de los lugares de los veranos de mi infancia. En él fui bastante feliz - para qué engañarnos-, porque pon delante de una niña el inmenso mar, un helado y un cine de verano y olvídate de ella durante largas horas. Eran los años en que muchas calles todavía no estaban asfaltadas y por la tarde vecinos y vecinas salían -ellos con los pechos y tripas al aire, ellas con una bateta fina- a refrescar el suelo con la manguera y evitar que el amarillento polvo se posara, lánguido, en sus amplios aparadores repletos de estatuíllas de porcelana. De paso el personal se saludaba: «Bon dia! On vas? Al forn? I ta mare com està?».

Cerca de la mar -porque allí no dicen ‘el mar’ sino ‘la mar’- se ponía el mercado, donde convivían pacíficamente sandalias cangrejeras, tomata de pereta, bragas, bikinis y sujetadores, melons de tot l’any i d’alger, cubos para la playa y una montaña de manguitos y flotadores sin el mínimo sello de calidad pero llamativos y con dibujos de las últimas series de TV.

El espacio que ocupaba el mercado todavía está pero he de confesar que me conmocionó ver en mi retorno cómo casi todos los espacios de mi memoria ya no existían, el mar se los había tragado. El mar, los espigones, las rocas, el dique humano colocado para evitar su avance y la desaparición progresiva de la primera linea de casas, lo que sea. No solo no existe nada de lo que yo recordaba del espacio en el que nos bañábamos, es que los merenderos de faves y caragols tampoco tenían ya su ubicación, y escolleras y espigones fragmentan en varias una línea de playa entonces de toda una pieza.

Por eso, para mi, el cambio climático no es únicamente el deshielo de los polos o los incendios en el Amazonas sino también cómo nuestro mar se come nuestras costas, esos pequeños retazos de memoria que forman la identidad de quienes somos, mientras los humanos ponemos lo que podemos, tarde y mal, como siempre solemos hacer.

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