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Elena Fernández-Pello

Expulsadas de las calles

No regreses tarde a casa; no vuelvas sola si sales de fiesta y acabas de madrugada, que te acompañen tus amigas, mejor algún amigo, o tu hermano, y, si no, va tu padre a recogerte; no camines por lugares oscuros; si vas sola y te encuentras con un grupo de chicos mejor cruza a la otra acera, si te dicen algo, baja la cabeza, no te dirijas a ellos, mejor evita provocarlos; cuidado con la ropa que te pones, no llames la atención; telefonea cuando salgas, manda un wasap cuando llegues; no te entretengas con ningún desconocido; cuidado en los bares, no te pases con la bebida, y no pierdas nunca de vista tu copa; no salgas a correr o a hacer deporte por lugares apartados; mejor no viajes en solitario, sobre todo a ciertos países, y no confíes incondicionalmente en policías ni taxistas; lleva el móvil a mano si caminas sola por la noche; aprende a usar las llaves como un arma defensiva; si te sientes incómoda reacciona antes de quedar atrapada, sal corriendo, grita, aunque te parezca exagerado; ni se te ocurra subir al coche con un desconocido.

Todas esas recomendaciones y muchas otras se nos graban a fuego a las mujeres, a fuerza de escucharlas, repetidas una y otra vez, desde niñas. Se las oímos a nuestras madres y abuelas, que las llevan bien aprendidas; las compartimos con las amigas y se las transmitimos a las más jóvenes, a las hijas y a sus amigas. Hasta tal punto las tenemos incorporadas que las aplicamos automáticamente en el día a día, se asumen sin ser cuestionadas, por una cuestión de supervivencia. Dudo que los hombres, que, por supuesto, no están libres de agresiones callejeras, se mantengan en un estado de vigilancia comparable al de las mujeres cuando transitan el espacio público.

A Sarah Everard ninguno de esos consejos le salvó la vida. El pasado 3 de marzo salió de casa de una amiga, en el sur de Londres, y de camino a casa de su novio desapareció, se esfumó. Con la ciudad confinada por la covid-19, Sarah, una joven sensata, de 33 años, adelantó la hora de vuelta a casa, para asegurarse de no andar sola por la calle; eligió, entre toda las posibles, la ruta más populosa y mejor iluminada y avisó a su pareja de que iba para allá. Era una chica normal y corriente, con las preocupaciones sentimentales y laborales de cualquier joven de su edad, tranquila y alegre, responsable y nada temeraria.

Una semana después su cadáver apareció en un bosque de Kent y la investigación condujo al autor de su secuestro y asesinato, un agente de la Policía Metropolitana de Londres, Wayne Couzens, que la interceptó por la calle y que aprovechó la autoridad que le confería el uniforme para ganarse su confianza.

Durante la búsqueda de Sarah Everard, la Policía londinense fue puerta por puerta, por las casas del barrio en el que ella había desaparecido, recomendando a las mujeres que se protegieran y evitaran salir a la calle, por su seguridad. Cuando una parlamentaria, Jennifer Helen Jones, le dio la vuelta al argumento y propuso, por seguridad, imponer un toque de queda a los hombres a partir de las seis de la tarde, para que las mujeres pudieran andar por ellas sin miedo al oscurecer, a la gente le pareció que estaba exagerando.

Las calles devoraron a Sarah Everard, pese a todas sus prevenciones, y lo que vino después, los llamamientos a las mujeres a quedarse en casa y la represión de las protestas por el crimen, es la confirmación de que, hoy por hoy, no son de todos, no mientras la mitad de la población tenga que mantenerse vigilante y protegerse al caminar por ellas, por si algún hombre andara al acecho.

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