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Altell

La violencia sexual y la justicia

Los juicios por violación siguen poniendo la responsabilidad y el foco en la víctima y su relato

Juicio

Se está celebrando el juicio por la violación múltiple ocurrida en Sabadell en 2019 contra una joven de 18 años. El interrogatorio del fiscal a la víctima ha sido ampliamente criticado por la falta de empatía y tacto en la forma y el fondo de la formulación de las preguntas. A las críticas, la Fiscalía ha respondido argumentando que la persona responsable del interrogatorio tenía poca experiencia y, además, las preguntas no ponían en cuestión la credibilidad de la víctima, sino que pretendían «blindarse» ante los posibles argumentos de la defensa.

Las dos cosas son verdad. El interrogatorio ha ahondado en la violencia vivida por la víctima, es decir, se ha producido una victimización secundaria hacia la joven con esta actuación y, a la vez, muy probablemente, la voluntad de la fiscalía era conseguir la máxima pena para los acusados. Sin embargo, esta respuesta de la fiscalía responde, una vez más, a una perspectiva pragmática en el análisis y no responde ni cuestiona el problema estructural.

Desde mi perspectiva –no soy jurista– los juicios por violencia sexual siguen poniendo, sistemáticamente, la responsabilidad y el foco en la víctima y en su relato. Y este hecho se observa también en la forma y en el fondo. Respecto a la forma, en los interrogatorios, no se tienen en cuenta todos los procesos psicológicos que le ocurren a una persona durante una situación de pánico como esta: se altera la memoria –y por tanto los recuerdos claros y racionales son prácticamente imposibles, así como un relato ordenado de los hechos–, suele haber paralización y bloqueo ante el miedo a morir –por consiguiente no se puede esperar una respuesta de resistencia ante la violación puesto que el miedo a la muerte suele llevar a una reacción lógica de sometimiento, la resistencia sería casi temeraria– y en muchos casos existe también una reacción de cierta culpabilidad como forma de encontrar una explicación a lo que ha sucedido –la mente necesita encontrar una estrategia que explique una violencia gratuita de tal calibre–. Todos estos factores, entre otros, están incidiendo en la forma de responder a un interrogatorio de este tipo y, por consiguiente, deben tenerse en cuenta en la forma de preguntar.

Pero si vamos al fondo es mucho más grave. La ideología que subyace y que obliga a formular estas preguntas en concreto en el interrogatorio tiene que ver específicamente con los delitos por violencia sexual. No con otros. En estos casos las víctimas deben garantizar que han hecho todo lo posible para no ser violadas. ¿Alguien se imagina un juicio por robo donde la víctima tuviera que asegurar que no se ha dejado robar por voluntad propia? Por ejemplo, ¿dejándose romper el brazo para evitar que le robaran el bolso? ¿Qué subyace ideológicamente tanto en la mente del legislador (en masculino) o en quien aplica la ley (el sistema judicial) que necesita garantizar y restablecer una suerte de moral de la víctima a través de asegurar que ella (en femenino) ha ejercido toda la resistencia posible a no ser violada –incluso poniendo en riesgo su vida– y es solamente esta acción la que garantizará que en efecto la agresión sexual se ha producido? Asimismo, ¿qué subyace ideológicamente para que esta condición sea necesaria para creer el relato de la víctima? En el implícito está el cuestionamiento del relato y la necesidad de probar la veracidad de este; aun sabiendo que el porcentaje de denuncias falsas es irrisorio y sabiendo también que el periplo por el que tiene que pasar una mujer a partir de una denuncia de este tipo es dolorosísimo. ¿De verdad creemos que puede ser plato de gusto para una mujer iniciar este proceso?

En mi opinión, el sistema patriarcal transmite aquí un mensaje que operan en lo invisible pero está: las mujeres debemos defender nuestro «honor» con nuestra vida si es necesario. Para el sistema patriarcal ser «mancilladas» es peor que morir. Así, resistirnos es la única manera de garantizar nuestra inocencia ante una siempre supuesta «provocación sexual» que ejercemos hacia los hombres y garantizar la veracidad de la agresión ante una siempre supuesta mentira para dañar a los hombres. Patriarcado en estado puro. 

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