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Manuel Alcaraz

La libertad censitaria

La pandemia y los confinamientos me han asentado en esta convicción: es tal la horda de enemigos de la política, es tan diverso su pelaje y la íntima idiotez de muchos de sus argumentos, que la política tiene que seguir mereciendo la pena. Y esto de los derechos lo ha conseguido la política

En un momento temprano de la II Guerra Mundial, un diputado británico preguntó en la Cámara de los Comunes si el Gobierno estaba considerando la posibilidad de bombardear ciudades alemanas. Un ministro conservador le respondió rotundamente que no, porque eso supondría atentar contra la propiedad privada. La repuesta hoy nos parece extraña porque alude a un valor que, en general, consideramos menos valioso que otro: la vida, la vida de la población de civil, de los niños o de los ancianos. Pero es que en los sacrosantos idearios liberales la vida no figuraba de manera preponderante como la libertad, la igualdad o la propiedad. De hecho, la libertad y la igualdad, como valores esenciales, dependían para el liberalismo conservador, en gran medida, de la disposición de propiedades: esa es la esencia del sufragio censitario o de las restricciones de derechos para esclavos, trabajadores o mujeres. Desgraciadamente, la opinión del digno ministro de la Corona no era cínica, sino impecablemente coherente, aunque algo desfasada: los más listos de la clase, como el mismo Churchill, ya advertían que si se empecinaban en esas ideas la base moral para atacar a los fascismos se les quedaba estrecha. Así que decidieron bombardear ciudades, aunque masacraran innecesariamente a decenas de miles de enemigos, a los que se les reconocía la libertad de alzarse contra los nazis y la igualdad de morir como los soldados.

Después las cosas ya fueron de otra manera: aunque quedaran unas décadas de liberalismo colonial y un liberalismo imperialista, el comunismo soviético o maoísta era capaz de justificar todo con su amor desenfrenado por la igualdad carnicera, que se llevó por delante la salud y la vida de más comunistas que lo que hicieron todos los dictadores liberales juntos. El mundo ha venido siendo una cosa muy rara y la escritura de los derechos se ha tenido que ir ensanchando a golpe de contradicciones, espantos y traiciones. Saber si hemos avanzado, o no, conforma en gran medida el debate sobre si tiene algún sentido apelar al progreso o hemos de recluirnos en las celdas neorománticas del lamento. Personalmente creo que merece la pena seguir jugando, que la política, como dice, más o menos, el filósofo Esquirol -que acaba de sacar un nuevo libro- es cosa de avanzar unos centímetros.

La pandemia y los confinamientos me han asentado en esta convicción: es tal la horda de enemigos de la política, es tan diverso su pelaje y la íntima idiotez de muchos de sus argumentos, que la política tiene que seguir mereciendo la pena. Y esto de los derechos lo ha conseguido la política. Política hecha por políticos, teólogos -esta semana nos deja el gran Hans Küng-, monjas, filósofos, periodistas, albañiles, violonchelistas o futbolistas, aunque no lo sepan. Y lo han hecho contra papas, pianistas, saltadores de pértiga, mineros, jefes de prensa, juristas o políticos. Lo malo de esta época es que hemos sacado el conflicto como fuente de existencia del panteón de las mayores glorias, prefiriendo la insípida armonía o la inútil gracia de las palabras huecas y bonitas, para adorno de salvapantallas con fotos de gatos o margaritas.

Por eso es tan penosamente molesto que Ayuso bautice su campaña como “Libertad”. El maestro Juliana ha dicho que es libertad para el “Madrid de las piscinas”, la capital del oportunismo del relumbrón, los inmensos sobresueldos y el consumismo como panacea. Orson Wells, glosando la caza de brujas en Hollywood, ya dijo que los grandes del cine -con algunas excepciones- habían vendido sus almas por sus piscinas. Cada día tengo más claro que las piscinas privadas están muy sobrevaloradas. Ayuso no. Y parte de las izquierdas tampoco. A veces he visitado una localidad cercana a Madrid gobernada muchos años por IU: tenía curiosidad por saber la razón del fenómeno. La cosa funcionaba así: practicaron un urbanismo de derechas -urbanizaciones extensivas, consumo alegre de agua, necesidad de uso de vehículo privado…- que posibilitó un inmenso crecimiento demográfico del que presumen. Pero las calles se titularon con nombres de inventores, pintores modernos, novelistas progresistas, países de Europa, etcétera. No dudo de que tendrá otras ventajas, pero la capacidad de ofrecer una alternativa urbanística no parece evidenciarse. Este ha sido un problema de la izquierda: la ausencia de discurso integral sobre ciudades. La libertad, así, en sociedades fuertemente urbanizadas, puede confundirse con la capacidad de elección de la marca de ginebra o de la hora a la que puedes cantar en mitad de la acera. Ese liberalismo que desvía a estas intimidades las cuestiones claves de la existencia humana, culmina un camino de trivialidades que crece cuando nadie se atreve a reivindicar esforzarse en los conceptos, porque alentar el sentimentalismo es mejor que hablar a las cabezas. Entonces la libertad, una forma de propiedad, tiene valor de cambio. Y su ejercicio es marca de prestigio y autoestima.

Andamos estos días los profesionales del constitucionalismo analizando los efectos del estado de alarma y de cómo ha afectado a los derechos. La teoría nos dice que no hay derecho ilimitado, y que todo derecho limita, al menos, con otro de su especie. Esto ya lo dijo la Revolución Francesa, que Ayuso y Cantó deben de odiar profundamente, que a la Bastilla la gente no va bien arreglada. Será de gran interés analizar la jurisprudencia en los próximos meses sobre el uso que han hecho los poderes públicos de la excepcionalidad habida. Tengo la impresión de que no ha habido abusos destacables. Como no soy liberal conservador, me parece que el derecho a la vida es prevalente sobre el derecho a la libertad de horarios, desplazamientos, a la propiedad y similares. Ya veremos. Que hay jueces muy suyos que, si les dejaran, a qué harían con Dresde o Hamburgo. A mí lo que me interesa es qué hacer para poder protegernos en la próxima catástrofe y para eso me parece que la principal lección es que hay que avanzar en fórmulas de coordinación federal. Pero eso, supongo, debe de saber a Ayuso a separatismo. Y la libertad no llega a eso. Porque Ayuso no es anarquista -Cantó tampoco, por ahora- y cuando canta que “el bien más preciado es la libertad”, hay que entender qué quiere decir: primero es la unidad de la patria uniforme con capital tributaria en Madrid; lo segundo la libertad; y lo tercero, si acaso, la vida. Salvo que algún lobby empresarial diga otra cosa y entonces la vida puede atrasarse. Porque para esta forma de liberalismo la vida no tiene valor de uso. Y el cálculo de su valor de cambio arroja resultados confusos. Así que, por ahora, juega libertad y gana.

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