En la trastienda de toda fecha conmemorativa reposan muchas mujeres que fueron olvidadas en el relato de la historia oficial. Además, si el hito histórico a recordar está del lado del bando perdedor, su desaparición es aún mayor y apenas queda constancia de ellas y de cuál fue su legado. Y esto es lo que sucedió con quienes, a pesar de contribuir a impulsar los ideales políticos de la Segunda República en España, quedaron doblemente silenciadas por el hecho de ser mujeres y exiliadas. Por este motivo, en este mes en el que van a concurrir muchas referencias a los noventa años de aquel 14 de abril que proclamó en 1931 la Segunda República, hay que prestar atención a ese conjunto amplio de mujeres que haciendo historia fueron excluidas de la narración por la visión androcéntrica de los acontecimientos. Aquellas mujeres, de todas las tendencias e ideologías, tuvieron un papel determinante en aquel proyecto político y cultural que difundía mayores cotas de libertad y de igualdad para toda la ciudadanía española. Fueron mujeres que participaron con su esfuerzo e ilusión en todos los ámbitos laborales, ocupando puestos protagónicos de la política o contribuyendo como humildes trabajadoras. Fueron intelectuales, políticas, maestras, artistas, deportistas, científicas, bibliotecarias y periodistas. Y cuando todo se truncó, tras la contienda civil que siguió a la sublevación franquista de 1936, quedaron silenciadas y sin nombre y así desparecieron de la memoria colectiva.

En ese contexto fueron condenadas a un exilio forzoso que para unas fue exterior y para otras interior, pero igualmente doloroso y trágico. Muchas fueron represaliadas, otras se vieron desterradas, obligadas a dejar atrás lazos sentimentales y familiares. Vivieron, como suele decirse, con la mente en el país de origen y el cuerpo en el país de acogida. Fue ese estar entre dos países, de forma itinerante en muchos casos, lo que marcó su existencia. Algunas cruzaron la frontera por Francia y se quedaron en Toulouse o París. Otras, atravesaron el Atlántico y pasaron sus días, temporal o definitivamente, en México, Argentina, Chile o Puerto Rico. En realidad, fueron casi quinientas mil personas las que se exiliaron al finalizar la guerra civil española que mayoritariamente se establecieron en Francia en Europa y en México en América. Este último país fue el que más generosamente abrió sus puertas y allí recalaron gran parte de las exiliadas españolas, como la misma María Zambrano, que en otoño de 1939 ejerció de profesora en la Universidad de Morelia (Michoacán). Para la filósofa, este país fue uno de tantos por los que tuvo que transitar pues, según sus palabras, su patria terminó por ser el mismo exilio. Sin embargo, para otras mujeres México fue el horizonte que tuvieron siempre cerca. Así sucedió con las escritoras de la Generación del 27 Concha Méndez Cuesta y Luisa Genoveva Carnés Caballero, o con la pintora surrealista Remedios Varo Uranga, y también con la oftalmóloga Trinidad Arroyo Villaverde o las periodistas Matilde de la Torre Gutiérrez, Isabel Oyazábal Smith o Margarita Nelken Mansberger.

Valga esta relación como muestra, pero ya se sabe que fueron muchas más y muchos otros países los que las acogieron. Sin embargo, apenas se las conoce porque nadie habló de ellas, dándoles la contundencia que merecen, ni en las crónicas, ni en las universidades, ni en los libros de textos de secundaria. De ahí que sea tan importante rescatarlas del olvido como, por ejemplo, ha venido haciendo Dones de Xirivella en Acció desde hace varias décadas. A través de sus exposiciones itinerantes en instituciones culturales y centros educativos, su fundadora Carmen García Albero, junto a las demás compañeras que dentro de la asociación conforman Aula Violeta, han contribuido pedagógica y activamente a recuperar la memoria de más de un centenar de mujeres que en el siglo pasado abrieron el camino hacia la igualdad. Su activismo ha heredado el ímpetu de las misiones pedagógicas de la República y se ha centrado en mostrar cómo la historia del exilio español necesita comprenderse con una perspectiva de género. Con ello no se trata de hacer en una adenda aparte la historia de las mujeres que tuvieron que exiliarse por motivos políticos. Se trata más bien de reescribir otra historia del exilio español que sea completa e incluya las contribuciones valiosas que tanto mujeres como hombres realizaron en esa etapa histórica. Un cambio epistemológico tal requiere justicia y veracidad para no ocultar los referentes femeninos que existen y están documentados.

Hasta ahora, en la historia las mujeres han sido consideradas meras convidadas de piedra, simples figuras decorativas como sepulcrales estatuas de mármol. Así ha venido siendo durante mucho tiempo, olvidándose que en los relatos de Tirso de Molina y José Zorrilla en los que se basa el tema del convidado de piedra, éste dista mucho de estar quieto y callado. Es en ese momento de la escenificación teatral, en la que las estatuas cobran vida y llaman a la puerta para sentarse a la mesa a cenar, en el que hoy están las mujeres que por primera vez van apareciendo inusitadamente para asombro general. Mujeres que, en cantidad y calidad, están bien traídas por propio merecimiento. Mujeres que, si fueron buenas para luchar, sufrir e incluso morir por defender los ideales políticos de igualdad y libertad, también lo son para dignificar su memoria y recordar su vida.