Sí, ‘La vie en rose’ es el título de una canción. Es también la música de fondo de un momento especial de una persona especial. En un hospital de València, el sonido de unas ruedas de una cama ocupada se mezcla con la melodía. Entre aplausos y agradecimientos de ida y vuelta, una mujer se despide de personas que se han convertido en familia en pocos días en una de tantas UCI que nunca duermen. Y es que a veces, la vida nos gasta una mala pasada y los minutos se complican con tanta rapidez que nos viene justo parpadear.

Este artículo lo escribo tragando saliva. A pedazos, como si no quisiera recomponer algo que solo puedo imaginar fragmentado, porque de una pieza da demasiado miedo. Es un artículo o una historia, o las dos cosas, porque cuando hablamos de covid, miedo, vida y agradecimiento, las palabras se aturullan.

De frente, sentadas cada una en un sofá, a la distancia conveniente para nuestra salud física; a una distancia insuficiente para la salud del alma. En ese momento escucho su historia. En este momento la escribo porque así me lo ha pedido. Ingresó con preocupación, mucha. Demasiado miedo cuando falta el aire. Y vino la UCI y descubrió su fortaleza cuando se encontró a solas consigo misma. Y empezó la lucha, la de su cuerpo y la de su mente. Y su respiración se convirtió en su amiga, porque sabía que no había otra manera. Y permaneció quieta, con el vaivén de sus pensamientos, balanceando su autocontrol.

Y en la soledad de la sala de pitidos, de los días de marcadores y rutinas, «las personas que nos cuidan se convierten en tu vida». Los sanitarios esconden sus rostros tras las mascarillas y también sus miedos. Ellos, ellas también tragan saliva. Han aprendido a acompasar sus propias respiraciones cuando las situaciones no se sujetan. Enfermeros, celadores, médicas, limpiadoras… personas que cuidan a personas que luchan cada minuto con la enfermedad, con la tristeza y la desesperanza. Manos amigas. Palabras que abrazan. Voces difíciles de olvidar. Una nueva familia, la que nos recuerda lo que somos, la que nos dice que continuemos, por las que decidimos seguir con los ojos abiertos, aunque siempre veamos el mismo techo.

Por eso, «cuando se abren las puertas de la UCI después de haberte encontrado cara a cara contigo misma», según me cuenta mi amiga, la vida, inevitablemente se vuelve de color de rosa. No hay otra lectura de todo esto. Por eso, la banda sonora de este episodio no puede ser otra. Porque aprendes de golpe el valor de quien te cuida cuando tú no puedes moverte. Cuando te das cuenta de que no puedes continuar sola, que esto va de ayudarnos, de formar equipos. Los sanitarios, los que se visten para la ocasión, para salvar vidas y almas, son personas de otra talla. No hay descanso, para ellos, no hay descanso. Y vuelta a empezar.

Detrás de cada equipo salvavidas hay un padre o una madre, un hermano, una hija, un amigo que vuelve a casa. Todos tienen, además, su propia vida. Con ojos llenos de historias abren la puerta de sus casas y parpadean muy fuerte para borrarlas antes de saludar a los suyos. Por el bien de todos. Así son sus vidas, siempre por el bien de todos. Todos los minutos del día. Pero, ¿quién los cuida a ellos?, ¿quién les escucha y a quién pueden contarle? Detrás de una ola, otra y otra… ¿con suficiente apoyo? ¿A quién pueden recurrir cuando el mundo se les cae al suelo? Demasiado peso para sujetar durante demasiado tiempo. A ellos y ellas, un agradecimiento inmenso que siempre será insuficiente.