Si tocan a una, tocan a todas!, fue la consigna asumida por la mayoría de las mujeres que nos sentimos interpeladas y nos solidarizamos con la joven víctima de los violadores de la Manada y lamentablemente, cada vez que se da una situación similar, salimos a las calles porque estamos cansadas de la violencia de género y tener que vivir con miedo.

Parafraseando esta consigna, esperaríamos que ante las agresiones racistas que están aumentando peligrosamente en los barrios aupados por los discursos de los partidos de extrema derecha, asumiéramos que, si atacan a una, atacan a todas. Sin embargo, los hechos acontecidos recientemente en nuestra ciudad nos demuestran que queda mucho camino por recorrer.

La noticia de la suspensión del partido del Valencia contra el Cádiz, por el presunto insulto racista del que fue victima el defensa francés Mouctar Diakhaby, incendió las redes sociales y se le dedicaron minutos de telediarios con opiniones de todo tipo. Los representantes políticos de todo orden y color no tardaron en denunciar y condenar el racismo en el deporte; hasta dos ministerios, con bastante celeridad, se preocuparon por las medidas concretas efectivamente adoptadas y las de prevención para evitar que circunstancias similares se repitan en los campos de fútbol, y se ofrecieron a colaborar con la Liga y la Federación. Ese el camino, es lo mínimo que se puede esperar. Ante cualquier insulto o agresión racista se deben tomar las medidas oportunas, esclarecer los hechos, proteger a la víctima y evitar que se normalicen, aún más, el racismo, la xenofobia y la discriminación en la sociedad.

En el barrio obrero de Benicalap, por los mismos días, tres jóvenes de entre 26 y 36 años insultaban y agredían a los propietarios de una frutería. Este incidente, del que algunas nos enteramos por la prensa local, logró trascender por la acción decida de las y los vecinos del barrio, quienes en pleno Viernes Santo, a golpe de wasap, mensaje que va y viene, convocaron a una concentración de denuncia sin siglas y bajo el lema ‘Benicalap libre de racismo’. Porque el insulto, el «moro de mierda», no iba dirigido a la pareja propietaria de la frutería, a estos dos trabajadores que a las cuatro de la mañana están preparando el género para que podamos disponer de una ensalada o las verduras del puchero del mediodía. Estaba dirigido a todas las vecinas y vecinos de Benicalap, porque habían insultado a uno de los nuestros y en un barrio obrero, diverso y multicultural no se pueden tolerar este tipo de actitudes. Pero en este caso, las redes sociales no se incendiaron, sólo retumbaron los cristales de las viviendas adyacentes de la plaza frente a la Ceramo por los gritos de «No al racismo» o «València libre de odio». En este caso no se ocuparon ni preocuparon dos ministerios, sino organizaciones sociales y colectivos del barrio y la ciudad que esperan medidas oportunas por parte de la administración para prevenir estas actitudes y apoyo para continuar con su trabajo del día a día de luchan contra el racismo.

Algunos representantes políticos, al ver la fuerte respuesta vecinal, dedicaron un tuit, porque claro, donde está la noticia debe existir un clic, un ‘me gusta’. Pensamos que la apretada agenda no les permitió acompañarnos esa tarde en Benicalap y como escribían en las redes sociales, no pudieron estar para plantarle cara al racismo y no dejar pasar ni una. Porque no queremos pensar mal y creer que, según el oficio o la profesión, si eres víctima de discriminación o una agresión racista algunos se interesan por los hechos y los condenarán firmemente y otros lo dejaron pasar.

Las personas que se atreven a denunciar, que plantan cara y tienen claro que con una simple disculpa en privado no es suficiente, están dando ejemplo para que muchas nos animemos a denunciar si vivimos una situación en la que se nos insulta por el color de la piel, el país de origen, creencia religiosa o cultura, porque la respuesta vecinal y los mensajes de apoyo nos señalan que no vamos a estar solas y que ¡si atacan a una, atacan a todas!