En medio de una hermosa extensión de naranjos, en la cercanía del mar, bajo un cielo generalmente límpido, allí donde Gregorio Mayans viera también la luz primera, en el municipio de Oliva, hay un lugar que se llama Elca y una antigua casona que se remoza ahora para llenarse de libros y que el poeta retorne a su lugar en el mundo, donde descubrió la sensualidad, donde la vida se le mostró en todo su esplendor.

El poeta se llama Francisco Brines y siente hacia esa casa la misma fidelidad que a su infancia, el amor que por ella sintiera José Brines, su padre, buen educador desde la generosidad y en la tolerancia.

Cuando un buen día llamaron a Brines para decirle en este tiempo que le habían otorgado el Premio Cervantes por toda su obra, recordaría la satisfacción con que su padre recibiera un día ya lejano la noticia de aquel premio Adonais primero, que le confirmaba, desde su desconocimiento de la poesía, que su hijo no perdía el tiempo en versos. Porque la certeza de aquel reconocimiento público con Las brasas sirvió al honesto empresario valenciano para dar facilidades a su hijo en el camino de las letras, para apoyarle en su pasión poética y en su libre elección.

Para Brines, que seguramente encontró en sus padres, además del cariño, los ejemplos de sobriedad y modestia que han regido su vida, optar al Adonais, el primer premio al que se presentara, no perseguía otra cosa que la necesidad de que su padre contara con un certificado que no se expende en las universidades: el que acredita el don de la poesía. Apenas se habla sobre esa utilidad -íntima, doméstica- de los premios y no será el pudoroso Brines el que cuente ahora que al ser reconocida su obra completa algo le pertenece de este premio a José Brines, y a María Bañó, su madre, desde hace algún tiempo ausente.

Y los premios traen con su halago cierta melancolía: en este caso, el recuerdo de aquellos que con él compartieron la felicidad de una casa a la que siempre vuelve.

«Amo el mundo físico», ha dicho el poeta, y ningún espacio del mundo como Elca contiene más amor, ni más versos suyos, ni más vida. Por allí corretea el niño Brines y se le sube a las barbas a este Brines de ahora que vive en su memoria y se encuentra siempre en los pasillos de la casa de Elca con el niño que fue.

Pero cuando el empresario valenciano, don José Brines, supo que su hijo Francisco quería ser poeta, y por ello optaba por estudiar filología, ni estaba seguro de que la filología diera para vivir ni de que la poesía fuera un don de su criatura. Pero la generosidad y el respeto de aquel padre lo llevó a establecer un pacto con su hijo: que estudiara primero una carrera de provecho, Derecho o Económicas, y que hiciera después lo que quisiera. En el bien entendido de que lo que hiciera después contaría con su apoyo. El hijo pasó por las aulas de Económicas en Deusto, aunque lo dejó pronto, pero siguió después la carrera de leyes.

Y una vez cumplió el trato, en Salamanca, estudió no sólo una, sino dos especialidades de la carrera que quería: Historia, que con la literatura y el arte ha sido otra de sus pasiones, y Románicas.

Luego propició el padre al hijo el apoyo necesario para que contara con el tiempo que requiere la poesía, tal vez convencido por aquel premio Adonais a un hermoso primer libro, Las brasas, de que la poesía en el caso de Francisco Brines no era un veleidoso capricho para el que le faltara talento.

Le fue dado al padre seguir discretamente los pasos del hijo poeta hasta ser una figura determinante de su generación del 50, pero le faltó tiempo para asistir al reconocimiento público de su vástago como uno de los grandes poetas españoles.

Sin embargo, a pesar de la ausencia de su padre, consciente de que el tiempo juega esas malas pasadas, podría sentirse satisfecho sabiendo que lo honraba con el deber cumplido.

Pero cuando los poetas son elegidos académicos, como Francisco Brines en su ámbito madrileño, suelen preguntarse qué van a aportar ellos a la Academia para, a continuación, anunciar que una vez dentro se dispondrán a aprender humildemente de los sabios filólogos de la docta casa. Brines dijo lo mismo y los académicos le acogieron como ese gran poeta elegíaco que es. La etiqueta de elegíaco es justa, pero no sobra recordar que, desde la meditación sobre el acabamiento y la despedida, su poesía moral entraña un canto apasionado al gozo de vivir.

Todo esto lo saben los académicos y sus lectores y saben también de la huella de su obra en la más joven poesía española. Pero quizá no estén al tanto de su generosidad con los que empiezan en la aventura poética o desconozcan con qué minucioso rigor, casi maniático, repasa la obra de los nuevos cuando se le encomienda una tarea de jurado. Además, ya comprobarán los que le han elegido que no es un taciturno y no sólo hallarán en él a un vitalista de buen humor, pendiente de los avances de la ciencia, porque quiere superar el siglo vivito y coleando, sino a un conversador que pierde el sentido del tiempo a la hora de hablar de todo lo que pasa.

No escapan a su pericia ni el fútbol ni el boxeo, ni el atletismo, ni los toros. Tampoco las artes plásticas.

Pero por él no van a saber que acompañarle a visitar un museo o una exposición es una enriquecedora experiencia, aunque suponga el riesgo de ser desalojados por el bedel para cerrar la sala. Su capacidad para reflexionar sobre obras tan distintas como la de Julio López Hernández o la de Carmen Calvo dan idea del analista del arte que nos hemos perdido. Y no será así: Francisco Brines es tan exigente que pensará que en el oficio de poeta, aunque se quiera, nunca se llega a cumplir del todo con el deber.

Pero en ese deber se entregó siempre a sus muy queridos amigos poetas: aquel que como José Hierro le permitió vivir la alegría y la amistad. Pero en Carlos Bousoño encontró siempre a un hermano. Y con Claudio Rodríguez pudo convivir en la Europa de la Poesía con cariño. En el cubano José Olivio Jiménez pudo encontrar una gran capacidad de reflexión poética y de amistad. Pero junto a su casa de Madrid vivieron en las suyas tan grandes poetas como Fernando Quiñones, ya fallecido, más nuestro cercano José Manuel Caballero Bonald. Y frente a su casa, desde la mía, pude compartir siempre buena vida con nuestro poeta hasta acercarme a su València desde la que pude llegar con él desde Madrid.

Ahora bien: los felices seremos siempre en estos días sus amigos y amigas. Y eso, a lo mejor, sí consigue hacerlo feliz.

Felicidades, Paco, felicidades en este glorioso 23 de abril.