Los que reinventan la propaganda nazi contra las personas con enfermedades hereditarias para colocar en la diana del odio a niños solos en un país extranjero. Los que banalizan las amenazas de muerte al oponente político, le tildan de «llorón» cuando denuncia que le han enviado cuatro balas de Cetme y le piden que cierre la puerta al salir. Los que llaman «paguitas» a las ayudas sociales, y la que, cómplice «equidistante», trata de «mantenidos subvencionados» a los desesperados de las colas del hambre. Los que usan «catalán» como insulto. Los que siembran la desconfianza sobre las denuncias de las mujeres que sufren el horror de la violencia machista y hacen de sus víctimas «presuntas mentirosas» hasta que las matan. Los que ondean la bandera de «España para los españoles», aunque les sobra la mitad ‘roja’ y todos los nacionalistas. Los que no lloran cuando una patera se hunde sino cuando llega a puerto. Los que desprecian la ciencia y ven en el «camelo» del cambio climático más días de playa y menos fallecimientos por frío... Hace días, un hombre que fue condenado a garrote vil en 1947 por su lucha antifranquista, pasó décadas en el exilio y mantiene viva la memoria desgarrada de los amigos muertos, las compañeras violadas, la cárcel y las torturas, me dijo «hay que dejar hablar a Vox». Y estoy de acuerdo. Hay que oírlos para saber en verdad qué son. Neofascismo, mentiras y cuñadismo ibérico o estupidez.