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Juan Lagardera

NO HAGAN OLAS

Juan Lagardera

Madrid, Madrid, Madrid…

A Madrid solo le faltaba popularizar sus luchas políticas. Ahora, convirtiendo la batalla electoral por la autonomía en una actualizada carga de mamelucos

Ramón Ayerra describió como nadie el Madrid de la posguerra, la gran ciudad que reinventó el franquismo bajo la vigilancia del farolillo gallego del Pardo donde vivía el Generalísimo. Ayerra escribió sobre los olores madrileños, de los churros y las porras con chocolate de San Ginés a las papas fritas y los vinagres de sus tapeos por Chamberí, las tortillas y calamares de Atocha, los barquillos o los asados mesoneros de la plaza Mayor. El franquismo gustó también de la concentración populista en la plaza Real, una práctica que procede de la Revolución Francesa, y utilizó al Real Madrid como agente diplomático en Europa.

Hasta la llegada del profesor Enrique Tierno Galván, Madrid era una capital habitada en las porterías y tomada por las parejas de grises que custodiaban los edificios públicos. Cierto que Ava Gardner y los toreros bebían whisky con soda en Chicote, cuya trasera, el Coq, toleraba el alterne con pelanduscas en plena vigencia de la ley de peligrosidad social con la que el régimen custodiaba la moralidad. Entonces, los escritores se reunían en los cafés pero las fiestas eran privadas. La política y el sexo libre se practicaban a puerta cerrada en los apartamentos. De todo aquello surgió la mirada de Francisco Umbral, el Spleen de Madrid.

«El que no esté colocado, que se coloque», dijo en una de sus lapidarias frases el viejo profesor convertido en alcalde matritense, estrambótico portavoz de la Movida. Era el momento de Madrid, de allí al cielo, a las estrofas de Joaquín Sabina, convertido el castellano en un idioma vocalizable por primera vez desde Nebrija. La prensa en libertad nos dirigía hacia la democracia, Pedro Almodóvar terminaba con el cine tristón guerracivilista y los Pegamoides mostraban su adherencia a la modernidad latina. Madrid inauguraba Arco, el Reina Sofía y un sinfín de galerías. Madrid, ciudad abierta, más que nunca. La juventud del extrarradio hacía suya la Gran Vía y Argüelles, y convirtió Chueca en un nuevo Village.

La ciudad gris se convirtió en atractiva, las grandes compañías se instalaban en modernos edificios a lo largo de la carretera de La Coruña, hacia Pozuelo y Majadahonda. Mientras las drogas se llevaban por delante a lo mejor de la generación de los 80, Madrid recuperaba su espíritu histórico cortesano. Cada vez más rica y con visitantes y empresarios más ricos. Y a pesar de no creer en las autonomías, a Madrid le habían regalado una, llena de hospitales, escuelas, universidades y empresas públicas. No hubo planificación regional, simplemente Madrid, de donde seguían saliendo todas las autopistas y todos los trenes de alta velocidad de España, se fue convirtiendo en una máquina de engullir provincias vecinas, expandiendo su suelo por cuanta meseta roturada necesitaran sus nuevos polígonos de viviendas.

Madrid hoy es una metrópolis inalcanzable (su historia la cuenta Andrés Trapiello), ni siquiera tal vez por Barcelona. Posee rango mundial, compite con Miami por la capitalidad internacional latina y sus equipos de fútbol ya solo quieren jugar contra los otros gigantes de Europa. A Madrid solo le faltaba popularizar sus luchas políticas. Lo hizo el 15M cuando otra vez los jóvenes del extrarradio quisieron tomar el centro neurálgico de la ciudad. Lo volvió a hacer dando alas al ultranacionalismo español. Ahora, convirtiendo la batalla electoral por la autonomía en una actualizada carga de mamelucos.

Los nuevos acontecimientos políticos madrileños no representarán más problemas si se ciñen a su propio ámbito. Que Isabel Díaz Ayuso haya levantado la moral de la afligida derecha con un discurso entre neoliberal y libertario que aplauden incluso antiguos socialistas e intelectuales –de Joaquín Leguina a Fernando Savater– resulta hasta saludable. Que el PSOE apueste por un catedrático de Filosofía, no digamos, aunque al bueno de Ángel Gabilondo parece dirigirle la campaña lo peor del aparato. Lo preocupante es que cualquiera de los dos se apoye en un partido situado en su extremo para poder gestionar y que siga sin existir ningún asomo de entendimiento entre ambos a pesar de representar a la profunda mayoría mientras el llamado centro, una vez más, parece condenado a diluirse como la mantequilla ante el calor. Hasta Félix de Azúa, una de las mentes creadoras de Ciudadanos, se ha manifestado por Ayuso.

La nueva lideresa madrileña anuncia una victoria para dar alas a un proyecto de Gran Madrid. Un proyecto que tal como señaló en este mismo periódico José Luis Villacañas, ahora en la Complutense, puede rebosar con más de diez millones de habitantes y unos precios inmobiliarios inflacionados como en Londres o París, pero al mismo tiempo sirviendo de espejo político al resto de España, o a la parte seguidista de los grandes medios televisivos, excluyendo a la periferia «de una construcción equilibrada del territorio y las poblaciones» (Villacañas) o que entienda la nación de otro modo. En ese escenario, en el que España se confunde de nuevo con Madrid, no sabemos cuál será el papel secundario de los demás, y mucho menos cómo podrán llevarse a cabo las relaciones con el alter ego: la delirante vía independentista –mayoritaria, menestral, benedictina y juvenil– de Cataluña.

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