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Juan José Millás.

Pupilas

De eso van los algoritmos, del daño que nuestros datos pueden infligir a la mano invisible del mercado

Según el Génesis de toda la vida, usted y yo estamos hechos de barro. Pero si se volviera a escribir la Biblia, estaríamos hechos de datos. Los míos, aisladamente considerados, valen poco; sumados a los de mis contemporáneos, son petróleo. Lo que importa de usted y de mí son las horas que hemos visto la tele y qué programas. También el tiempo que hemos escuchado la radio, así como las cadenas elegidas, o los minutos diarios que hemos dedicado al móvil y a las redes sociales. Importa si hemos viajado en tren o en avión, adónde y por qué motivo. Interesan nuestros hábitos de consumo en general, entendiendo por ‘hábito de consumo’ cualquier actividad llevada a cabo más de dos veces. Basta con que en el supermercado compres en un par de ocasiones la misma clase de cereales para que quedes fichado por la marca que los fabrica. Entendámonos: no tú en concreto, pues para el ‘big data’ no eres más que un metadato insignificante, pero también tú en concreto, pese a tu insignificancia.

Este es uno de los grandes misterios de la modernidad: la personalización y la despersonalización simultáneas a las que estamos sometidos. Somos un mero conjunto de arena, aunque también granos de arena individualizados. Que dejes de comprar una marca de yogur para pasarte a otra no hace daño a la marca, pero le hace al mismo tiempo un daño enorme. De eso van los algoritmos, del daño que nuestros datos pueden infligir a la mano invisible del mercado. Atrapados en esa contradicción de ser y no ser al mismo tiempo, nos golpeamos contra la pantalla de la tele como la mosca contra el cristal de la ventana. No nos acostumbramos a que la tele no se pueda atravesar como la mosca no se acostumbra a la presencia invisible del cristal.

Datos.

Gracias a ellos, los fabricantes de ataúdes saben si preferimos el pino o el roble, el enterramiento o la incineración. Yo ignoro qué clase de final prefiero, pero la funeraria de mi barrio ya lo sabe, y eso que aún no me he muerto, o eso creo. Somos fundamentalmente, para el sistema, signifique lo que signifique sistema, un saco de datos ambulante. Cuando usted se detiene frente al escaparate de una tienda de ropa, hay alguien o algo vigilando los movimientos de sus pupilas y tomando nota de ellos.

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