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Chilet

VITA DA MEDIANO

Vicent Chilet

Fibonacci en Mestalla

Cada día de Meriton en el club es una amenaza para la persistencia de la entidad. Pura matemática

Gayà, el domingo pasado tras perder el partido contra el Barcelona

Gayà, el domingo pasado tras perder el partido contra el Barcelona

Pizzi, Nuno, Voro, Neville, Ayestaran, Voro, Prandelli, Voro, Marcelino, Celades, Voro, Gracia, Voro. Hasta en el caos de los siete terribles años de Peter Lim en el Valencia se intuye una mínima secuencia lógica de los acontecimientos. Tal vez exista hasta cierta coherencia en los patrones utilizados en la voladura descontrolada del histórico Fe-Cé. El experto en Big Data aplicado al fútbol Jesús Lagos me advertía irónicamente, ayer en Twitter, que la cadena de entrenadores con Meriton a los mandos se parecía a la sucesión infinita de números naturales de Fibonacci, en la que cada término es la suma de los dos anteriores. En la relación de recurrencia singapuresa, Voro González siempre acaba siendo el resultado, la solución, de la suma de los errores anteriores.

Pero dotar de una conexión racional al proyecto (¿?) de Lim en Mestalla sería un privilegio excesivo a estas alturas, con nuestro querido club ultrajado. La única certeza es que, cuando más lejos ha estado de las decisiones ejecutivas, mejor le ha ido al Valencia. Los meses de demora en la firma del traspaso del club fueron cruciales para que la primera temporada pudiesen copatrocinarla gente de fútbol como Rufete y Ayala y llegar al cuarto puesto. Apartados de malos modos, llegamos al bienio espantoso con la aparición de Gary Neville, defensor de las esencias comunitarias de Old Trafford pero actor distraído cuando los pecados del fútbol moderno descargan su codicia lejos de la Premier. De nuevo con una gestión independiente y profesional, con esos perfiles de «líderes» que ahora proclaman que van a recuperar, Marcelino, Alemany y Longoria necesitaron solo dos años para alcanzar dos cuartas posiciones y conquistar la Copa. Como premio fueron humillados y, sin ningún contrapeso interno y con Mestalla vacío, en el mismo espacio de tiempo han dejado al Valencia al borde de la desaparición.

A veces no basta ni con acertar con los futbolistas o entrenadores, si las bases del plan están podridas. Florenzi y Cancelo, irregulares en Mestalla, se miden en una semifinal de la Champions. Y Javi Gracia, más víctima que culpable, había mostrado su destreza para domar proyectos en desinversión en el Málaga o Rubin Kazan. El navarro aparecía como el técnico idóneo para este Valencia. Pero ni haber sufrido las miserias de impagos del fútbol griego, ni los caprichosos designios de la familia Pozzo o el jeque Al Thani debieron parecerse a la ausencia de honor y palabra que le llevó a querer dimitir en octubre y dejarse llevar, desde entonces, como un peso muerto. Al ver el percal, Prandelli no amagó y desde el salón de un hotel lanzó una sentencia que acompañará a Lim hasta el día de su salida: «El fútbol es un deporte que necesita sentimiento».

La solución de la ecuación es sencilla. Cada día de Meriton en el club es una amenaza para la persistencia de la entidad. Pura matemática.

El domingo, el Valencia se juega la permanencia, pero un día antes se juega el futuro. Será una manifestación en la que el «poble de Mestalla» que inmortalizara Rafa Lahuerta se exhiba con esa avalancha comarcal y festiva de la que hace gala en las finales y que convierten a su afición en un fascinante fenómeno de estudio. Ya dan igual las prolongadas sequías, las largas noches. El valencianismo siempre reaparece con el entusiasmo del recién llegado, pero con el músculo social de una institución con tradición que mira al futuro sin recrearse en la melancolía. Pasó con la bendición de la bandera de 1924 y se repetirá con la marcha para acudir en su rescate. Con la mezcla de grandeza y apetito amateur con la que voltea favoritismos desde hace un siglo, logrará poner fin a esta sucesión infinita de desastres.

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