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Alberto Soldado

Una puesta de sol entre lágrimas

Aquella generación de la soledad en una puesta de sol podría ser la última educada en la renuncia porque sus padres habían sido educados entre obligadas privaciones

Atardercer

Contemplaba la puesta del sol en su ventana. Deslizábanse por sus mejillas dos lágrimas de soledad. Sólo podía entender que sus padres lo habían dejado allí, solo frente al mundo, junto a otros cinco mil chavales que llenaban la Universidad Laboral de Cheste llegados desde los más alejados rincones de la España de adobes y polvos, de silencios y lágrimas. A partir de aquel momento no podría recibir el beso diario que una madre siempre da, ni conversar con su padre luchador ni discutir con sus hermanos queridos. Era el hijo de una familia andaluza, de las muchas que buscaron chabolas en Vallecas o en los aledaños de la Barcelona abierta y universal y esperaban la llegada de los pisos que tenían luz eléctrica, ducha y agua corriente; palacios de reyes para quienes venían de lejanos pueblos abandonados, de calles polvorientas llenas de inmundicias de ovejas donde por no haber, no había ni sueños ni esperanzas.

Aquellos padres sentían el afecto a sus hijos como la ley natural lo exige y lo manifestaban privándose de sus sonrisas y besos a cambio de ofrecerles la oportunidad de estudiar en universidades laborales, en institutos de la Guardia Civil, en el ejército o en seminarios. Todo menos ser esclavos de nadie, jornaleros de patrones señoritos sin alma. Todo por un pan asegurado, un porvenir sin hambres. El afecto significaba el dolor del abandono.

Aquel chaval sólo pudo ser amigo de aventuras compartidas con compañeros, forjarse en la rebeldía y esperar afectos. Consiguió triunfar en sus estudios, pero en su alma, cual pintura grabada a fuego, de una manera imborrable y profunda queda aquel momento en el que contempló una puesta del sol, preludio de una larga noche. Supo que le tocaba luchar, compendió que la vida era así de cabrona, insaciable de afectos.

Por las mismas fechas, otro chaval tomaba el autobús de línea a las siete de la mañana para llegar al colegio religioso de la capital. Tres bocadillos de pan duro para almorzar, comer y merendar en un banco, junto a una fuente. Ni una peseta en el bolsillo, ni un capricho sencillo de escaparate. Sólo el afecto de un buen padre de olorosa y reluciente sotana con su brazo al hombro como bastón en el que apoyarse para subir aquellas escaleras de rojo ladrillo pisadas durante siglos. Un momento grabado a fuego en la memoria de una vida. Una mano en un hombro. Un momento en muchos años. Sólo el amor descubierto y compartido de una joven de hermosos ojos le impulsó a salir de aquel callejón de complejos y tristezas. La fuerza del afecto. Nos empeñamos en sumar, en hacer esto y lo otro y, sin embargo, sólo admiramos en silencio el amor entre otros y lamentamos la pérdida, o la falta de él.

Aquella generación de la soledad en una puesta de sol podría ser la última educada en la renuncia porque sus padres habían sido educados entre obligadas privaciones. Aquella generación no tenía caprichos, ni celebraba fiestas de consumo, y buscaba sobrevivir y cuidar la grandeza del amor descubierto. Aquella generación contempla en directo la trivialización del valor más sólido en nuestra existencia: el compromiso en el cuidado del amor, que exige sacrificios y renuncias, que exige deberes para alcanzar la felicidad. Palabras, conceptos, propósitos desaparecidos del lenguaje en el que sólo se proponen derechos y placeres sin conocer siquiera la punzada emocional de una mirada que habla de abrir caminos compartidos.

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