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Alfons Garcia

a vuelapluma

Alfons Garcia

La plaza de la resistencia

El 15M fue un aldabonazo en una sociedad que perdía casi todo y no reaccionaba. Diez años después sería tan ingenuo decir que no ha cambiado nada como entonces lo era pensar que todo iba a cambiar

15M

La mejor hora de las ciudades es antes de que despierten, cuando el ruido aún no ha ensuciado la belleza y el sol parece más limpio. La plaza era una fiesta hace diez años. A estas horas está desierta. Si no fuera por el caserón del ayuntamiento y el de Correos que lo vigila, esta plaza sería un erial de asfalto.

«El poder del dinero nunca había sido tan grande», decía Stéphane Hessel hace diez años. El opúsculo de aquel viejo de la Resistencia Francesa que no tardaría en morir fue como las tablas simbólicas de un nuevo tiempo. «Indignaos», apelaba. Indignarse para comprometerse desde la rebelión pacífica, la insurrección alegre. Eso quiso ser aquel 15 de mayo de 2011 que se alargó semanas. El 15M fue un aldabonazo en una sociedad que perdía casi todo y no reaccionaba. Diez años después sería tan ingenuo decir que no ha cambiado nada como entonces lo era pensar que todo iba a cambiar. El poder del dinero es tan grande o más que entonces. El dinero y el consumo son la estructura interior de nuestras vidas. Es algo tan pegado a la esencia de la individualidad que es absurdo pelearse contra lo que los define. Pero diez años después nos rodean elementos de más riesgo: se ha afianzado el poder del dinero sin nombre. El dinero sin rostro y alma, en forma de fondos de inversión, controla más empresas, de todos los ámbitos. El dinero sin sombra de sentimientos decide desahucios y despidos para cumplir con su único objetivo: multiplicarse.

El capitalismo que algún presidente sentenció que tenía que ser refundado ha cambiado poco sus normas. Simplemente las reglas del dinero han encontrado su forma de ser más fuertes. Ha habido tan pocas reformas que algún economista que predijo la gran crisis (Steve Keen) dice ahora que está cerca otra por la acumulación de deuda privada.

Hessel partía de la tesis de que la primera década del siglo XXI había sido una etapa de fuerte retroceso de las conquistas sociales posteriores a la II Guerra Mundial. Ello a pesar de haber más dinero, porque este era «más egoísta que nunca» y se concentraba en menos manos. La afirmación podría valer hoy. Diez años después, aquella llamada al compromiso con la Historia que fue el 15M puede verse como el primer grito importante contra un proceso encaminado a desmontar el Estado del bienestar a fuerza de recortes y austericidios. Diez años después hay más dinero para la educación, la sanidad y la atención social. No es algo general, ni son cifras elevadísimas, pero la tendencia hacia el bien común es otra. Es algo.

Sin embargo, el marco general de la existencia es tan duro, como poco, como entonces. Las condiciones de los jóvenes para empezar sus vidas siguen siendo tan precarias, o más. Las grandes plataformas digitales, nuevos imperios del dinero, han añadido un plus de inestabilidad en las relaciones laborales, más inseguras y con menos coberturas sociales. Solo hace falta mirar a los repartidores de comida y paquetes o darse una vuelta por Nomadland.

Esta continúa siendo una sociedad hostil a los pobres, especialmente si vienen de fuera. Es una sociedad de expulsiones de los sin papeles y de recelo hacia los extranjeros pobres.

En esta década hemos profundizado en el «engaño propagandístico», del que hablaba Hessel. Somos más víctimas de bulos y la posibilidad de perderse en hechos alternativos y una verdad mentirosa es más alta.

La Europa pusilánime continúa ahí, aunque la respuesta a la última crisis ya no ha sido austeridad. A pesar de sus mecanismos lentos y pesados hasta la desesperación, Europa continúa siendo la gran esperanza para los que miramos el mundo desde el sur.

El 15M fue el embrión de una nueva política frente a un sistema que expresaba su agotamiento mediante la corrupción. Muchos de aquellos jóvenes airados son protagonistas hoy, lo que indica que el sistema supo adaptarse para sobrevivir. Nada es tan diferente, no obstante. Incluso hay motivos para la alarma. Hessel animaba a no exasperarse y sí esperanzarse, a no acumular mucho odio. Odio es uno de los rasgos que mejor define nuestra política (no diría nuestras calles), posiblemente por la resistencia del gran poder a compartir espacios de decisión.

Diez años después, la plaza está vacía, sin coches (un símbolo) y sin casi gente, con el sol empezando a quemar el asfalto rojizo. Ha cambiado, pero no es tan distinta. Como nosotros.

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