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Julio Monreal

El Noray

Julio Monreal

La gestión de la pandemia

Hay que ponerse en los zapatos de un jefe del Ejecutivo para juzgar con severidad a quien ha de tomar 50 decisiones diarias en medio de la peor crisis sanitaria y económica en un siglo

Las comunidades se preparan para el fin del estado de alarma

EFE

Mucho se ha perdido en los últimos 14 meses por culpa del coronavirus en la Comunitat Valenciana. 7.329 personas han perdido la vida; 391.570 se han visto privadas de la salud al enfermar; miles de negocios de empresas y autónomos han cerrado por la falta de actividad derivada de la caída del consumo, los confinamientos y las restricciones de la movilidad; las colas del paro y del hambre se han visto multiplicadas y la sociedad en su conjunto sufre lo que podría definirse como agotamiento pandémico por el sometimiento prolongado a las medidas de emergencia, la incómoda mascarilla, y la larga lista de cambios que cada uno ha tenido que introducir en su vida para protegerse, dicho sea en el más amplio sentido de la palabra.

Y pese a todo, se respira hoy, primer día sin estado de alarma en seis meses, un cierto aire de alivio, de esperanza y de ilusión por la nueva etapa, ojalá la etapa final, que se abre en esta pandemia. Los ciudadanos se echan a la calle, toman los paseos, los jardines, las terrazas y los teatros con confianza, aunque no cabe dejarse llevar por la euforia. La Covid-19 ha dejado numerosas lecciones, y una de ellas ha de ser la necesidad de ser prudentes. La globalización, que mueve personas y mercancías por todo el mundo, puede devolver a un país o a una región a unos datos de pesadilla, porque como dicen los virólogos, hasta que el último habitante del planeta esté a salvo del coronavirus nadie lo estará.

La Comunitat Valenciana encara esta desescalada con los mejores datos sanitarios de España desde hace varias semanas, con 45 infectados por cada 100.000 habitantes, ningún fallecido en los últimos ocho días y un ritmo récord de vacunación. Sin embargo, conviene no olvidar aquel mes de abril de 2020, cuando cada día morían más de cien personas, los hospitales y las UCI estaban saturados y la sociedad vivía recluida y atemorizada en sus casas algo parecido a una plaga bíblica. Aquella situación puso en jaque a toda la comunidad, a sus instituciones, su espíritu de sacrificio y su solidaridad. Colectivos como los sanitarios, el personal de los supermercados, el de seguridad, limpieza, transporte y otros esenciales se ganaron el calificativo de héroes y los aplausos de todos. Y las instituciones, desde las europeas hasta las municipales, supieron reaccionar, reforzar los servicios públicos relegando otros gastos ordinarios y reconstruir el escudo social que la crisis de 2008 se había llevado por delante a base de recortes y renuncias.

En la Comunitat Valenciana es de justicia subrayar el papel que ha jugado en la gestión de la pandemia el presidente de la Generalitat, Ximo Puig. La gran mayoría de los servicios concernidos en la lucha contra la pandemia corresponde a competencias autonómicas y en esa clave hay que leer los fracasos y los éxitos. Sin un mal gesto, con prudencia y humildad, Puig ha capeado los momentos más duros y los tiempos en los que las comparaciones le beneficiaban, si es que cabe llegar a esos términos en una pandemia. Fue su equipo, encabezado por la consellera Ana Barceló, el que se lanzó a China y otros mercados internacionales a comprar mascarillas, EPIs y respiradores al mejor postor, enfrentándose a todo tipo de trabas y normas de contratación pública. Fue el presidente quien asumió la responsabilidad de cancelar las Fallas y la Magdalena por seguridad cuando sus socios de Compromís, luego tan radicales en las restricciones, jugueteaban a mantenerlas para quedar de bonito con los festeros. Fue Puig quien decidió intervenir las residencias de la tercera edad y ponerlas bajo la tutela de Sanitat cuando los mayores morían a decenas en los centros. El presidente impulsó los pactos de la reconstrucción con partidos, agentes sociales y municipios, se puso al frente de los proyectos para optar a los fondos europeos y hasta fue el primero que planteó la necesidad de liberar las patentes de las vacunas para agilizar el fin de la pandemia. Naturalmente que su gestión diaria de estos 14 meses habrá tenido sombras y olvidos, y que otros responsables institucionales han tenido también papeles importantes en la lucha contra el coronavirus. Una de las sorpresas positivas de esta pandemia ha sido la escasa penetración de la enfermedad en los centros de enseñanza, cuyas medidas activas y pasivas de protección han dependido del conseller Vicent Marzá. Pero ha sido el presidente Puig quien ha ejercido de eficaz impulsor y coordinador de políticas para engarzar las decisiones de Estado, de Autonomía y de Municipio a fin que los valencianos pudieran superar cuando antes y en las mejores condiciones posibles esta pandemia de pesadilla. Y lo ha hecho sin impostura ni eslóganes, sin partidismos ni remilgos. Habrá quien piense diferente, especialmente si se ha visto afectado de manera grave por la pandemia, pero si hoy la Comunitat Valenciana está en condiciones de ver la luz al final del túnel, de recuperar la actividad económica y el turismo, de generar confianza y empezar la reconstrucción social sobre bases sólidas, el presidente socialista Ximo Puig ha tenido mucho que ver en todo ello. Cuando ya las cifras de afectados eran ya las más bajas de España, sostuvo las restricciones de seguridad como si fueran las peores. ¿Pudo hacer más? Seguro. Pero hay que ponerse en los zapatos de un jefe del Ejecutivo para juzgar con severidad a quien ha de tomar 50 decisiones diarias en medio de la peor crisis sanitaria y económica en un siglo y luego irse a dormir para afrontar otra jornada igual al día siguiente. Tras la aplastante victoria de Isabel Díaz Ayuso y el PP en Madrid hay quien cree que su modelo de gestión de la crisis es el que hay que imitar, pero lo que indica de verdad es que hay más de una manera de hacer las cosas ante una emergencia. Y de todo se sale. Por negro que permanezca el panorama, llega un día en que las nubes se retiran y la luz se abre paso.

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