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Jordi Sevilla

Jóvenes sin futuro = país fracasado

JÓVENES  SIN FUTURO  =  PAÍS  FRACASADO

JÓVENES SIN FUTURO = PAÍS FRACASADO JORDI SEVILLA

«Una juventud sin oportunidades, no constituye una generación perdida, sino que revela un país perdido en su conjunto». Esta afirmación puede leerse en el último informe del Instituto para la Juventud (INJUVE), adscrito al Gobierno de España, sobre la juventud española de hoy. Y resume la dura conclusión que puede extraerse del análisis de una juventud a la que le hemos robado su futuro después de encadenar dos crisis seguidas (la financiera y la pandemia) que han convertido un problema estructural en sistémico.

España, como en general todos los países desarrollados, protegen a los ciudadanos de mediana edad y a los ancianos, mientras deja a la intemperie o al azar desigual de las familias donde nacen, a los jóvenes por debajo de los 30/35 años. En España, los ingresos medios anuales de los jóvenes nacidos entre 1985 y 1994 son un 13% inferiores a los nacidos una década antes. No es un problema sólo nuestro, aunque aquí se viva con datos agravados. Incluso el Finantial Times acaba de sacar un número monográfico especial dedicado al asunto.

Dos datos sintetizan el «maltrato» a que tenemos sometidos a la juventud española: nuestros jóvenes consiguen salir del hogar de sus padres y emanciparse a los 29,5 años, a la cola de una Europa que tiene como media los 26 años. Visto de otra manera, el 65% de los jóvenes entre 16 y 34 años, siguen viviendo con sus padres, un porcentaje siete puntos superior al de hace una década. En relación con ello, la tasa de natalidad ha caído en España un 30% en una década y somos el penúltimo país de Europa. Nuestros jóvenes forman un hogar y una familia mucho más tarde y con muchas más dificultades que antes y que sus homólogos europeos.

Ambos hechos son el reflejo de toda una situación adversa, construida poco a poco durante décadas, pero que nadie parece querer abordar de manera integral, en la que es legítima su frustración ante el riesgo de que van a vivir peor que sus padres, en una sociedad más desigual como consecuencia de nuestras decisiones y actitudes de hoy. Un panorama desolador, un asunto de la mayor importancia y en torno al que debemos exigir un cambio consensuado de políticas. Un problema estructural que venía de antes, pero que se ha visto agravado como consecuencia de la crisis financiera de 2008 y de la crisis pandémica actual.

El recorrido puede empezar por la pobreza infantil. Según UNICEF España es uno de los países europeos con mayor tasa de pobreza infantil como consecuencia, en parte, de escasas políticas de apoyo a las familias necesitadas. A partir de ahí, España es el país de la eurozona con mayor tasa de abandono escolar, según Eurostat, aunque la cifra ha venido mejorando en la última década. Junto a ello, tenemos un porcentaje mayor de jóvenes entre 25 y 29 años que solo tienen la ESO como titulación (27% España frente al 15% UE) y una mayor tasa de universitarios en paro o en trabajos por debajo de su cualificación. Sobre esta realidad estructural ha venido a golpear la pandemia haciendo que, en palabras del Informe del Defensor del Pueblo: estamos ante «un estancamiento de la función de ascensor social que la educación venía realizando».

Cuando se enfrentan al mundo laboral, casi el 40% de nuestros jóvenes que quieren trabajar está en paro. Un porcentaje que duplica la media europea situación que viene arrastrándose desde antes incluso de la crisis financiera de 2008. Los jóvenes que trabajan tienen una incidencia de temporalidad del 66% y de tiempo parcial del 39%, el triple que el resto de la población activa. Un 36% de jóvenes menores de 30 años, no tienen en España ningún ingreso laboral.

El porcentaje de jóvenes que a los 29 años tenía vivienda en propiedad es del 7% en los nacidos en 1988, frente al 26% de los nacidos en 1976. Según un estudio del Banco de España, el acceso a la vivienda en propiedad se ha encarecido para los jóvenes, no tanto por el pago mensual de las hipotecas, sino por la ausencia de ahorro inicial con el que hacer frente a la entrada. Este problema, más acuciante entre jóvenes de familias con menos recursos, empuja a muchos al alquiler, con dos resultados perversos: la importante subida que han experimentado los alquileres (compartir piso, vuelve a ser una solución inevitable) y, también, el elevado porcentaje de jóvenes que avanzan por la vida sin el ahorro que implica tener una vivienda en propiedad.

Sobre todo, cuando no está claro que el sistema de pensiones, salvo reformas tan importantes como impopulares, siga en pie como lo conocemos cuando ellos se jubilen. Dicho de otra manera, para toda una generación, especialmente aquellos que no tengan unos padres «con posibles», lo más seguro es que sus problemas no terminen conforme vayan cumpliendo años. Una simple proyección demográfica permite observar que mientras hoy por cada pensionista hay 3,4 ocupados, en 2050 la tasa de dependencia caerá hasta solo 1,2 por cada pensionista. Con ese dato, o se toman medidas para reducir la relación entre pensión y último salario percibido (los jóvenes de hoy cobrarán menos pensión relativa) o se incrementan las cotizaciones sociales de manera importante (encareciendo la contratación), o el déficit del sistema de Seguridad Social es financiado por el conjunto de impuestos presupuestarios. Los mismos impuestos, por cierto, que tendrán que hacer frente a la elevada deuda pública que estamos lanzando sobre nuestros jóvenes.

Un panorama poco halagüeño, al que debemos añadir como parte de la herencia que recibirán de nosotros los jóvenes, los efectos del cambio climático que, en el mejor de los casos, se derivará de una elevación de la temperatura media del planeta en 1,5 grados, como prevé como objetivo el Acuerdo de París.

El éxito y el fracaso no son algo estrictamente privado. Menos, cuando la pandemia nos ha mostrado el valor social de la interdependencia entre las actitudes humanas. Garantizar la igualdad de oportunidades y mantener engrasado el ascensor social son dos de las principales responsabilidades de las políticas públicas. Con apoyo de las familias y el compromiso de los individuos, pero también y sobre todo como apuesta por una sociedad abierta, cohesionada, que incluye el progreso y la mejora continua entre sus objetivos constitutivos.

Una sociedad que no pone todo su empeño en ofrecer a sus jóvenes un futuro mejor, es un país sin un proyecto común, paralizado entre el egoísmo de los mayores y la polarización política. ¿Cuántas veces hay que repetirlo?

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