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Juan José Millás.

Sé que sabes

La historia de la literatura es la historia de los éxitos de la literatura. Nadie, que yo sepa, ha acometido la historia de sus fracasos. Lo mismo ocurre, supongo, con el resto de las materias que forman parte de nuestra educación. El fracaso -o la idea que nos hemos hecho de él- no cuenta. El domingo pasado vino a comer la familia y preparé un arroz. Mejor dicho, dos, dos arroces porque el primero se me echó a perder y lo tiré a la basura. Nadie, excepto yo, supo de ese fracaso. Mientras dábamos cuenta del segundo alabando sus cualidades, yo pensaba en el primero. Quizá tendría que haber sacado los dos para que los probaran por orden. De ese modo, le habríamos dado también una oportunidad al arroz fracasado. Si ese arroz tuviera sentimientos, pensé, estaría escuchándonos ahora desde el fondo del cubo de la basura y se sentiría enormemente desgraciado. El fracaso, la decepción, la desilusión, el fiasco, o como quiera usted llamarlo, está en el corazón mismo del éxito. Son las dos caras de la misma moneda lanzada al aire: a veces sale cara y a veces cruz. Con frecuencia, la cruz del presente es la cara del futuro y viceversa. Muchas obras que fracasaron en su tiempo triunfaron al cabo de los años y al revés. Cuando leo libros de ensayo sobre esto o sobre o lo otro, siempre echo de menos que me cuenten la otra cara de la realidad. La otra cara de la Luna. El lado oscuro de la paella dominical de sabor y aspecto inigualables. Coincidí hace poco, en un vuelo largo, con un químico que había triunfado en la vida. Era catedrático y tenía numerosas publicaciones, varias de ellas traducidas a diferentes idiomas. Poseía, de otro lado, habilidades narrativas para relatar una existencia de superación en la que, sorprendentemente, no aparecían hijos ni padres ni esposa, tampoco hermanos. Luego se durmió. Mientras dormía, estuve observando atentamente su rostro, que no era el de un hombre feliz. ¿Sobre cuántos fracasos personales, me pregunté, estaría montado aquel cúmulo de éxitos profesionales? Lo que él me había servido, pensé, era el segundo arroz, siendo que a mí me habría gustado más escuchar el primero. Se despertó aturdido cuando ya estábamos aterrizando y antes de despedirnos nos miramos significativamente. -Ya sé que sabes -pareció decirme con los ojos.

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