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Joan Carles Martí

La solidaridad inversa en La Llotja

Celebro la campaña contra el cierre del Instituto Francés pero Ciutat Vella aborda la desescalada rodeada de más escombros

Mientras vecinos y comerciantes de Ciutat Vella soportan las obras y los curiosos nos acercamos a ver sus antiguas tripas, en el metro se habla de la dificultad de acertar la ropa de entretiempo y de vacunas. Somos expertos en reformas urbanas, moda de mercadillo y ahora también en geopolítica inocular. Lo importante es hablar, aunque los carteles de Metrovalencia invitan al silencio para prevenir contagios. El triángulo Mercat Central, Sant Joan del Mercat y La Llotja de la Seda reúne desde hace siglos las tres patas en las que se asienta el Cap i Casal. El sábado ‘a poqueta nit’ descubrí la calle Vell de la Palla levantada, intransitable para el peatón, así que el vestíbulo que conduce a la mejor visión de la Llotja está chapado. Lo que concluye lo desatendido que sigue nuestro mejor edificio gótico declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco hace veinticinco años. Aunque parece que eso sea una tómbola virtual, es algo muy serio. Tanto que ninguna municipalidad del mundo dejaría rodeado de escombros un conjunto que «ilustra de manera espléndida el poder y la riqueza de una de las grandes ciudades mercantiles del Mediterráneo», como recoge la comunicación de la Unesco del 5 de diciembre de 1996. Como sigo imbuido en el ‘espíritu Francino’ no quiero perder el tiempo en peleas absurdas y otras gilipolleces, pero que se lo hagan mirar desde el ayuntamiento.

Quince euros.

La Llotja también llamada de Mercaders resulta un monumento a la prosperidad del siglo XV. Una modernidad que adelantó el fin del medievalismo y la mojigatería. Nuestro mercantilismo siempre ha sido callejero, por tanto entiendo que la beatería se rasgue las vestiduras por ver una parada de bragas y calzoncillos en nuestra mayor plaza. Debemos afrontar estas cosas desde una perspectiva más berlanguiana, no solo por el centenario, que también, sino por recuperar esa sana socarronería tan del terreno. Lo que sigo sin entender es porque se pueden poner tenderetes de culeros y no unas bonitas terrazas a lo Plaza de San Marcos (Venecia) donde se ofrezca vermut de La Marina, mucho mejor que el italiano. Por cierto y sin falta tampoco a la doctrina de Pablo Coelho, me hacen muy poca gracia esos convecinos que pagan 15 euros por un expreso en el Café Central de Viena o en Le Procope de París y aquí reprochan el euro y medio en la mejor terraza con vistas a la Llotja, la del Lisboa. Estaría dispuesto a pagar el doble si esa parte proporcional fuera destinada al mejor acondicionamiento de la zona. Más y mejor limpieza, apartar los feos contenedores de basura muy poco góticos y sobre todo una iluminación nocturna sostenible. Es más, creo que el propietario del Lisboa, el activista ciudadano Toni Rodilla, también estaría conforme en dedicar una parte de su recaudación para la misma causa. Me encanta la rápida movilización y la campaña contra el cierre del Instituto Francés, pero otra vez sale a pasear nuestro falso concepto de la solidaridad inversa, ese que nos hace quedar mal con los de casa. Cruzo los dedos para que la mejora en nuestro triángulo de oro se parezca a la realidad virtual que nos han enseñado.

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