Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Alfons Garcia

A VUELAPLUMA

Alfons Garcia

En el calabozo

Parece que se olviden del contexto cuando hablan de corrupción ahora. Si hasta la justicia miraba hacia otra parte cuando llegaban denuncias. ¿Cuántas prosperaron en aquellos años?

Calabozo

Hoy cumple 52. Vaya día, piensa. Ahora debería estar en la comida familiar, soplando las velas y abriendo algún regalo. El libro de memorias de Steiner que le costaba encontrar y que pidió a sus hijas, algún perfume... Lleva una hora sentado a la espera de que lo suban ante el juez. Con una americana encima de las manos. Le cuesta llamar calabozo a este habitáculo. Son formas de anclarse a la inocencia, a su vida hasta ahora. Formas de no aceptar el tránsito a lo que no quiere imaginar. Trata de mantenerse mentalmente despierto. Piensa que aún hay salida, que si es convincente puede dormir esta noche en casa. Lo otro no quiere ni pensarlo.

Le llega el rumor de un transistor o una tele. Miles de africanos cruzando la frontera en Ceuta, bordeando el mar, algunos han cogido barcos de juguete para cruzar el Estrecho. Parece que no todos han llegado. Hay incluso madres con bebés de días. ¿Hasta dónde alcanza la desesperación? Y los devuelven igual que si fueran mercancía, como los que los dejaron salir. Le ayuda a rebajar la tensión pensar que hay quien está peor que él. Siempre los hay. Y que uno ha de pensar en salvarse a sí mismo. Es la ley de la supervivencia. A él le ha ido bien. Ha sabido jugar sus cartas. No ha hecho daño a nadie, piensa. Alguna operación en las que ha participado ha tenido ángulos oscuros, sí, pero así era todo, así se hacían negocios. O eso o te comías una mierda. Podías sobrevivir, vale, quedarte en negocios de segunda, pero para ganar hay que arriesgar, ser ambicioso, morder si hace falta. Es lo que siempre pensó. Y le fue bien. Podía haberse quedado de simple arquitecto, pero era demasiada tentación ver los zurrones llenos de otros mientras él se rompía los cuernos para sostener el estudio. Conocía bien a gente de uno y otro lado, personas esenciales para que los proyectos fluyeran y promotores ávidos de dinero rápido. Aprendió a hacer de puente. Nada hubiera sido diferente si él no hubiera estado ahí. Otro lo habría hecho. Lo piensa y se lo cree. Estuvo en alguna reunión con políticos. Oyó, como se oye el rumor del mar en la playa, pero no escuchó, aunque si el juez quiere está dispuesto a hacer memoria. Parece que se olviden del contexto cuando hablan de corrupción ahora. Si hasta la justicia miraba hacia otra parte cuando llegaban denuncias. ¿Cuántas prosperaron en aquellos años? Hoy existe una Fiscalía Anticorrupción que ha de justificar su apellido, agencias antifraude en cualquier rincón y hacer negocios se ha convertido casi en indicio de delito. ¿Cómo se mantenían los partidos entonces? ¿Todo eran donaciones altruistas? Todo eso no se lo dirá al juez, pero le ayuda a poder mirar a la cara a quien sea.

Dos guardias hablan fuera. ¿Quién pierde más en esto de Azud, el PP o el PSOE? Debe de ser un tipo con aspiraciones de tertuliano, piensa él. «Del PP ya no sorprende nada, lo nuevo es ver a la oposición sucando también». «Yo creo que pierden todos». Interviene una tercera voz. Es de mujer. «Perdemos todos, diría. No podemos quitarnos la marca de la corrupción. Parecía que éramos los mejores con la pandemia, la envidia del país, pero siempre sale lo otro…». «La basura no se puede ocultar en un cajón», zanja otro.

Eso será, piensa él con la cabeza apoyada en la pared. Envejecer es aprender a perder, leía anoche. Asumir deficiencias. Piensa que quizá le ha llegado el momento de empezar a perder. Suena la llave, oye su nombre, pero no escucha. Prefiere seguir con los ojos cerrados.

Compartir el artículo

stats