A primeros del siglo XIII, Europa conoció las ‘cruzadas de los niños’. De forma milagrosa, un niño en Alemania y otro en Francia recibieron la visita de Jesucristo, que les ordenaba que escribieran una carta al rey para que se pusiera al frente de una cruzada con todos los niños del reino para tomar Jerusalén. No debían tener miedo. La pureza de sus almas superaría los obstáculos. Por el camino encontrarían de qué alimentarse y, cuando llegaran al mar, las aguas se abrirían para seguir su camino hacia Tierra Santa. Aunque los historiadores no concuerdan acerca de si hubo una o varias cruzadas de niños, algo es seguro: todos eran pobres. Ni siquiera se sabe si eran niños. ‘Pueri’ es una forma medieval de referir a gente desvalida. La diferencia entre ‘pueri’ y ‘pauperi’ no es grande, y la confusión de escribas y lectores, fácil.

De aquellas incursiones, con el ánimo de ocupar los santos lugares, sólo resultó que, por donde pasaban, los cruzados arrasaban las cosechas y los pueblos. Fueron comparados a una plaga de langostas y por doquier llevaron los ánimos a una inquietud escatológica. Aunque un rey como Felipe II Augusto de Francia se tomara a broma el sorprendente mandato de Jesucristo, y aunque quizá él pudiera pensar que se libraba de un problema de superpoblación que comenzaba a hacerse evidente, sin embargo las gentes sencillas tuvieron la impresión de que un mundo se acercaba al final, con aquellas turbas de decenas de miles de niños atravesando Europa. Pero el mundo no se acabó. Al contrario, de todo este confuso hecho solo se sabe que, tras muertes masivas que poblaron de cadáveres los caminos, los jóvenes que llegaron vivos a Génova y Marsella fueron vendidos como esclavos.

Quienes pensábamos que estas sacudidas formaban parte de un mundo arcaico, nos hemos visto sorprendidos esta semana con un fenómeno que guarda cierto parecido. En realidad, tenemos casi los mismos elementos que hacia 1200. Sobre todo, el mismo clima de futuro angosto e inquietante. Saladino acababa de tomar Jerusalén unos años antes, en 1187, arruinando el frágil reino que tenían allí los cristianos, lo que provocó la tercera cruzada, llamada de los Reyes. Hoy, de nuevo la violencia se desata en Tierra Santa, incendiada por un gobernante cínico como Netanyahu, que de este modo espera perpetuarse y que no es capaz de comprender, en medio de escándalos de corrupción personal, que el camino por el que lleva a su Estado es irreconciliable con todo lo que albergue algo de espíritu, democracia y derecho.

Pero ya se sabe, cuando Jerusalén se agita, por secretos caminos el mundo se estremece. Hoy hay dos ombligos del mundo: Jerusalén para el Mediterráneo y Kabul para Asia. El día en que salga a la vez toda la lava que se acumula en ese subsuelo, veremos hasta dónde llega el fuego. Por ahora, al otro lado del mismo mar que Jerusalén presiente, se pone en marcha un movimiento de gentes jóvenes que avanzan como atraídos por un imán. Los hemos visto por los caminos, por las carreteras, por las riberas de las playas, sin nada que llevarse a la boca, en grupos dispersos, ligeros de paso, acudir como llamados por una señal lejana hasta reunirse en el espigón que separa África de Europa. Por esas tierras, Jesucristo no dicta cartas a los niños, y los reyes tampoco parecen muy inclinados a ponerse al frente de sus marchas. En su lugar, unos gendarmes obedientes animan a las gentes a juntarse allí, en el espigón de Europa. ¿Qué tienen que perder?

Todos ellos, si tuvieran que ser descritos por un periódico latino, serían llamados ‘pueri’ o ‘pauperi’, y un curioso lector de algún fragmento de ese periódico siglos después también creería que se trataba de una cruzada de niños. Y como ocho siglos antes, también podría decir que se trataba de gentes pobres, desesperados, sin trabajo, sin esperanza, que también confiaban en el milagro de que se abrieran las aguas del mar para llegar en una jornada a Gibraltar.

No, las aguas no se abren al paso de los jóvenes marroquíes que se lanzan hacia la playa de El Tarajal. Al contrario, allí comprueban que unos pocos metros de mar sólo se superan al precio de un esfuerzo que los deja exhaustos. Y así llegan a la playa, tras un sueño inducido, para descubrir perplejos que todavía pisan la arena del mismo lado del mar y que deben despertar regresando a casa, cualquier cosa que signifique eso. Ni entonces ni ahora se ha hecho el milagro. Muchos quedarán allá esperando barcos que nunca zarparán, soñando con ser comprados por esclavistas. Pero entonces, como ahora, un desorden político y moral, incapaz de enfrentarse al futuro de los pueblos con un mínimo de decencia, condena a generaciones enteras a marchar a la aventura. Todo para no tener que cambiar sistemas de propiedad que ponen la economía de las naciones en manos de pequeños grupos de oligarcas bien protegidos por el poder político supremo.

Lo hace Marruecos, y lo hace España. La diferencia es que las técnicas de Marruecos, más primitivas, se parecen a la cruzada de los niños, mientras que los ‘pueri’ españoles, pauperi de futuro, lo hacen de uno en uno y a través de los aeropuertos. Pero uno y otro país hacen todo lo posible para no cambiar los sistemas productivos y ordenar sus economías con bases democráticas. En uno y otro caso se entrega a la imaginación de los jóvenes la forja de un futuro incierto, casi imposible. La villanía ulterior de la autoridad de Marruecos es jugar con esa desesperación alentando a golpe de silbato, de forma cínica e instrumental, a una acción que solo puede inducir a su población a una todavía más intensa desolación.

Si toda la actuación que Marruecos puede llevar a cabo para hacerse visible en el mundo es esta de lanzar en el siglo XXI su propia cruzada de los niños, entonces debería saber que tiene un problema con la clase política que idea estas crueles estrategias. La única verosimilitud de la misma es que sabe que al otro lado tiene una clase política como la española, que siempre responderá con exagerados exabruptos e impotentes aspavientos, con la más tribal de las miopías y la más raída de las desuniones, lo propio de viejos y arruinados señores imperiales que, de forma sorprendente, solo confían en la política de fuerza que los llevó a la ruina. Si el día en que la lava que se calienta en el subsuelo salga a la superficie nos pilla con esta tropa, que Dios nos asista.