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alberto soldado

VA DE BO

Alberto Soldado

Ceuta, Melilla y el Imperio Romano

Ceuta y Melilla, por ser españolas, todavía son lugares de encuentro cultural

Hubo un tiempo en que Roma, con sus ejércitos, se convirtió en madre civilizadora de Occidente. Hubo un tiempo en que Roma desenvolvió el sentido del deber, sin absorber al individuo pero exigiendo patriotismo al ciudadano romano. Roma se extiende, domina pero asimila porque Roma es, ante todo, practicidad. En el Imperio Romano tenían cabida todos los pueblos y todas las religiones. El Derecho romano es, seguramente, el más excelso legado de aquella civilización cohesionada por el latín, lengua de comunicación oficial desde la Lusitania hasta los confines orientales del imperio, y que se mantuvo hasta hace cuatro días como la lengua franca de las universidades europeas. Tuvo que llegar el ministro Solís para reírse de su importancia. Sólo un cateto como él podía iniciar en España la persecución de la que fue lengua del imperio civilizador, y con ella el conocimiento de la cultura romana y su influencia decisiva en el devenir de lo que hoy convenimos en denominar cultura occidental. Si Hispania es Roma, América también es hija de Roma.

Hubo un tiempo en que el norte de África, nombre etimológicamente latino, fue un foco de cultura con hombres tan importantes como el del escritor Apuleyo, natural de Madaura, en la provincia romana de Numidia, actual Túnez. Apuleyo nos habla de los distintos grados en el proceso educativo de los niños y jóvenes romanos, con el ‘literator’, que enseñaba a leer, el gramático, con conocimientos diversos y finalmente el retórico, que formaba el arma irresistible de la elocuencia. Agustín de Hipona, nacido en la provincia romana de Tagaste, que hoy conocemos como Argelia, de madre de origen bereber y de religión cristiana es otro de los grandes pensadores surgidos en tierras del Imperio Romano.

El Mare Nostrum bañaba las tierras unidas por la latinidad y refuerza su diversidad con la llegada del cristianismo. Aquella practicidad y liberalidad del viejo imperio, aquella concepción racionalista, basada en el ‘homo sapiens’, dominado por el logos, es sustituida por la concepción del ‘homo religiosus’, obligado a la ética del obrar. Y algo fundamental que a la postre acabará afectando a la supervivencia del imperio: todos los hombres son iguales ante Dios. Su ideal de obrar estará basado en el amor al prójimo. Con el cristianismo, el dios nacionalista de los hebreos se convierte en padre de todos los hombres. Constantino, con el Edicto de Milán (año 313) decreta la libertad religiosa en todas las tierras del imperio. Ejemplo de practicidad. Juliano el Apóstata, medio siglo después, prohíbe enseñar a los cristianos, pero ya era demasiado tarde. El triunfo de la «religión de los esclavos», sublime definición de Simone Weil, era definitivo. De hecho, nos encontraremos con el arzobispo de Cesárea de Capadocio, hoy Turquía, con un san Basilio, o la Escuela de Alejandría, en Egipto, con nombres tan destacados como san Clemente y Orígenes.

Estos días vemos como niños y bebés son lanzados a la mar para ver a Cristiano y Messi en Ceuta; porque hemos asistido al ‘progreso’ de Argelia tras separarse de Francia cuando siendo colonia tenía una renta per cápita cercana a la metrópoli, y hoy es foco de conflictos por la desesperación y la pobreza. ¿Cuestionamos la política de descolonización o es políticamente incorrecto hacerlo? ¿No queremos avanzar hacia las unidades prácticas, hacia la globalización?

En realidad asistimos a la constatación de que la Historia no siempre camina hacia el progreso de la practicidad racional del Imperio Romano, culminado con Constantino, sino que prefiere adentrarse en las cavernas de la irracionalidad. Ceuta y Melilla, por ser españolas, todavía son lugares de encuentro cultural. Vemos al legionario que salva al bebé lanzado a las aguas, vemos a organizaciones y a particulares que miran al individuo desesperado y lo consideran una persona necesitada. En Ceuta y Melilla, hasta ahora, han convivido religiones diversas en paz. Sólo por eso, por salvar reductos de la cultura romana, valdría la pena defenderlas de los ataques de la intolerancia basados en la ridiculez argumental de las fronteras.

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