Cuando algunos compañeros míos lean este artículo, fruncirán el ceño y no tendrán piedad de mi en sus pensamientos. Pero esta es mi opinión y así quiero expresárosla: es natural y lógico que ERC y JxCat hayan firmado un pacto de gobierno. No entiendo como algunos intelectuales de izquierdas pensaban que el nacionalismo no priorizaría sus intereses.

No comparto los esfuerzos ideológicos de convertir la diversidad, la diferencia, la pluralidad de derechos individuales en la política conservadora de homogeneizarlos con el propósito de defender la pureza de la identidad colectiva. Porque yo no creo que la solución de los graves problemas del mundo sea parcelar el planeta en Estados cerrados y banderas que agoten sus esfuerzos en conservar la pureza de su ‘nación’. Se trata de priorizar nuestra actividad política y quien agota su energía en poner fronteras, nombres y dueños al paisaje difícilmente pueden llamarse progresista. Ser de izquierdas es orientar nuestra principal actividad en la lucha contra la injusticia, contra el hambre, a favor de la solidaridad, de una sociedad cosmopolita, con derechos iguales para los distintos.

La burguesía nace en el siglo XVIII para repartirse las materias primas, la producción industrial y el mercado crea el nacionalismo. Cuando la burguesía comienza a afianzar su poder difunde, desde mediados del siglo XIX, la teoría de la soberanía nacional e inventa una ideología basada en sentimientos patrióticos, que logra excitar en las clases populares el odio y el resentimiento de agravio contra los pueblos vecinos, y consigue convencer a muchos trabajadores para que se enfrenten entre sí. Por su parte, el proletariado comienza a organizarse en sindicatos y partidos políticos.

En Cataluña, la invención de la nacionalidad catalana surge a finales del siglo XIX de la mano de los representantes de la burguesía como Prat de la Riba, con un discurso en el que a partir de exigir el reconocimiento de las singularidades y particularidades de los catalanes se propone un único objetivo: obtener mayores privilegios para los fabricantes y comerciantes en el reparto de los impuestos estatales y de las cargas aduaneras. Su evidente adscripción a la derecha le impulsó a participar en los últimos gobiernos de la Restauración y en 1923 no se opuso a la dictadura de Primo de Rivera.

En Esquerra Republicana se dan los mismos o parecidos argumentos. Aquí están algunas de las perlas que vertió Heribert Barrera, presidente de ERC: «No pretendo que un país haya de tener una raza pura; esto es una abstracción. Pero hay una distribución genética en la población catalana que estadísticamente es diferente a la de la población subsahariana, por ejemplo. Aunque no sea políticamente correcto decirlo, hay muchas características de la persona que vienen determinadas genéticamente, y probablemente la inteligencia es una de ellas»; «El cociente intelectual de los negros de Estados Unidos es inferior al de los blancos»...

Si el nacionalismo es fundamentalmente un sentimiento, una sensibilidad con los valores y costumbres de la tierra, evidentemente tiodos somos nacionalistas, nadie puede escapar a un hecho tan natural y no elegido como haber nacido y vivido en el seno de una determinada cultura. Pero el nacionalismo del que hablamos tiene como único argumento ‘ser diferentes’ y es contrario al concepto jurídico de igualdad entre todas las personas, principio básico del pensamiento de izquierda. Es necesario que la izquierda se libere del lastre que supone el nacionalismo y recupere sus señas de identidad: la igualdad, la defensa de los derechos humanos y conseguir un sistema económico que priorice a los ciudadanos y al medio ambiente frente al beneficio empresarial.

Los que queremos el federalismo deberíamos instar a que se dediquen todos los esfuerzos, tiempo y dinero en explicarle a la ciudadanía tan necesitada de conocimientos políticos. Como decía Marx, «el nacionalismo es un invento de la burguesía para dividir a la clase obrera». Los socialistas somos internacionalistas. Sería bueno repasar en este sentido la crítica al nacionalismo de Rosa Luxemburgo en su libro ‘La cuestión nacional’.

Así lo creo yo: el nacionalismo es siempre de derechas