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Elizabeth López Caballero

Qué a gusto me he quedado

 Estoy a dos meses de cumplir treinta y seis años y llevo el mismo tiempo en guerra conmigo.

Treinta y cinco años (aún) criticándome, ensañándome con mis fallos en lugar de abrazar mis virtudes. Dando de comer al –a los– monstruo, pendiente del qué dirán y de lo que no dicen también. De si aumenta el número de estrías o la talla de pantalón. De hacerme un moño cuando la falta de tinte se abre camino entre las raíces de mi pelo (no vayan a darse cuenta) o de la plasta de maquillaje que unto en mi piel cuando un ser rojo y feo se instala en medio de mi cara recordándome que soy una hormona con patas. De estar calladita si lo que tengo que decir no es más importante que el silencio y de esforzarme, de esforzarme mucho, porque he de demostrar mi valía. Tres décadas de las cuales llevo una justificando por qué no me da la gana ser madre y tratando de entender cuál es el motivo, todavía en este siglo, de que la maternidad siga siendo la culminación de la mujer. Y estoy tan cansada, tan harta que he decidido pasar de mí. Sí, así, tal cual, pasar de mí. El otro día leí una entrevista a Rosa Montero, una de mis escritoras favoritas, donde decía que ahora, a sus setenta años, es cuando más guapa se siente, y decía también que le daba pena verse en fotos de joven y reconocer lo bonita que era y lo poco que se daba cuenta. Y me di cuenta yo de que no quiero reconciliarme conmigo a los setenta años mientras veo fotos de mi juventud y entender, a toro pasado, lo estúpida que fui. Porque, a quién quiero engañar, ¿acaso toda esta autoexigencia no me viene impuesta desde fuera? ¿Acaso no he decidido yo, inconscientemente, aceptar el reto de alcanzar los cánones de esta sociedad? El problema está en que haga lo que haga nunca voy a estar a la altura de lo que se espera de mí como mujer, así que me puedo pasar otros treinta y tantos años reiniciando la partida cada vez que no quepo en un estereotipo y en la pantalla del imaginario social me sale un doloroso Game over. Mis mayores siempre repetían una expresión que le molestaba mucho a mi soberbia juventud: “Si yo tuviera tu edad con la experiencia que tengo ahora”, y ¡madre mía!, ¡cuánta sabiduría esconde esta frase! El problema está en eso, en darnos cuenta de lo maravillosas que somos, del potencial que tenemos, de que solo por existir ya somos perfectas, demasiado tarde. No quiero que se me siga haciendo tarde. No quiero que dentro de unos años la vida continúe jugando conmigo, pero entonces al juego de la nostalgia o del arrepentimiento. Quiero ser yo quien ponga las reglas y quiero ser la que gana. De momento, tomando conciencia de todo lo que he escrito en estas líneas, creo que voy 1-0. Ojalá que todas empecemos a ganarnos la partida en detrimento de lo que se espera de nosotras para vivir nuestro derecho a sentirnos libres, hermosas y felices como una forma de entender la vida, porque creo que nunca es demasiado tarde para cambiar aquello que no nos hace bien.

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