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José María De Loma

Británicos en el chiringuito

Solamente hay una cosa que les guste más a los británicos que salirse de Europa: viajar a ella. Primeras jornadas de libre movimiento y libre llegada de turistas de esa nacionalidad a España. Pocos. Nos habíamos habituado en algunas de nuestras ciudades y pueblos costeros a oír el inglés a todas horas pero ahora solo percibimos el que algunos compatriotas han aprendido torpemente en las academias con profesores españoles. «One beer, please». Se va viendo poco a poco al personal procedente de Manchester, Londres o Glasgow al que esperamos con los bolsillos abiertos. En 2019 llegaron 18 millones de británicos a España, casi el 22 % del total. Pese a su lento venir (les exigen cuarentena a la vuelta), el sector hotelero espera que pronto se genere un aluvión. Qué sería de nuestra industria cervecera. De nuestros hoteles y pubs. Del negocio de las cremas solares. El español cuando besa es que besa de verdad, pero el británico, cuando viaja es que gasta de verdad, aunque los nórdicos y alemanes no le quedan a la zaga y tienen un gran gasto medio por persona y día. La sangría es algo tan español que ya solo la beben los ingleses. La máxima creatividad en la paella es británica. Tres de cada cuatro británicos han estado en España o planean en ella unas vacaciones. El cuarto es como ese dentista de cada diez que sí recomienda chicles con azúcar. En la playa, la diferencia entre un español y un inglés es que el español se comporta como si fuera el dueño del chiringuito y el inglés como si hubiera invadido la playa. También es diferente la forma de relacionarse con la arena. El español es más de llevársela a casa, pero el inglés se reboza en ella durante la jornada playera. Los españoles son más diestros en el arte de caminar con una jarra de cerveza desde la hamaca al chiringo pero los ingleses muestran mayor destreza para ir del chiringo a la hamaca. El playero español es un hombre con un cervezón en la mano comentando que qué pronto empiezan los ingleses a beber. Los británicos se han adaptado bien a la siesta, si bien se observa cierta falta de virtuosismo en la vertiente de esta práctica denominada siesta del carnero, que es la que se echa antes de comer. Por llevarnos la contraria toman el ‘gin tonic’ de aperitivo, mientras que para nosotros es un digestivo, a veces en un copón lleno de cosas que cualquier inglés o escocés no dudaría en plantar en su jardín en lugar de sumergirlas en la ginebra. En el bufé, el español desayuna como un inglés, el inglés cena como un español que no hubiese almorzado, el noruego se hace el sueco y el alemán no entiende quién ha arrasado con las salchichas. ‘Welcome again’. 

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