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Martín Gijón

Tapones en los oídos

Se habla mucho del nivel de confrontación y agresividad que hemos alcanzado, pero si hay algo que cada vez se normaliza más y que creo que es el origen de todo, es la incapacidad de escuchar. No es que estemos perdiendo empatía, es que vivimos con tapones en los oídos: ni siquiera somos capaces de atender los argumentos de quien piensa diferente. Lo vemos en cada ámbito de nuestra vida y, de forma especialmente triste, en nuestros políticos. Da igual que una propuesta sea coherente, útil, beneficiosa para el conjunto de la sociedad. Si viene del partido antagónico, se rechaza por sistema.

En una de mis vidas anteriores, siendo directora de juventud comparecía mensualmente en el Parlamento. Recuerdo a los políticos del partido en la oposición tratando de despistarme de las formas más bufas posibles mientras hablaba. Uno levantaba un periódico y me lo señalaba repetidas veces, otro me guiñaba el ojo, otro bisbiseaba vaya usted a saber qué. Yo le concedía una importancia bárbara al hecho de rendir cuentas ante el órgano de la voluntad popular y no lograba entender esos ejercicios de infantilismo. A menudo salía de allí con una sensación de pesadumbre: se ganaban a pulso la mala imagen que se tiene sobre ellos.

Años después, como trabajadora de una organización del mundo de la discapacidad volví a sentir esa vergüenza ajena. Tuve la oportunidad de asistir al pleno del Congreso de los Diputados para presenciar el logro de una reivindicación histórica: la recuperación del derecho al voto de las personas incapacitadas legalmente, algo que la normativa internacional de derechos humanos reconocía desde mucho tiempo atrás. Era notable la diferencia entre el entusiasmo con que lo vivíamos los invitados y el desinterés feroz de los parlamentarios del hemiciclo. Mientras los oradores se sucedían en la tribuna, la mitad de sus compañeros llegaban tarde en un goteo interminable y maleducado, un buen porcentaje de ellos charlaba entre sí y el resto no apartaba la mirada de la pantalla de su móvil. Daban ganas de quitárselo, como se hace con los chavales en las aulas. A los menores no se les permite llegar tarde, cuchichear mientras habla el profesor, jugar con el móvil. ¿Por qué a ellos sí?

A estas alturas, una ya tiene asumido que no se puede esperar una conducta ejemplar de nuestros representantes públicos, por mucho que el sentido común así lo pida a voces. Pero me pregunto cuánto de ese mal hacer repercute en el conjunto de la sociedad a la que teóricamente representan. ¿O es más bien al revés? ¿Elegimos a aquellos con los que, en el fondo, nos sentimos identificados? Quizá por eso la forma de hacer política de personas como Ángel Gabilondo no vaya a ninguna parte. Un catedrático de Metafísica que se confiesa un hombre fácil de convencer, o lo que es lo mismo, alguien que escucha. Preferimos el griterío y la hostilidad, que a fin de cuentas es lo que replicamos en nuestro día a día, al menos cuando sentimos que podemos hacerlo sin consecuencias: guarecidos en el coche que conducimos, amparados tras el anonimato de una cuenta de Twitter. Ahí salen sin disimulos las Ayusos y los Abascales que llevamos dentro.

Y ojo, que no hablo de posiciones políticas. Lo más triste de todo esto es que esa incapacidad para escuchar la encontramos en todos los espacios del arco ideológico y de la vida diaria. No hay más que mirar, por ejemplo, hacia el feminismo, roto por el desencuentro en uno de sus muchos caballos de batalla y que, estoy convencida, podría remendarse si unas y otras dejaran a un lado la dinámica del enfrentamiento y prestaran oídosen lugar de lanzar diatribas furibundas. Otro ejemplo: hace poco asistí a la conferencia de una vegana influyente que daba consejos para quien se inicia en ese camino de respeto a los derechos animales. Intenta apartarte de los no veganos, decía, porque no lo aceptarán, te exigirán constantemente que justifiques tu decisión, pero aléjate también de la policía vegana, esa que te machaca con frases del tipo “vale, no comes carne, pero mira, tu mochila es de cuero”. Total, resumo yo, que te encierres en una cueva, o mejor, en un huerto para al menos tener algo que llevarte a la boca. Es terrible, pero no le faltaba razón. No sabemos respetar ni siquiera a quienes ven el mundo con una mirada bastante similar a la nuestra.

Unos y otros nos creemos en posesión de la verdad, y en base a ello, mejores que el resto. Pero hay una premisa básica y es tan simple como ser capaz de respetar a quien piensa diferente. Si no somos capaces de llegar ahí, no somos mejores que nadie.

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