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Alfons Garcia

A VUELAPLUMA

Alfons Garcia

El derecho a equivocarse

Puede que las formas de relación social dentro del clan fueran igualitarias, pero allí donde hay seres humanos hay guerra. Hay envidia y codicia. Sed de mal.

Kate Winslet, protagonista de 'Mare of Easttown'

Kate Winslet, protagonista de 'Mare of Easttown'

El mundo es un lugar complejo. Leído hace unos días: «En el Paleolítico se vivía de forma pacífica e igualitaria». La historiadora Riane Eisler (El Periódico) se refería a que el cambio hacia la dominación masculina fue posterior. Leído pocos días después: «Un cementerio de hace 13.400 años confirma la violencia generalizada del Paleolítico» (El País). ¿La Historia es tan maleable? Diría que todo es cuestión de prisma. Que ambas afirmaciones se combinan. Que puede ser que las formas de relación social dentro del clan fueran igualitarias, pero allí donde hay seres humanos hay guerra. Hay envidia y codicia. Sed de mal.

Si alguien pensaba que el mundo era un lugar para almas sencillas es porque no ha caído en la red de las series. Manifiesto mi admiración hacia Kate Winslet y Mare of Easttown (HBO). Toda la complejidad de las relaciones humanas en un lugar pequeño y vulgar. No dejo de rumiar un diálogo en el que Mare (Winslet) dice: «Hacer las cosas bien está sobrevalorado. Todos esperan después que siempre sea así». Una buena descripción de la presión social. Y de la conveniencia mental de equivocarse de vez en cuando: el error puede ser un factor de liberación. Una buena manera de justificar que sabes que no estás haciendo lo correcto y hacerlo. No dejo de dar vueltas tampoco al hecho de que toda existencia contiene varias vidas. No es nuevo, pero es más notable en las longevas sociedades actuales: cuando te ha pasado de todo (infancia complicada, pareja, hijos, divorcio, muertes traumáticas, incluso nietos…) todavía estás a tiempo de recaer en ilusiones de juventud a pesar de tu mirada desgastada y turbia.

Tenía previsto hablar hoy de indultos, del hastío de Cataluña, ese gran centro del mundo, según su empeño. Iba a hablar del conflicto con Marruecos, de su uso político, de que 20 días después sigo sin saber qué hubiera hecho yo si un líder de la causa saharaui hubiera llamado a la puerta para pedir asistencia médica. Iba a decir que, en realidad, la situación ha vuelto a poner en evidencia el problema de Europa con las fronteras, que prefiere pagar antes que resolver. Cosas de ricos. Quería escribir de los otros procés de baja intensidad, no solo Madrid con el dumping fiscal y su aspiradora de recursos hacia la gran capital, también el presidente socialista manchego se ha aficionado a ir por libre para asegurarse votos, sin mirar más allá de Cuenca, como si no contara más que lo propio. Iba a hablar de que importa más que se vacune a los países pobres que si nos quitamos en 15 días las mascarillas, pero así somos, pensando en lo nuestro. Tenía previsto tratar la empresa pública de salud que prepara Sanidad, que puede ser una solución temporal, pero a medio plazo los servicios privatizados que vuelven a lo público no pueden ser diferentes, sus trabajadores no pueden estar en otras condiciones, que la solución tampoco es darles los mismos derechos si no han superado una oposición. Iba a hablar del estallido social en Colombia tras una subida de impuestos, preludio de otros alzamientos de malestar popular, dicen algunos, aunque no es el primero: antes de la pandemia ya hubo, porque las razones estaban ahí y se llaman desigualdad. Iba a tratar algunos temas de la agenda de actualidad, materia prima de cualquier tertulia, pero he decidido equivocarme y hablar de Mare y lo enrevesado que es vivir. Sed de mal.

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