Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Pilar Galán

Comando AstraZeneca

No es que en España haya más epidemiólogos por metro cuadrado que en ningún otro sitio, sino que nos acaban de dar el título las propias autoridades

Siempre he creído que España era un país de entrenadores de fútbol. Aquí, un domingo por la tarde, todos teníamos el título de míster, y sabíamos más de fuera de juego que el que lo inventó. Y con el título de entrenador, venía de serie el de seleccionador nacional, profesor, médico o albañil sin experiencia alguna, y quítate matao, que yo sé mejor que tú.

Por eso no debería haberme sorprendido la proliferación de epidemiólogos, expertos en pandemias o biólogos que han crecido como setas estos últimos meses. Aquí el que más y el que menos te analiza un virus o te explica su contagio, a ser posible en la barra de un bar y con dos vinos delante. He leído y he escuchado comentarios similares a aquella reacción popular tan exacerbada cuando a los ignorantes de la Real Academia, qué sabrán ellos, se les ocurrió aquello de la ye, y guion sin acento y hasta solo, dónde vamos a parar. En un primer momento, quise alegrarme de ese fervor por la ortografía, de esa defensa acérrima de todos los que por fin iban a enterarse de qué demonios significa este superlativo; pero no. Se trataba otra vez más de la caza y captura de quienes saben por parte de aquellos que ni saben ni quieren saber pero se creen con todo el derecho del mundo a opinar.

Mi opinión es tan válida como otra cualquiera, vociferan, tanto si se habla de biología molecular como de la crisis de un lejano país de Oriente cuya capital no conocen ni falta que hace. A río revuelto, ganancia de opinadores, piensan. Lo que sí me ha extrañado es que este tipo de burricie se aliente desde quienes en teoría sí saben de lo que están hablando. No es que en España haya más epidemiólogos por metro cuadrado que en ningún otro sitio, sino que nos acaban de dar el título las propias autoridades. Si no, no se explica que nos dejen elegir vacuna.

Creo que es el primer acto democrático que critico. Yo no quiero elegir, quiero que elijan por mí los que saben. No quiero que me metan miedo con AstraZeneca, y luego me digan que puedo ponérmela si firmo un consentimiento. O que me ofrezcan una dosis de Pfizer, si necesita tres. No soy experta, y no tengo por qué serlo. Yo solo puedo pensar que es bonito el nombre de AstraZeneca, tipo comando espacial de mi infancia, y que el otro quizá suena a escupitajo, pero esto son memeces de alguien que no sabe lo que es el ARN mensajero ni falta que le hace. Y no soy solo yo.

Millones en España decidiremos esta semana qué vacuna completará nuestra pauta, si la que han convertido en apestada a lo mejor sin serlo, porque no ha dejado de causar problemas salvo ahora, que ha vuelto a la palestra, o la magnífica que se ha puesto a las personas mayores, y les ha salvado la vida. O pensamos que con una vamos listos. O nos arriesgamos a ponernos las dos de AstraZeneca.

Yo no quiero elegir, repito. Esto no es el precio justo ni otro concurso de la tele. Quiero que elijan por mí los expertos. Lo demás ni lo entiendo ni lo quiero entender. Ni es mi obligación hacerlo. La mía es solo dar clase, enseñar, cuidar y educar, mantenerme viva y tratar de sobrevivir a esta pandemia que nos está volviendo locos, tanto, que aquí están regalando, están premiando títulos de epidemiólogo al mismo nivel que perritos piloto, y llenado la cabeza de incertidumbre y boletos, como si estuviéramos en una tómbola en la que nos jugamos algo más importante que un peluche de feria.  

Compartir el artículo

stats