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Julio Monreal

El noray

Julio Monreal

Los visigodos llaman a la puerta

Los visigodos llaman a la puerta

Los visigodos llaman a la puerta

Ha ocurrido una vez más. Las obras de remodelación de un espacio urbano, en este caso la céntrica plaza de la Reina de València, han sacado a la luz valiosos restos arqueológicos (que no son desde luego las vías del antiguo tranvía que fascinan a los locos de les xarxes). Y en vez de celebrarlos como la ocasión merece, todo es fastidio y oscurantismo por si la aparición de una puerta de muralla tardorromana (siglo V) o incluso visigoda (siglo VII) retrasa los trabajos y los munícipes no pueden cortar la cinta en vísperas de las elecciones de 2023.

Un viejo profesor de Literatura enseñaba a sus alumnos que la diferencia entre Estados Unidos y Europa es que en los primeros el recuerdo histórico más antiguo es Búfalo Bill, mientras en el viejo continente se dan cita todas las culturas de la antigüedad. En ese marco, cabe imaginar lo que debe sentir un turista norteamericano que entra en la catedral de València y se acerca al Santo Cáliz, la copa con la que según la tradición validada por los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI bebió vino Jesucristo en la última cena, hace unos 2.000 años. O lo que pensará cuando contemple una de las columnas del foro romano que se conservan en el interior del Museo de la Almoina.

¿Son esos valores suficientes para mostrarse orgullosos como ciudadanos de ser depositarios de una herencia que incluye las civilizaciones íbera, romana, fenicia, visigoda, árabe o judía? Pues uno debería pensar que sí, pero con demasiada frecuencia los gestores de uno y otro signo político, y de todo tiempo, llevan esa herencia como una pesada carga. En los años 60, los responsables municipales de València impulsaron un aparcamiento subterráneo en la plaza de la Reina, un espacio pegado a la zona de fundación de la ciudad por los romanos en el año 138 antes de Cristo. Naturalmente, los restos arqueológicos que debieron aparecer en la excavación previa a la construcción del garaje fueron tratados como relleno carente de valor. Por fortuna, la sensibilidad ha cambiado (porque también lo ha hecho la ley) de modo que los restos de lo que puede ser la cuarta muralla de la capital, tras las más documentadas romana, islámica y medieval, son considerados Bien de Interés Cultural (BIC) en el mismo momento en que se ven desprovistos de la tierra que los cubría.

El reconocimiento es obligatorio, pero se abre ahora un debate sobre si también lo es su integración en el espacio peatonal de la futura plaza y su exhibición. De confirmarse que el hallazgo se corresponde con una puerta de la muralla visigoda, su importancia sería extraordinaria, ya que en la capital sólo se ha documentado edificación de esta época en un conjunto religioso vinculado al martirio de San Vicente, con catedral, baptisterio, mausoleo y cementerio, todo ello en el entorno de la plaza de la Almoina y bien definido en el museo del mismo nombre.

La indolencia de València con los restos de las civilizaciones que han hecho lo que hoy es contrasta con el celo que otras ciudades ponen en preservar y cultivar su valioso pasado. Sin ir más lejos, en cuestión de visigodos, el municipio de Riba-roja de Túria es un ejemplo a seguir. El conjunto palaciego del Pla de Nadal, excavado en sucesivas campañas desde los años 80, ha permitido sacar a la luz cómo vivía el dux Tebdemir (Teodomiro) en su residencia allá por el siglo VII. Cerca de mil piezas arquitectónicas, la mayoría exhibidas hoy en el castillo-museo de Riba-roja y una pequeña parte en el Museo de Prehistoria de la capital, han permitido seguir el rastro de aquellos visigodos cuyas residencias, tanto la del Pla de Nadal como las de la ciudad de València, fueron incendiadas y destruidas por completo por la expansión musulmana del siglo VIII. Representaciones teatrales, cenas visigodas y un espacio recuperado de forma modélica convierten el Pla de Nadal y Riba-roja en el auténtico epicentro visigodo valenciano.

Lo que para unos es una carga y un fastidio para otros es una oportunidad, y por eso el alcalde Robert Raga y el arqueólogo Albert Ribera buscan ayuda y financiación para sacar a la luz un hito visigodo aún mayor, la ciudad que se esconde en el paraje conocido como Valencia la Vella, una colina sobre la que se dominan el Turia y la Vallesa, documentada desde el siglo XIV y levantada sobre al menos cuatro hectáreas por los llamados bárbaros presumiblemente para atacar la València del litoral y regresar a su plaza fortificada. La presencia de dos obispos de Valencia en concilios de Toledo del siglo VI, uno arriano y otro católico, acredita, según los especialistas, que los dos núcleos urbanos coexistieron y se enfrentaron hasta que los árabes acabaron con las tensiones y con las dos ciudades, incendiando ambas.

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