Abro los ojos y pongo la radio. Puntual, el noticiero acude a la cita. Con él, también, las ganas de volver a dormir, el desinterés por el mundo que acompaña al fastidio de la edad. Ahí están, los rifirrafes entre Gamarra y la ministra, la vacuna o no de la selección española de fútbol, la enésima reflexión sobre los indultos de los presos catalanes, todo en tono hosco, bronco, hostil, histérico. ¡Es tan triste esta comprensión belicista de la política! Es como si hiciéramos de cualquier cuestión un conflicto apocalíptico y luego buscáramos la manera de eternizarlo. Es como un neurótico atado a su síntoma, que tiene necesidad de intensificarlo, no vaya a ser que se le escape y recupere la salud.

Todo es litigioso, un guerrear infinito, un alto nivel de exigencia fanatizadora y dogmatizante que se impone a todo el que quiera participar en la política. Creo que debemos denunciar esta actitud como desnuda y violenta. Forja la violencia del sistema político, cierto que sin sangre, pero expulsa a todo sencillo ciudadano de cualquier participación y juicio, dejando dentro de la arena solo a quien disponga de alma de feroz gladiador. Luego, todo lo demás (‘fake news’, odio, violencia verbal, intolerancia) se da por añadidura. En un sistema así, gente como la de Vox no tiene más que esperar. La lógica de las cosas lleva a la gente que quede a sus filas. A los demás, a su casa, a callar. Estamos ante el mayor obstáculo para una política republicana y estamos ante la mayor y más refinada estrategia de que la democracia se hunda en la esterilidad y en la inoperancia. Y eso justo cuando estamos a las puertas de una nueva época.

Por eso esta tarde del miércoles, cuando me pongo a escribir este artículo, he cedido y me he sentido afín a los amadores de la huida del mundo. Y he recordado el libro que llegó a mis manos hace unas semanas. Me lo mandaba Lola Josa, profesora de la Universidad de Barcelona, y es una edición del ‘Cántico espiritual’ de san Juan de la Cruz, con un pormenorizado comentario a la luz de la mística hebrea de los cabalistas. Es como un destino que viene de lejos. Los poderosos de España enzarzados en una contienda eterna y, bajo la capa de su violencia, los más humildes de sus hijos buscando la paz en el silencio y en el éxtasis de la búsqueda afanosa de un mundo diferente, de un mundo transfigurado por la luz de un anhelo.

Cuando el lector, abrumado por las experiencias de la mañana al despertar, recorre las páginas de este libro, encuentra un refugio y un consuelo al releer las estrofas del libro más sencillo y conmovedor de la lírica europea, que incluye la materialidad del facsímil del mejor manuscrito que se conserva del texto, el que una mano delicada del convento de Beas del Segura nos legó con primor en octubre de 1578. Estas treinta y una estrofas del ‘Cántico’, al que todavía faltaban ocho más que se añadieron después, inspirado en el ‘Cantar de los cantares’ bíblico, nos narran la aventura de la huida del mundo y colman ese deseo de forma directa, como una flecha que ya se clava en el corazón desde la primera palabra, desde ese «¿Adónde te escondiste, Amado?», hasta ese magistral «Detente, cierzo muerto; ven austro que recuerdas los amores», y que sin duda la monja de Beas podría traducir con más propiedad por ese aire que en la Loma de Úbeda llamamos ábrego, y que siempre soplaba acogedor, suave y fértil en abril.

Y sin embargo, conviene mantener esa imagen extática, ese instante aurático desplegado en el poema, directamente onírico, que recoge toda la euforia de esos sueños en los que quien sueña vuela sobre el mundo; conviene seguir habitando en el espacio escénico de la contemplación hacia el que nuestro fraile descalzo se escapaba, mientras leamos el estudio que antecede al comentario. Lola nos dice con precisión: «En una oquedad de seis pies de ancho y unos diez de largo, con un respiradero de tres dedos, fue concebido el ‘Cántico espiritual’». Luego nos enteramos de que, en esa habitación de seis metros cuadrados, en ese zulo, san Juan de la Cruz estuvo preso durante casi nueve meses, envuelto en unas mantas, con un agujero por letrina y unas tablas por cama, con pan y agua como único alimento. Estaba allí preso por una denuncia de los carmelitas calzados, sus hermanos. ¿Lo que hacía? Enseñar a leer a los niños del barrio de Ajates de Ávila y querer ser descalzo.

Lo era, nos dice la doctora Josa, por fidelidad a la pobreza, que lo había acompañado desde niño. Escapó de la primera cárcel de Ávila y fue encontrado y devuelto a Toledo, a ese zulo que antes describimos. Allí fue azotado y despreciado. Esa minúscula estancia se llamaba, precisamente, ‘el cuarto de los judíos’. Ese era el mundo del que Juan de Yepes quería huir. Hay un paralelismo entre el lento componer de memoria las liras del ‘Cántico’ y la voluntad de escapar de aquella opresión. Con minuciosidad, desarmó la cerradura, anudó las mantas y se escapó, mientras en su mente repetía las estrofas. Al parecer, las puso por escrito en Beas por primera vez, contemplando las cercanas montañas de Segura.

Juan de Yepes debió escuchar en Salamanca, en sus años de estudiante entre 1564 y 1568, a los grandes hebraístas Gaspar de Grajal, Martínez de Cantalapiedra y fray Luis de León, que defendían que el sentido real de la Escritura sólo se alcanzaba en el texto hebreo. Los tres fueron denunciados y encarcelados por la Inquisición. Grajal murió en la cárcel esperando juicio tres años. Los otros dos permanecieron encerrados casi cinco años. Pero lo más interesante del estudio de Josa es que, por determinadas concordancias lexicales, el ‘Cántico’ parece que no sólo tuvo en cuenta estas enseñanzas, sino la traducción de la Biblia del Oso del reformado Casiodoro de Reina, por supuesto perseguido por parte de Felipe II. Y así nuestro místico más grande resulta ser lector de nuestros reformados del convento de San Isidoro del Monte de Sevilla, acogidos en Ginebra y en Basilea. La libertad siempre encuentra su camino.

¿Son cosas separadas? Esta persecución visceral de quien no piensa como el poder, ¿tiene algo que ver con esa mentalidad belicosa, endurecida como la piedra? ¿Y no es vergonzoso que, con el tiempo, estos perseguidos o bien se conviertan en glorias nacionales o queden sepultadas en el más acérrimo olvido? ¿Nunca harán caso de estos versos: «¡Por las amenas liras / y el canto de sirenas os conjuro!: /Que cesen vuestras iras»? ¿Cesarán algún día?