Pasemos lista: el relato europeo de conquista del Real Madrid, el «més que un club» del ejército desarmado del Barça, el mito colchonero del Pupas, el orgullo racial del Athletic. O qué decir del Levante UD y su espléndida colección de plagas. Muchos clubes tienen claro cuál es su lugar en el mundo. Su marca. Y así se escribe y se recita, con caligrafía firme y de corrido, con memoria religiosa, por mucho que la conexión íntima de todos los hinchas con sus equipos pase por el mismo callado repertorio de miedos y rutinas.

¿Y entra tanta certeza, dónde se encuadran los renglones torcidos del Valencia? Este misterio, en realidad, lo dejó claro el emisario checo Joseph Sikl, cuando en 1923 bautizó en el Cine Moderno al Valencia Football Club como el equipo con «la voluntad de querer llegar», la testarudez del eterno aspirante. Una sentencia exhumada a tiempo como brújula del Centenario por Miquel Nadal y que el valencianismo ha aplicado históricamente en erupciones nunca programadas, sin sentir la necesidad de picarla en mármol para que el visitante detenga su mirada y exporte una etiqueta. El epicentro de la narración sería Mestalla, pero solo a partir de sus últimos años de vida extra, su elogio como templo ha traspasado la reserva espiritual de los guardianes de la memoria para elevarse por todos a la categoría que toca. La de un estadio viejo, muy urbano y verticalísimo, con una atmósfera de locos que ya impactaba con dos años de vida, en 1925, cuando visitara el recinto la selección italiana que había sobrevivido a la Primera Guerra Mundial. Sigamos hablando de Anfield, de Dortmund y de Glasgow, de infiernos turcos y otras cafeteras menos humeantes.

¿Se pretende que este club, incapaz de obedecer para cantar un himno, responda a una definición concreta? Aunque el Valencia viva instalado en la paradoja de la frontera, en su diálogo urbe-comarcas y en la frustración de las expectativas, Vicent Molins sostiene que Mestalla es capaz de predecir la dirección de los vientos futuros. En la despedida de Kempes en 1993 pedía a Romario, pedía a gritos farra y atajo a los títulos, anticipando sin saberlo con una década de adelanto la argamasa de cemento, arena, confeti y euforia de los grandes eventos, la bomba de efecto retardado del nuevo estadio.

Ha tenido que llegar Peter Lim para que el Valencia se acoja, por fin, a una descripción precisa. El legado imprevisto del mandato singapurés será el de haber unificado en la respuesta a la satrapía a un club abrumadoramente heterogéneo desde su fundación por republicanos izquierdistas y militares. En la acción reactiva en defensa del club debe partir el futuro. El modelo, la marca, el relato, el reencuentro con la serenidad dictada en los 33 años de gestión de Vicente Peris entre 1939 y su muerte en 1972. La base de una nueva hornada de dirigentes y el impulso de una masa social entusiasta pero fiscalizadora, que no tolere promesas tramposas y que anticipe, desde Mestalla al mundo, una nueva manera de relacionarse con el fútbol.