Es una constante en el ámbito del trabajo sindical encontrarnos con la necesidad de defender posiciones de coherencia y responsabilidad ante los múltiples problemas que se plantean. Es una realidad constatable que hay prácticas sindicales (que no sindicalismo) destinadas a satisfacer y regalar los oídos de quienes apuntan en una dirección que consideran la más adecuada para sus intereses particulares.

Y estas prácticas van normalmente acompañadas del ataque como chivo expiatorio a aquellos que mantienen una línea coherente y responsable en sus planteamientos, pero que chocan en ocasiones con los deseos (no siempre derechos) de quienes se sienten perjudicados por una determinada situación. La demagogia sindical es capaz de decir una cosa y la contraria en función del ámbito y lugar en el que desarrolla su actividad.

Imaginemos un navío en el que el capitán decide desplegar las velas y dejarse llevar por las corrientes de aire. Es evidente que se moverá sin rumbo, sin un objetivo y un destino. Esta es la demagogia sindical, el oportunismo propio de quienes no tienen como objeto el avance social de clase.

En este tiempo que nos ha tocado vivir se ha impuesto la lógica neoliberal de las causas individuales, perdiendo la dimensión colectiva como gente trabajadora. «Tú tienes un problema, resuélvelo». «Tú tienes unas aspiraciones personales y no deben importarte las artimañas para alcanzarlas, al fin y al cabo el éxito personal es lo que importa». Y claro, bajo este prisma, al sindicato se le ve como una especie de sociedad anónima o empresa de servicios en la que cada afiliado o afiliada paga una cuota mensual como si de una inversión en acciones se tratara.

En este marco de relaciones ‘sindicato-cliente’ que intenta imponer el sistema, se entiende que la posición de algunos (corporativos, oportunistas), sea la de dar satisfacción a las exigencias y deseos del ‘cliente’, aunque pueda ser contrario a un planteamiento más coherente con la conciencia colectiva que implica el sentimiento de pertenencia, la conciencia de clase. Un planteamiento que se identifica con valores y reivindicaciones colectivas. Consciente de que la respuesta común, la satisfacción de las aspiraciones de clase son al final las que van a permitir un mejoramiento de las condiciones de todos y de cada uno de los trabajadores y trabajadoras.

La responsabilidad y la coherencia son elementos básicos exigibles a quien ha de representar los intereses colectivos. Y hoy parecen estar en horas bajas. Así influye el paradigma económico y político-social actual. El sindicato es un instrumento de la clase trabajadora para la conquista y consolidación de derechos y mejoras en las condiciones de vida. Esto implica que se deba estar valorando siempre las reivindicaciones que deben plantearse con la perspectiva de mejora a futuro del conjunto de las personas trabajadoras. Que se deba estar escudriñando siempre qué hay detrás de cada opción, de cada propuesta. Y que las mejoras y conquistas en el presente deben estar vinculadas a objetivos de superación del marco de desigualdades que vivimos.

Así es como hemos ido avanzando a lo largo de los tiempos en la conquista de derechos, en la modificación de las condiciones sociales. Peleando y reivindicando en lo concreto, en el día a día, pero con la vista puesta en los horizontes de justicia, igualdad y solidaridad.