La derecha de este país no puede vivir sin derrotados. Esto no es un hecho, es un hábito. Necesitan derrotados porque solo saben mandar como vencedores. Su actitud, su retórica, su energía, solo fluye libremente cuando están en el horizonte de la lucha. Entonces se lo permiten todo, y su consigna preferida -«¡sin complejos!»- es la autorización para actuar con desinhibición y brutalidad. Incluso la amenaza de que alguien pagará en los tribunales, considera la justicia como un combate por otros medios. Entonces la sentencia es la derrota de otra manera. En cualquier caso, el vencido no puede faltar. La obediencia tiene que estar sostenida por la victoria.

Franco no inventó este hábito. Más bien el franquismo nos ofrece ese hábito secular de la derecha española en su perfección extrema. La idealidad del franquismo es consecuencia del carácter fundamental de aquella victoria. Por eso, el franquismo dejó siempre claro que los vencidos seguían siéndolo. Esa era la señal simbólica que se mandaba al mantener a los muertos de los vencidos en las cunetas. La idea, que Franco repetía, era que «el Ejército no se dejaría arrebatar su victoria». Esta mentalidad de exigir derrotados, afortunadamente, desapareció de forma ejemplar en el propio ejército, pero se mantuvo en las élites políticas durante mucho tiempo por la presencia de ETA.

En efecto, el grupo terrorista, atravesado él también por la divisa «¡sin complejos!», eligió la lógica de la guerra y sirvió en bandeja la legitimidad de una actuación histórica de la derecha en términos de victoria o derrota, lo que impide abordar aquella época desde categorías morales. Ese aspecto moral no le interesa a la derecha (tampoco a la izquierda), que habla de forma contradictoria de una ETA derrotada y del terrorismo como si estuviera activo en presente. Así, confiesa que no solo necesita de los derrotados, sino que requiere seguir proyectando una cruda hostilidad sobre ellos para que su estatuto se mantenga, prolongando de ese modo la lucha. Todo, menos la formación de un pueblo sin derrotados. Nadie depone la armas. Se viste con la palabra democracia, pero debajo lleva la cota de malla.

Para esta cultura, el indulto sólo será el de Pilatos. Se puede liberar a los que cometieron mil fechorías, pero jamás al que desafió a un Estado sostenido sobre siglos de victorias. Ese ha de cumplir las condenas hasta el último día, sobre todo porque así se le aguijonea en la perseverancia del enemigo, que a su vez es la coartada para combatirlo y vencerlo de forma permanente. Y así un siglo y otro, pues por la pulsión sádica, como por el inconsciente, no pasa el tiempo. Solo de esa fuente del inconsciente se obtiene la energía para atravesar los siglos manteniendo «firme el ademán», como decía el viejo himno.

Frente a esta roca granítica de la raza hidalga, la izquierda española no ha gozado de confianza en sí misma. No es timidez a la hora de hacer los presupuestos, como decía cierto crítico. Es sencillamente la idea de que su gobierno del Estado es como de prestado, porque no tiene conciencia de disponer de una fuerza suficiente para cambiar ese hábito secular. Eso lo ve la gente, y por eso hay una masa que considera que la derecha es electivamente afín con el manejo del Estado. Y eso es lo que estamos viendo con el gobierno de Sánchez.

Su timidez no conoce límites. El especial efecto de esta actitud no es la ausencia de radicalidad, algo que un moderado como yo puede desear. Su efecto es la carencia de principios, que es otra cosa muy distinta. Oportunismo, mirar la ocasión, tantear, recular, avanzar, zigzaguear, todo menos ser radical en los principios justos. No hablo solo de que en la mayor crisis de precios de la electricidad el ministro de Consumo, Garzón, esté desaparecido. Luego, cuando venga el tiempo de las proclamas electorales, ya saldrá con la retórica comunista propia de la edad de piedra, sin haberse enterado, señor Garzón, de que la guerra de precios es la verdadera lucha de clases.

Pero con ser grave, no hablo de eso. Hablo de la forma irritante con la que el presidente Sánchez ha conducido el asunto de los indultos. En uno de estos artículos, hace meses, ya lo dije: puesto que ya están decididos, deben hacerse cuanto antes. Hemos pasado meses y el Gobierno ha permitido que el ariete inmisericorde de la derecha tambalee la puerta de la Moncloa. Pero es que, además, no ha hecho nada por aprovechar ese tiempo para la pedagogía política, ni para la activación del proceso de reforma legal. Y ahí estamos. Nos enfrentamos a los indultos con una opinión pública cansada, en la que incluso los más inclinados a iniciar un lento y complejo proceso de recomposición de las relaciones con Cataluña se pregunta a qué viene tanta duda, tanta indecisión y tacticismo.

Si el Gobierno hubiera expuesto ante la opinión pública que el proceso se agravó porque las percepciones de la justicia europea son divergentes de las normativas españolas, podría habernos explicado que es necesario ir a un cambio legislativo para tipificar de nuevo los delitos de rebelión y de sedición. Puesto que las leyes que han determinado las condenas no comparten el espíritu de justicia europea, era urgente cambiar la ley penal que afecta a esos artículos. Si lo hubiera hecho, habría podido inferir con claridad ante la opinión pública que no se puede tener en la cárcel a gente condenada por una ley arcaica, impropia del espíritu de los tiempos. De este modo, el indulto habría sido no solo la mejor medida política para iniciar un nuevo tiempo largo en Cataluña, sino una obligación y un deber jurídico, pues la ley que los habría condenado ya no estaría en vigor.

Si el Gobierno hubiera usado el tiempo que ha perdido para un proceso semejante, habría cambiado la erosión que en todo caso habría sufrido por un alto servicio al país. Ahora tiene que enfrentar un acto políticamente debido, pero sin escudo protector, como un acto decisionista, el preferido para que la derecha ponga el grito en el cielo y desate su violencia verbal. Pero incluso en esta situación, poco ventajosa, el Gobierno no tiene una figura política de talla que sea capaz de introducir ese indulto en una explicación acerca de su valor incondicional, en la medida en que el indulto abre una puerta al futuro. No concederlo, sería regresar adonde quiere llevarnos la violencia de los que necesitan derrotados: al callejón sin salida que solo la brutalidad rompe. El sujeto que se vistió de toro en la manifestación de Colón del domingo pasado ya nos mostró con claridad las virtudes que se requieren para romper el muro de ese callejón sin salida: brutalidad, ignorancia y arrogancia.