En este año. 38 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas. Y esto se llama feminicidio. Según el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española, el feminicidio es el «asesinato de una mujer a manos de hombre por machismo o misoginia» y la misogimia es la «aversión a las mujeres». Sin ninguna duda, sabemos quién es el asesino y quién es la víctima.

Uno de los casos más macabros recientemente es el de Canarias, con el hallazgo de una niña en el fondo del mar a un kilómetro de profundidad. Este caso se ha calificado como «feminicidio infantil».

La justicia tiene que actuar con total contundencia contra estas malas personas y los ciudadanos tenemos el deber de denunciar cualquier atisbo que observemos de malos tratos hacia la mujer, sea donde sea. No se puede tolerar que en un Estado democrático campe a sus anchas la violencia contra la mujer. Como señala Victoria Camps en su libro ‘Virtudes públicas’, «uno de los escándalos actuales que no somos capaces de erradicar es el comportamiento abusivo masculino contra las mujeres». Aunque «el principio de igualdad está aceptado como idea y lo respaldan las leyes», según Camps, en la práctica no es así. En efecto, no es solo un problema de normas y de leyes, sino también de actitud, lo que Aristóteles llamaba «disposiciones» a actuar en un sentido y no en otro. «Disposiciones que deberían estar insertas en el carácter de la persona y no depender solo de la vigencia de una normativa», matiza Camps.

Eleanor Roosevelt, en su discurso en el décimo aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos indicaba el camino a seguir: «Los derechos universales comienzan en lugares pequeños, cerca de casa, tan cercanos y tan pequeños que no se pueden ver en ningún atlas, pues son el mundo de la persona individual; el barrio en el que vive; la escuela o la universidad a la que asiste; la fábrica…». Al final de su discurso afirmaba que «si estos derechos no tienen significado ahí, no lo tendrán en ningún otro lugar». Deberíamos tomar nota de su pensamiento.

Tenemos que seguir coreando «ni una mujer más asesinada», pero decirlo no solo en la calle, sino en casa, en el colegio, en el barrio, en la facultad, en la fábrica, en todos los rincones de la sociedad.

Tenemos que revisar nuestros actos y palabras como, por ejemplo, las letras de determinadas canciones que humillan a las mujeres, que las menosprecian, las arrinconan y las convierten en objetos decorativos y sexuales a merced de los machistas. Como muestra: «Te vas porque yo quiero que te vayas, a la hora que yo quiera te detengo, yo sé que mi cariño te hace falta porque quieras o no, yo soy tu dueño». O, por ejemplo, la letra de este otro merengue: «Te compro tu novia, no voy a regatear el precio, ni de pronto el valor, te la compro, no creo que saldría cara ni aunque cueste un millón, pues tú me has dicho que es linda y apasionada, y es buena y adinerada no cela nunca por nada».

Mujeres, hombres, niños y niñas formamos juntos la humanidad. ¿Por qué seguimos permitiendo que una parte de este colectivo humille, maltrate y asesine al resto? ¿Dónde están los derechos humanos de estas víctimas?