El anuncio de la suspensión de aranceles entre Estados Unidos y la Unión Europea por la disputa comercial sobre las ayudas a la industria aeronáutica pone fin a 17 años de litigios, de los que el sector agroalimentario no tenía ningún responsabilidad, pero en los que era uno de los principales perjudicados. El acuerdo alcanzado, con una vigencia de cinco años, da continuidad a la moratoria de cuatro meses que se estableció el pasado marzo y allana el camino para el impulso de acciones destinadas a recuperar la cuota de mercado perdida por buena parte de los productos afectados (aceite, vino, queso, aceitunas, porcino…) desde 2019.

Acciones que son necesarias, habida cuenta del terreno que han ganado nuestros competidores durante el último año y medio. Hasta el momento, el escenario responde a lo que muchos esperaban de la Administración Biden: una vuelta al multilateralismo tras la presidencia de Donald Trump y un proceso de limado de asperezas con socios comerciales y políticos. Sin embargo, no debemos perder la perspectiva de que todavía queda mucho camino por avanzar y de que hay sectores, como el de los cítricos, que están afectados por barreras no arancelarias que impiden de facto su presencia en el mercado estadounidense. Joe Biden probablemente no hará bandera del America First que acuñó Donald Trump, pero no tengan duda de que aprovechará los réditos y el «trabajo sucio» de la herencia recibida de su predecesor.

El proceso de apertura continuará en tanto que Estados Unidos pueda obtener algún beneficio. La negociación para acabar con la denominada Tasa Google que han impuesto determinados países, entre ellos España, es prueba de ello. Más allá del lícito interés de cada gobernante de defender los intereses de aquellos que le han elegido y a quienes representa, algo que constantemente exigimos desde nuestro sector a la Comisión Europea, es de agradecer que se ponga un poco de cordura en las relaciones comerciales entre la Unión Europea y Estados Unidos. Ahora, falta llevar un poco más allá ese ejercicio de responsabilidad y trabajar para que todos nuestros productos encuentren en el mercado estadounidense un destino rentable, al que acceder en condiciones justas. Alcanzar acuerdos en esa línea no solo beneficiará a los agricultores españoles, sino también a los ciudadanos estadounidenses, que valoran la calidad y singularidad de nuestros productos.