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Manuel Alcaraz

La plaza y el palacio

Manuel Alcaraz

La manifestación imposible

 La derecha española es el único animal que tropieza dos veces con la misma plaza. Con la de Colón. Antes, en la de Oriente, era otra cosa: iba más motivada. Pero ahora, cuanto dejas sueltos a los patriotas de derecha, se despistan. Entiendo que Arrimadas fuera para ir aprendiendo el oficio de Rosa Díez: española profesional free lance. Entiendo que Vox fuera porque es lo suyo: flores, fandanguillos y alegrías. Y entiendo que Casado se empeñe en hacer el ridículo, crecido como está por el espejismo electoral. Pero ya verá lo poco que dura la alegría en casa del pobre. Y, por supuesto, entiendo a los muy españoles de muchísima buenísima fe, que deciden pasarse el domingo defendiendo principios difusos y lemas sencillos. Lo que no entiendo es que pensaran que iban a ser tantos como para que los poderes constitucionales se resquebrajaran o el Rey se convirtiera en rebelde a la Constitución. Porque para eso hacía falta medio millón de manifestantes, dada la importancia de lo defendido y lo esencial de lo que se quiere salvar. Y no iba a pasar. No fueron ni capaces de superar la anterior convocatoria. Si no fueron ni la mayoría de dirigentes del PP, que montaron, en todo caso, chiringuitos en provincias para que los Presidentes regionales expidieran certificados de buena conducta a los que fueran disfrazados de romeros pijos.

Se dirá que falto al respeto a los que ejercen su derecho de reunión. Aseguro que no, que mi vida son decenas de manifestaciones en que éramos tan pocos que nos conocíamos por nuestros nombres y apellidos. No es esa la cuestión. Se respeta, claro. Pero el respeto lleva implícita la crítica. Y esta manifestación sólo servía para tensar la vida política para que la derecha tenga alguna pataleta en danza una vez que se retiren las mascarillas. La cuestión -los indultos- es importante. Pero no tanto por el hecho en sí, que no puede separarse de situaciones de gran complejidad, sino porque obliga a reenfocar el futuro de algunas cuestiones que nos afligen. Por decirlo claramente: saber si somos capaces de perfilar nuevas fórmulas de encuentro y diálogo, sabiendo que ninguna es perfecta, o si estamos condenados a no conocer otra forma que la penal para (no) resolver ciertos asuntos. Colón no podía triunfar y, además, condenaba a sus cabecillas a triste confrontación, metáfora del uso de la pelea como solución de males. Montar este circo para mostrar que el que se mueve sí sale en la foto, es una necedad política derivada de no poder entender que hay una contradicción de fondo aún mayor, venenosa.

A mi modo de ver la indignación contra los dirigentes catalanes del “procés” puede obedecer a dos razones. La primera es que abusaron de las instituciones lo indecible y marginaron, presionaron y oprimieron a una importante minoría -o a una mayoría silenciada-. Al hacerlo, y para hacerlo, vulneraron aspectos importantes de la Constitución que, en algunos casos, están protegidos por el Código Penal. En esa visión estoy básicamente de acuerdo, aunque con algunos matices. La segunda es que esos catalanes reniegan de la nación española en nombre de otra: atacan a una abstracta España en sus símbolos y en aspectos de su historia. Algunos intentan conciliar ambas visiones. No ignoro que hay argumentos para entrelazarlas, pero no hasta el punto de considerar que no hay más nacionalismo legítimo que el del Estado, el que puede presentar una Constitución como aval de su existencia. Hay Constitución porque hay Estado y no al revés. Tampoco ignoro las ilustradas teorías alemanas sobre el “patriotismo constitucional”, pero creo que no son de aplicación en la España real, que, para empezar, no es federal. Por eso considero que la gente de Colón es mayoritariamente incapaz de creerse por igual los dos argumentos, dando prioridad al primero, que es el que permite los acuerdos: hay tradiciones de enorme peso que planean sobre los debates, provocando que esa primera razón pierda tendencialmente en contacto con las intenciones de fondo de los convocantes.

Gran parte de la ciudadanía, vote a quien vote, aunque se sienta española por encima de todo, sabe que cuando la derecha enarbola la bandera de España es para quedársela para ella sola y que el conflicto, a veces de gravedad extrema, está servido. Podrá votar al PP e, incluso a Vox, pero la historia de la democracia constitucional enseña que, al final, el pueblo español confía más en el entendimiento que en las agresiones. Ese es nuestro patriotismo constitucional, rudimentario pero eficaz. Y no el uso torticero de un texto que si hubiera sido por la derecha nunca se hubiera aprobado -Catalunya, por cierto, fue donde hubo más votos a favor en el referéndum constitucional-. Ir a Colón, gracias a la verborrea mítica de unos líderes obsesivos, era apostar por el conflicto. El que no fue, masivamente, no desea que Catalunya se independice, ni le entusiasma ver en la calle a los condenados. Pero quiere seguir dando oportunidades al reencuentro, contra la pelea, la pobreza, las sombras o el miedo, en la etapa que está por llegar.

El PP cometió otro error: levantar fuerte algarada es una forma de no hablar de su corrupción corrosiva, penetrante, que persigue a un partido con muchos más juicios que los que se han seguido en Catalunya. Casado puede decir que no se siente concernido por las declaraciones cotidianas de los testigos de la podredumbre. Pero al hacerlo, a su vez, recuerda cómo hubo muchos que están donde él está ahora, que hicieron de su capa un sayo y de las normas jurídicas y éticas un disfraz. Pero hubo otra multitud que supo y consintió: patriotas del silencio y del bolsillo. La derecha española, según retrato de la propia derecha, ha sido cobarde, pero no por no correr a correazos, según solían, a los discrepantes; sino por no enfrentarse con sus propios tugurios, hasta dejar que las manzanas podridas anecdóticas pasaran a ser mecanismos engrasados por los que determinadas élites transitaban sus flujos de poder. Ese era -¿es?- su nacionalismo español. Si se empeñan en manifestarse cosidos a banderas están avivando el seso de los que para nada quieren aventuras separatistas -tampoco en Catalunya- y para los que defendemos de verdad la Constitución. Pero están demostrando que obligan a elegir entre corrupción miserable o rasgar los vestidos de la convivencia. Por eso no pueden llenar Colón ni motivar una movilización autónoma de la sociedad civil, sostenida, razonable, abierta y dialogante. Su nacional-constitucionalismo de la sospecha no da para eso: prefieren los patios carcelarios a las plazas abiertas. Ese es el problema histórico.

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