Estimadas escuelas del mundo. Lo primero que hizo Albert Camus tras recibir el Premio Nobel de Literatura en 1957 fue escribirle una carta a su profesor de primaria Lois Germain. En ella le agradecía todo el apoyo que le brindó cuando era pequeño, los ánimos y la confianza absoluta en sus posibilidades. Jamás lo olvidó: «Cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto».

De la misma forma que Camus, me dirijo a vosotras, a todas las escuelas del mundo, para daros las gracias por el papel que habéis cumplido en la historia. Pero este año ha sido diferente. Probablemente, a excepción de las dos guerras mundiales, os habéis enfrentado a una circunstancia que parecía que os iba a parar, a cerrar vuestras puertas que son los trampolines del porvenir para miles de generaciones. A pesar de las mascarillas, de las distancias, de las normas que han cuadriculado, encorsetado y paralizado la energía y la vida de una escuela, habéis finalizado otro curso de forma ejemplar.

Como padre y profesor, quisiera decirlo, gritarlo a los cuatro vientos para que la sociedad se dé cuenta del papel crucial que jugáis cada año. Concepción Arenal, la primera mujer española que se licenció en la universidad -disfrazándose de hombre, no lo olvidemos- lanzaba una advertencia: «Abrid las escuelas y se cerrarán las cárceles».

Hoy, cerca de 260 millones de niños y niñas están sin escolarizar en todo el mundo. Si partimos de la base de que vosotras, las escuelas, sois la base de la civilización, tenemos que luchar para que os convirtáis en la prioridad de las agendas políticas y de la sociedad civil. No estamos únicamente ante cuestión política y de poder. Estamos ante un problema de estima y valoración social.

La familia y la escuela son el tronco a partir del cual depende la construcción y la transformación de toda persona. Y ahí tienen un papel único todas las personas que se dedican a la docencia, que cada mañana entran en una clase para darse en cuerpo y alma. Son ejemplo auténtico y vivo para esas personitas que están aprendiendo y escuchando; un dique de contención para las diferentes cadenas y esclavitudes que la sociedad de hoy ofrece por doquier.

El ‘Informe de Seguimiento de la Educación en el mundo (2020)’ de la Unesco muestra que cerca del 40 % de los países más pobres no apoyaron a su alumnado en situación de riesgo durante la crisis de la covid-19 y se insta a la inclusión de todos sin excepción. Estos datos deberían ser ciencia ficción en el siglo XXI. Cada vez que no lleguen a conoceros, la sociedad se hace más frágil porque la desigualdad va minando los cimientos de la civilización. Vuestra función es integrar para que toda persona tenga las mismas posibilidades de decidir qué proyecto de vida quiere desarrollar y presentar al mundo.

Por ello, sois espacios donde se funden los contrastes y se armonizan las diferencias. Vuestro milagro más preciado, que habéis repetido a lo largo de la historia, es recoger, asimilar y aunar en una espiritual conciliación y resolver en armonía las disonancias. ¿No es esto, precisamente, de lo que está necesitado nuestro mundo? Y lo conseguís porque vuestra patria es la cultura, por encima de banderas, colores de piel, ideologías o procedencias.

Camus finaliza diciendo: «Ofrece por lo menos [la carta] la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido». Ojalá que cada persona que lea esta carta haga un parón en el camino y piense en su escuela y en las personas que la hacían y hacen posible. En ellas encontramos una parte de lo que hemos sido, somos y seremos. Me toca parar y sólo me cabe daros las gracias por todo lo que me habéis posibilitado. Jamás os olvidaré.