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Alfons Garcia

A vuelapluma

Alfons Garcia

Reencuentro

Mascarillas

Mascarillas

Adiós a las mascarillas. Con mesura. Adiós solo en exteriores. Pero el gesto pesa. Es casi como el símbolo de un final. Ojalá. Llegados a este punto, es tiempo de recapitulaciones. Pienso en estos casi 500 días desde marzo de 2020, en el que soy y el que era, en la lista de seres perdidos. Veo a dos primos dejados por el camino, un tío político, unos cuantos vecinos y conocidos más o menos próximos. Algunos por covid, otros por razones casi increíbles. La muerte se nos ha hecho muy presente. Quedamos menos de los que deberíamos estar. Pongo el espejo y en el reencuentro veo una lesión perdurable, un físico tocado que habrá que recomponer, si se deja, y unos ojos cansados. La vida ha sacado la hoja roja, el aviso de que esta historia es finita. Nada excepcional. Todo tan humano que relatarlo resulta casi ridículo.

Miro alrededor y no creo que seamos mejores ni más fuertes. Somos los mismos con un dolor aún próximo. Los mismos con ganas de pasar página. Con ganas de una oportunidad de disfrutar. Con mesura, pero disfrutar.

Llámenme misántropo, pero no siento necesidad de recuperar todo el contacto físico. Me parece incluso impúdica la cantidad de besos y abrazos de antes. No me imagino ahora repartiendo apretones de manos a troche y moche. Quizá sea una manera de dar más valor a los abrazos y besos verdaderos, los que se anhelan, no los hijos del compromiso social y la cortesía. Ojalá pudiéramos ser más sinceros después de esto.

Miro alrededor y siento cierto orgullo por una sociedad que se ha mostrado mucho más comprometida con la colectividad que otras. Solo hace falta ver las imágenes de los últimos meses, que no han sido las de otras autonomías. La prudencia compartida y el respeto a las normas autoimpuestas han prevalecido, aunque haya habido algún exceso.

Políticamente, esta experiencia nos deja un país más federal. Con problemas de coordinación entre los territorios y sin unas reglas claras de funcionamiento, cierto, pero estos meses han revelado a los ciudadanos el poder de los gobiernos autonómicos en lo cercano e importante. Es un viento de cola que habría que aprovechar para una transformación que ayude a encarar algunos de los problemas de la nueva España. Pero Cataluña enseña que no va a ser fácil.

Políticamente, los problemas están donde estaban, en una revitalización de los populismos, una polarización rampante y un auge de la mentira como instrumento de manipulación de masas gracias a la tecnología. Miro alrededor y la gestión (mala) de esta experiencia ha supuesto la caída del gran populista Trump. También deja tocados a otros como Bolsonaro o Boris Johnson. Miro alrededor y veo también autonomías que tienen el mayor índice de aumento de la mortalidad pero en las que ha triunfado el relato de una gestión creativa y desacomplejada. Pongamos que hablo de Madrid. Miro más allá y una de las líneas de pensamiento que deja este tiempo es que los gobiernos autoritarios han sido más eficaces (pienso en China y la cercana Hungría). La conclusión es que no hay conclusión, que no creo que este episodio legue una democracia fortalecida o vaya a suponer un golpe de gracia a los populismos. Somos quienes éramos. Ni siquiera me atrevo a decir que el proyecto europeo salga reforzado. Parece que sí, por la rapidez para generar recursos para la reconstrucción, pero el riesgo de la frustración social si los fondos no son útiles está ahí.

Miro alrededor y de lo que no tengo dudas es de que de este tiempo salimos más digitales, más atados a aplicaciones y pantallas para estar conectados a algo sin saber muchas veces por qué y para qué. Más sometidos a la nueva ciencia de los datos, al nudismo inevitable de movimientos, imágenes y palabras. No era nuevo, pero el acelerón ha sido de los que deja marcas.

Miro y veo las calles de siempre. No están más limpias. Tampoco lo esperaba. ¿Por qué esperar un mundo más puro después de esto? El miedo es de digestión rápida. Miro y nos veo aquí, sin mascarillas bajo el mismo sol de verano. No es poco. Doloridos, pero con ilusiones a flote. Y tanto que no es poco.

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