H ace casi treinta años pensábamos que la televisión había alcanzado su nivel máximo de vergüenza. Fue en Alcàsser, población de l’Horta Sud, a escasos treinta minutos de la ciudad de València. La plaza de la localidad se convirtió en un plató televisivo. Tres chicas adolescentes habían desaparecido y desde entonces el crimen de Alcàsser se mantiene vivo en nuestra memoria. Recordar es un deber que nos junta con el pasado. Aunque demasiadas veces ese pasado sea doloroso. Aquellos días, aquellas semanas y aquellos meses la indignidad televisiva nos llenó de una rabia insoportable. El daño familiar fue convertido en una representación en que la ficción y la realidad eran lo mismo. La intimidad dormía a la intemperie «bajo una nube de alas de cuervos», como en los versos lejanos de Anna Ajmátova. Hace treinta años de aquellos días y una vez más descubrimos que aquella nube sigue oscureciendo con una impunidad que aterra lo que pasa.

Las televisiones se han trucado en crónicas de sucesos. Cuando veo a García Ferreras señalándome con el dedo mientras estoy comiendo, lo que veo en realidad no es un programa de televisión, sino la cresta amenazadora de Godzilla cortándome el resuello. Da miedo. Y como él, la mayoría de las grandes cadenas. La pandemia fue un chollo para esas televisiones que parecían forenses destripando, relamiéndose de gusto, la dignidad de la enfermedad y de la muerte. Todavía hoy esas mismas televisiones insisten en lo peor, son incapaces de hacernos llegar una mínima dosis de optimismo, de confianza en quienes saben de estas cosas.

Pero lo peor de lo peor es cuando hay por medio una criatura muerta, o desaparecida, o las dos cosas a la vez. Es despreciable convertir en carnaza televisiva la vida o la muerte violenta de un niño o una niña, de una adolescente o de esa mujer que a sus ochenta años ha sido asesinada, como si la edad de esa mujer estuviera por encima de la monstruosidad cometida por su asesino que tiene a lo mejor, también, ochenta años o algo parecido. No hay medida para escarbar en el dolor y transformarlo en sangre, para acariciar la tristeza infinita de una familia rota sin que esa tristeza se nos ofrezca como una mueca terrorífica de Chucky, el muñeco diabólico. Todo vale con tal de que la audiencia supere a la de sus competidores.

Desde hace unas semanas la noticia bomba es el secuestro en Tenerife de dos niñas a manos de su padre. Una de las niñas ya sabemos que ha muerto. De la otra y de su padre no se sabe nada, aunque se sospeche lo peor. De nada han servido aquellos días de duelo convertido en entretenimiento televisivo en Alcàsser. De nada han servido esos otros días en que niños y niñas fueron carne de cañón para engordar las televisiones que veían así aumentar su cuota de negocio. De nada han servido las mujeres asesinadas, la mayoría por sus parejas o exparejas, que fueron pasto del morbo televisivo y no motivo de una esclarecedora información para acabar de una puñetera vez con el terrorismo machista. Las dos niñas de Tenerife han vuelto a ser lo que antes fueron otras como ellas: trozos de vida inocente expuestos en los ganchos carniceros de unas televisiones sin entrañas.

Hace treinta años pensábamos que la indignidad televisiva había alcanzado su máximo apogeo. Hoy vemos que estábamos equivocados. Las televisiones siguen ofreciendo sangre a cualquier hora del día y de la noche y hay una audiencia mayoritaria que disfruta chupando esa sangre como si fuera el Conde Drácula. Las aguas canarias se han convertido en el centro de una aventura que parece protagonizada por el batiscafo del doctor Cousteau o el Nautilus del Capitán Nemo en las novelas de Julio Verne. Una vez más, el dolor se ha convertido en espectáculo. Cuanto más dolor convertido en espectáculo, más subirá la audiencia. Es lo que hay, aunque se te coma la rabia ante tanta bajeza moral y tanto cinismo. No sé cómo los responsables de esas cadenas y esos programas tienen tripas para hacer lo que hacen. Y encima te señalan con el dedo por si se te ocurre levantarte de la mesa, darle al mando de la tele y decirles, como hizo el gran Labordeta en el Congreso, que se vayan a la mierda.