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Manuel Alcaraz

Infrafinanciación: ya no caben más promesas

 La infrafinanciación de la Comunitat Valenciana se ha cosificado: de describir una situación comparativa hemos pasado a imaginarla como un objeto que nos amarga las buenas noticias. Lo que es peligroso: si por un lado nos permite advertir la causa determinante de ciertos problemas, también va adquiriendo el perfil de lo acostumbrado, de lo inevitable. La cuestión se arrastra y revive cada cierto tiempo, ahora con insensatas declaraciones de una ministra. No insensatas por su sinceridad, absurdamente alabada por su partido, sino porque reconoce un mal sin apuntar solución, lo que desdice de la utilidad de la política y, en ella, de la propia ministra. Con todo, en absoluto soy partidario de enfocar la cuestión con retóricas de indignación y menosprecio: quien va a Madrid con las vestiduras rasgadas acaba resfriado. Palmearnos las espaldas y regocijarnos en nuestra desgracia no sirve de nada en una capital del reino conmovida por otros estímulos.

Lo que no podemos consentir es que la infrafinanciación, además, hiera al Botànic, porque con cualquier otro Gobierno valenciano la financiación iría peor, y no están los tiempos para que las fuerzas del Botànic de líen en un zafarrancho patrocinado por el Ministerio de Hacienda. Cuando en lo peor de la pandemia Compromís votó contra prorrogar el estado de alarma porque el Gobierno no avanzaba en la financiación, manifesté mi enfado -así se lo dije a Baldoví, la persona que más se bate el cobre por el asunto en el Congreso-: no era el momento. Pero ahora el tiempo ya es, afortunadamente, otro y el buen hacer de la Comunitat en la pandemia es un argumento añadido a los muchos que justifican la reivindicación. En este tiempo la responsabilidad es colectiva, pero es lícito que las críticas se dirijan con mayor énfasis al PSOE. Y al PSOE nuestro. Qué le vamos a hacer. Esto no es una rabieta, ni un intento de hace pinza. Es recordar que quien más poder tiene, más responsabilidad asume.

Al Botànic, trastabillado por la pandemia, le quedan tres cosas por hacer. Todas esenciales, pero tres: 1) Asegurar la gestión ordinaria de gobierno, sabiendo que en algunas materias llega tarde a reformas. 2) Intentar que la aplicación de ayudas se haga con perspectiva progresista; distinguiendo entre la mera eficacia y la disposición a entender que la distribución es susceptible, hasta cierto punto, de atender a criterios de solidaridad. 3) Politizar la cuestión de la infrafinanciación como factor cohesivo, coadyuvante de los otros dos y movilizador de la sociedad civil.

El Gobierno del Estado muestra una fatiga más que lógica. Pero ha situado en el corazón de su acción postpandemia la cuestión de la redefinición del modelo de Estado conviviente con los indultos. Porque los indultos y su mensaje de concordia no tienen sentido si no están en una agenda de medio plazo, federalizante, sobre el futuro del Estado autonómico. Si el proyecto de reforma de Sánchez es indultos más acabar con Susana Díaz vamos a encontrar muchos trabajos de amor perdidos. Entiendo que no haya una hoja de ruta acabada, pero no sería malo conocer si hay alguna teoría general de la cuestión. Como sería bueno que supiéramos qué dice Ábalos y sus avalistas de la financiación. El problema es que Puig no puede contentarse con los gestos de apoyo a la reconciliación sin introducir en la misma dinámica la cuestión de la financiación.

Tampoco le pido un estéril suicidio. Lo que le pediría es que ejerza un liderazgo activo en la sociedad valenciana centrado en esto, sin que él y sus peones del Palau se dispersen en batallitas y promesas que maldita falta que nos hacen y que, demasiadas veces, proyectan la imagen de querer contentar a demasiados lobbys. Ese liderazgo debería significar que nadie pudiera alzar la voz más que él para reivindicar la infrafinanciación. Pero no con frases resultonas e inobjetables, sino a partir de algunas premisas que me atrevo a proponer.

La primera es emprender, por una vez, un camino planificado, comprensible, del que se pueda dar cuenta, en el que estén dibujados los pasos políticos, técnicos y jurídicos, así como las alianzas plausibles, la acumulación de fuerzas federalista, por ejemplo, que puede hacerse aquí y fuera de aquí. Y el papel asignado al Botànic en esa planificación, esto es: cómo se recupera la complicidad en el diseño de estas políticas principales. Y, luego, que cada cual cargue, si quiere, con el peso del narcisismo por la foto oficial. La segunda es comprender que lo que no es un problema, en Madrid no existe. Hay que fabricar, pacífica, democráticamente, el mapa del problema valenciano: no en nombre de soberanías y dignidades heridas, sino en cuanto que el momento permite, y hasta exige, que la Comunidad lidere la reconstrucción de muchas cosas y la orientación de redes innovadoras. El problema valenciano debe ser la suma de los desconciertos acumulados. No para convertirnos en llorona cornucopia de lamentos, sino en clamorosa fuente de propuestas. Para empezar, explicando en qué nos gastaríamos cada año los 16.000 millones de euros con los que estamos infradotados -aparte de pagar deuda-; lo que aconsejaría una renovación de los acuerdos botánicos. Y en tercer lugar hace falta una dirección política de la reclamación: plural, trasparente y prestigiosa, fruto de una colaboración entre la Generalitat, el resto de instituciones públicas y la sociedad civil. Con una voz permanente e institucional en Madrid. El fantasmagórico empeño de una tal Fundación Conexus, en la que Puig, por razones que se me escapan, confió, no parece que haya dado respuestas adecuadas. Hace falta otra cosa.

Los economistas hicieron su papel. Como mi buen amigo y admirado Vicent Soler dice, cargarse de razones es esencial. Pero el peso de las razones ya nos vence la espalda. Es la hora de políticos que han aprendido la lección: que en esta cuestión ninguna promesa, ya, sirve de nada. Las de la derecha menos que ninguna porque va reconfigurando sus señas de identidad en torno a una recentralización, al confundir España con nacionalismo español y éste con Madrid como voluntad y representación. Por eso lo que no se puede consentir a las izquierdas valencianas es que la infrafinanciación se convierta en factor de división interna en lugar de fundador de una cultura compartida. 

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