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Martín Gijón

Trabajólicos

 Trabajo más de lo que quisiera. Sí, en serio. Me gustaría echar unas horitas menos al día, dedicarlas en su lugar a hacer más deporte, a leer más, a estar más tiempo con mis personas importantes, a pintar, a aprender a coser y a hacer montañismo y a bailar claqué. ¿Les sorprende? No el claqué, sino lo de que quiera trabajar menos. Pues no entiendo por qué. A mí me da la sensación de que cada vez más gente se apunta a fardar de cuánto trabaja. Algo que me parece el súmmum de la sinrazón, pero que escucho demasiado a menudo.

Son los workaholics, palabra que nunca pronuncio bien porque me vienen a la cabeza los alcoholics y siempre digo algo así como workalcoholic, que sería una especie de adicto al trabajo y al alcohol, vamos, una cosa de traca ya. Así que cuando el otro día una amiga chilena se refirió a ellos como «trabajólicos», vi la luz. Por fin una palabra pronunciable, reconocible y que refleja muy bien esta insania de nuestro tiempo.

Hace unos años tuve un jefe trabajólico. Ya, casi todos lo son, o al menos lo aparentan. Pero es que este vivía para comunicar al mundo su adicción. Un ejemplo: se jactaba de contestar los correos electrónicos a horas intempestivas. Las dos, las tres, las cinco de la mañana. Ese límite incierto en el que uno no sabe si se ha acostado muy tarde trabajando, se ha despertado muy temprano para trabajar, o directamente ni siquiera ha dormido a fin de seguir trabajando. La finalidad de tan estrambótico proceder no era otra que conseguir que se corriera la voz: el trabajador in- cansable, un valor en alza. El jefe que da ejemplo demostrando que no sabe hacer otra cosa más que trabajar, para que a todos no les quede otra que tratar de emular a su líder. Valiente gilipollez.

Luego uno llega a los setenta y le da la castaña al resto con cuánto se arrepiente de no haber currado menos y vivido más. «Es que has estado un poco lento en darte cuenta, amigo», me dan ganas de decir. Como le hubiera dicho también alguna cosa a aquel jefe caso de que hubiera sido capaz de recibir alguna crítica sin amenazarte con fauces de hiena ávida de sangre. «Si necesitas veinte horas para lo que otros despachan en ocho, igual te lo tendrías que mirar. Además, das pena. No tienes vida y tratas de que los demás tampoco la tengamos». Uy, que me vengo arriba y me despacho a gusto. Bueno, si lo lee, eso que se lleva.

Pienso que quizá todo esto venga del presentismo, otra lacra que va muy unida. Hay que estar, saques adelante tus tareas o te pases la jornada leyendo el periódico, pero hay que estar. Como con la expansión del teletrabajo no nos pueden ver echando horas en el sillón de la oficina, tratamos de justificarnos hablando de cuantísimo curramos. El día que en España pensemos más en sacar resultados que en fingir que lo hacemos, las cosas empezaran a irnos bastante mejor.

Les cuento una última. Hace unos días coincidí con un escritor que vende bastante bien. Incluso algo más que yo. Esto último no lo digo por hacerme la inmodesta, líbreme yo de no llevar a gala los roles que la sociedad ha adjudicado a mi sexo. Sino por lo que ahora les explicaré. Este señor me invitó a una copa y empezó a darme lecciones. Así, sin pedirlas –ni la copa ni las lecciones–. «Yo te diré cómo sobrevivir en la literatura, chiquilla» parecía titularse su ponencia principal. Ay, (a)l(gun)os hombres. Cómo les pone eso de ser nuestros maestrillos. Machoexplicadores, les dicen ahora. Aquí también hay anglicismo, por supuesto. Mansplainers para quien le mole más. Dícese de aquellos señoros que parten de la suposición de que cualquier mujer sabe menos que ellos y consideran una especie de deber iluminarlas en la cuestión que se suscite, da igual cuál, como si es la especialización a la que ella ha dedicado su vida. Bueno, pues uno de esos. Me recomendó –casi ordenó– aceptar todo el trabajo que me ofrecieran, no rechazar nada. Nada. Lo subrayó con ambas manos, por si el lenguaje verbal no me bastara para comprenderlo bien. «Si hiciera eso, entonces no podría escribir mis libros», repliqué. «Por supuesto que podrías». Ay, qué tonta yo por no darme cuenta. «¿Cuánto curras tú?», le pregunté entrando a saco al trapo rojo que me extendía. «Unas doce horas al día, todos los días». No pude más que darle una palmadita compasiva en la espalda, aunque me da que se la tomó más bien como un «olé tus huevos, chaval».

Acabo con una petición a esos señores trabajólicos (y señoras, que haberlas haylas): dejen de presumir de que le echan horas al trabajo. Si ustedes quieren hacerle el juego a este sistema explotador que trata de exprimirnos a –casi– todos, adelante. Pero no pretendan que sea un valor del que sentirse orgulloso. Si hay que presumir de algo, que sea de saber disfrutar la vida. Que dura dos telediarios, visto está.  

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