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Va de bo

Alberto Soldado

El yugo y los bueyes

El tema catalán lleva siglos en el debate, como poco desde los tiempos del Conde Duque de Olivares, ministro del rey Felipe IV. La hegemonía española en Europa dependía de ejércitos bien pagados y no había un maravedí para sostenerlos. Así es que el valido del rey pensó que los reinos de la monarquía debían aportar según población. Francisco de Quevedo se encargaba de recordar el peso que soportaba Castilla: «En Navarra y Aragón, no hay quien tribute un real; Cataluña y Portugal son de la misma opinión; solo Castilla y León, y el noble pueblo andaluz, lleva a cuesta la cruz». Se olvidaba el autor de El Buscón que el negocio con América estaba en las exclusivas manos de Castilla. Cuando al Conde Duque se le ocurrió crear la llamada Unión de Armas para sostener el ejército del imperio surgieron los problemas. Castilla exigía tributos a los restantes reinos de la Monarquía Hispánica, con arreglo a su población y muchos de ellos vinieron a decir que naranjas de la China. Cuatro siglos después seguimos discutiendo sobre la financiación. Sólo los vascos parecen tan satisfechos que el sentimiento independentista es cada vez menor. Piden, eso sí, el ‘aeque principaliter’, que quiere decir «igual de importantes». Hoy podríamos denominarla bilateralidad.

Los propagandistas quevedianos confunden y hablan de la necesidad de respetar la Constitución, como si una norma escrita pudiera cambiar sentimientos. Apelan a la igualdad de los españoles, a que no existan territorios privilegiados. A que todos tengamos las mismas leyes, los mismos compromisos fiscales. Argumentos que, aparentemente, están cargados de razón. Gobernamos individuos para individuos. Pero las leyes no cambian sentimientos.

Esa misma Constitución que consagra las libertades impide que si una mayoría de gentes nacidas en Cataluña deciden, si así les apetece, gobernarse bajo las botas del sucesor del emperador de Etiopía, esa Constitución, tan liberal ella, les impide votar. Se olvidan del deseo del ‘aeque principaliter’ de los Reyes Católicos. Los que forjaron aquella unión de los dos reinos más importantes de la vieja Hispania tenían claro que sólo desde el pacto entre iguales funcionaría el asunto. En el momento de desposarse Fernando regaló el yugo a Isabel, que simboliza la fuerza de la unión de dos bueyes en la misma dirección mientras que Isabel regaló el haz de las flechas anudadas a Fernando, como símbolo de la fortaleza de unidad. Un regalo mutuo de deseo de convivencia, un pacto entre iguales. El primero que intentó romper ese yugo fue el Conde Duque de Olivares. Y así acabó.

Cuidado con los dirigentes de la derecha y muchos de la izquierda que, desconociendo el significado histórico del yugo y las flechas, confunden una unidad pactada en la igualdad con el símbolo centralizador que jamás pensaron Isabel y Fernando y que otros utilizaron con fines contrarios a su origen. Unidad forzada no puede ser buena medicina para un enfermo que reclama libertad. Que alguien explique la Historia de España que lo fue de las Españas, aunque me temo que se ha llegado tarde. Intereses mezquinos y sectarios, incluidos los de vivir del cuento, de unos y otros, la han modelado a su antojo. Y ahora no hay manera de romper el yugo de la intransigencia. Los bueyes están convencidos de que juntos no van a ninguna parte.

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