Escribo estas líneas con la grata sensación de haber esquivado ya esa temida cuarta ola que, afortunadamente, no ha tomado la altura que preveíamos. Con toda seguridad, gracias a un binomio inexcusable y necesario en nuestro recuerdo para futuras ocasiones: eficacia por las medidas adoptadas por la administración pública valenciana y responsabilidad colectiva de la ciudadanía para incorporar el modelo de comportamiento solidario que la evolución de la pandemia reclamaba. Reflexiono también sobre las consecuencias que tiene para la salud mental la constante amenaza que supone una enfermedad desconocida para nosotros por su irrupción repentina, por su capacidad de contagio y su letalidad, centrada en el colectivo de personas mayores de nuestra sociedad.

Y lo hago desde esta tribuna que me ofrece el diario Levante-EMV a través de la Fundación Novaterra, dedicada desde hace muchos años a la inserción sociolaboral de las personas, a la sensibilización de la sociedad ante las situaciones de exclusión y, por tanto, a la búsqueda del bienestar individual y colectivo del ser humano. La amenaza de la que hablamos está estrechamente ligada a la afortunada placidez con la que la ciudadanía del primer mundo se relaciona con la enfermedad, circunscrita al ámbito individual y privado, sin necesidad de ninguna conducta grupal solidaria para afrontarla y con buenos sistemas sanitarios públicos protegiendo nuestra salud. Nos centraremos, pues, en el bienestar psicológico de las personas y en la posibilidad de generar estrategias que nos permitan vivir de un modo más adaptativo a los requerimientos de este nuevo tiempo.

El elemento más perturbador para nuestra integridad lo ha constituido la incertidumbre y el desconocimiento de lo que supone una pandemia. Una situación de amenaza colectiva a la salud de todos los habitantes del planeta no había sido percibida nunca por las generaciones presentes. Tampoco la necesidad de protegernos con medidas aparentemente poco tecnológicas y sofisticadas como puedan ser la restricción de los contactos sociales, la distancia física o el uso de mascarillas, propia de otras culturas o de otros tiempos. Estamos acostumbrados a un paradigma de intervención mucho más tecnificado, inmediato y rápido: aparición de enfermedad, diagnóstico tecnológico avanzado e intervención terapéutica eficaz y de éxito en la gran mayoría de casos. Si añadimos a ese escenario, que el mundo científico, al que solemos recurrir sólo cuando las cosas se ponen muy feas, tampoco pudo prever con la rapidez que deseábamos la salida del túnel oscuro en que nos sumió el virus y que, lógicamente, nuestros gobernantes tampoco tenían claras las líneas de actuación a seguir desde los primeros momentos, entenderemos cómo se ha producido la tormenta perfecta para nuestra atribulada estabilidad.

El mejor antídoto contra el desconocimiento y la incertidumbre suele ser la confianza. Se ha de restaurar en todos nosotros este valor tan seguro contra las amenazas. Los profesionales de la psicología sabemos desde hace tiempo que la práctica de la confianza, de la empatía, de la solidaridad, genera bienestar. Hemos de volver a la sencillez en las soluciones. Hemos de confiar en que la educación de nuestros hijos e hijas, incorporando valores éticos y de ciudadanía, servirá para hacer una humanidad más comprometida y cooperativa; hemos de confiar en los avances de la ciencia como estrategia para el progreso y el bienestar; también a confiar en que nuestros representantes políticos legítimos, pongan los derechos sociales en el foco de sus políticas para que nadie tenga que afrontar situaciones como las que hemos vivido, con vulnerabilidades añadidas, en muchos casos por no tener acceso a la vivienda o a una renta mínima de ciudadanía.

Y hemos de confiar en nosotros mismos. En nuestra capacidad de cambiar el rumbo de las cosas, en nuestra posibilidad de ofrecer modelos personales de conducta ética, justa y solidaria para que sean reproducidos con frecuencia y se conviertan en hábito saludable. Sin olvidar que, cuando todo esto no sea suficiente, deberíamos tener un sistema de servicios públicos robusto en el que no faltara la asistencia psicológica gratuita, suficiente y de calidad para toda la población, tanto desde el sistema de salud como desde la atención primaria de servicios sociales. Así de sencillo.