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Julio Monreal

El Noray

Julio Monreal

Hora de construir

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Hora de construir

Carlos Mazón es ya el nuevo presidente del Partido Popular en la Comunitat Valenciana con más del 99 por ciento de los votos de los delegados de su 15º congreso. El flamante líder conservador ha cosechado como primer éxito de su recién estrenado mandato la unificación de un partido que en los últimos años se había dividido en distintas sensibilidades, una consecuencia de la pérdida de poder en las instituciones central, autonómica, provincial y local, y también de la disgregación y pérdida de numerosos referentes, fruto de procesos judiciales por corrupción y otras causas.

El viento que Pablo Casado y Teodoro García Egea han insuflado en las velas de Mazón, incluso apartando de la carrera presidencial a la anterior lideresa, Isabel Bonig, ha resultado decisivo para que el presidente de la Diputación de Alicante esté en condiciones de ofrecer a su partido una posibilidad real de recuperar el gobierno autonómico que perdió en 2015 frente a la actual coalición del Botànic. No en vano, el lema del congreso celebrado ayer en Les Arts ha sido «Tots a guanyar», una expresión más de campaña electoral que de relevo orgánico. Y no menos llamativo resulta que el nuevo presidente del PPCV haya incluido a casi todos los militantes de su partido en la nueva ejecutiva, una larguísima lista de secretarios, vicesecretarios y vocales que reciben el mandato de trabajar desde hoy mismo en todos los frentes para lograr que Mazón sea el próximo presidente de la Generalitat cuando llegue la hora de las urnas.

Pero no son la unidad en torno a su persona y el respaldo expreso de la dirección nacional del PP las características que diferencian la etapa que se abre con Mazón y la que se cierra con Bonig. Ésta ultima se hizo cargo de una formación noqueada por los casos de corrupción, el encarcelamiento de líderes y el constante paso por los juzgados de los políticos y altos empleados públicos responsables de la etapa «dorada» de la Comunitat Valenciana, aquella que Eduardo Zaplana quiso poner a la altura de California y a la que Francisco Camps retrucó con aspirar al modelo de Florida.

Con la gaviota popular sobre la lona y el árbitro contando diez, la lideresa y su equipo intentaron algo más rupturista que cambiarse de sede para salir de la que se reformó con dinero negro: quisieron cambiar el nombre del partido, a fin de dar un mensaje de renovación, casi de refundación, pero Madrid no se lo permitió. Era una enmienda demasiado grande. Así que Bonig y su equipo tomaron otro camino, el del ojo por ojo, diente por diente reflejado en el Antiguo Testamento (Éxodo 21: 24). Ya no hubo propuesta ni política, solo leña. Cuanto peor mejor. Ignorando que la responsabilidad no la asignaban los partidos del Govern sino los jueces y fiscales, los populares de Bonig se embarcaron en una operación de enfangamiento de la política, con una intensa actividad en las redes sociales, los juzgados y la agencia antifraude, a fin de intentar extender la especie de que las demás formaciones también tienen muertos en el armario. Incluso llegaron a abjurar de uno de sus más firmes símbolos, Rita Barberá, a quien le pidieron la dimisión como senadora en una votación en las Corts.

El PP que Mazón recibe lo primero que ha hecho es reconciliarse con la herencia de la que fue alcaldesa de València durante 24 años y de quien la nueva número dos, super María José Catalá, portavoz en el Parlament y en l‘Ajuntament y mamá primeriza desde hace una semana, se declara ferviente admiradora y seguidora. Restañada esta herida, no solo de Barberá vivirá el PP. Mazón ha anunciado su propósito de construir, frente a la tensión destructora de su predecesora. El nuevo líder conservador, que se sabe inminente depositario de todos lo votos de Ciudadanos y parte de los de Vox, pretende construir un relato vencedor sobre la reivindicación del agua del trasvase Tajo-Segura para Alicante y Murcia; la reclamación de una financiación justa para la Comunitat Valenciana y la resurrección de un discurso identitario frente a posibles y supuestas injerencias de otras regiones, singularmente Cataluña, en la creencia de que en los tres ámbitos pone en aprietos a los socialistas de Ximo Puig, a los soberanistas -así quieren llamarse ahora- de Mónica Oltra, y a los podemistas de Martínez Dalmau y Pilar Lima. Y a todo ello, y por oposición al tripartito botánico, Mazón suma la promesa de bajar los impuestos incluso suprimiendo algunos de ellos, queriendo adherirse a la exitosa ola de Díaz Ayuso en Madrid y tratando de ganar adeptos entre los más sensibles al termómetro fiscal, los empresarios y las clases pudientes y profesionales.

Construir es el objetivo de Mazón. Una noble aspiración que se apoya en la promesa de anteponer los intereses de los valencianos a los del partido, y que deberá concretarse en propuestas y en actitudes dialogantes con el resto de fuerzas politicas, las cuales también defienden legítimamente las aspiraciones de los ciudadanos. Construyó Eduardo Zaplana (aunque se quedó un poco de argamasa para él, según los indicios); construyó Francisco Camps, pese a que nadie de los suyos le reconoce ahora ningún mérito; y construyó lo que pudo Alberto Fabra que tuvo que lidiar con la más fea, la crisis que se llevó por delante medio estado del bienestar en la Comunitat Valenciana. Ojalá sepa Mazón construir desde el diálogo, la responsabilidad, la eficacia, y la justicia social.

Una electrificación en tela de juicio

Una de las medidas que de forma más recurrente se propugnan para luchar contra el cambio climático y en favor de la conservación del planeta es la electrificación del mayor número de actividades posible, la solución más adecuada para la necesaria descarbonización. Así, se aboga por la electrificación de los hogares suprimiendo combustibles fósiles como el gasoil para calefacciones, o la del transporte, ya sea por carretera o por ferrocarril, lo que sin duda redundará en una reducción de la contaminación ambiental y del calentamiento de la Tierra. Y uno, de forma inocente, se pregunta cómo es posible que comparezcan simultáneamente ante la sociedad la necesidad de la electrificación progresiva descarbonizadora y un encarecimiento prohibitivo de dicha energía para industrias, hogares y transporte en general. Si la energía eléctrica ha de ser la protagonista del futuro inminente alguien debería empezar a pensar en la necesidad de prestigiar su uso, y a combatir la impresión general de que las eléctricas son un negocio abusivo que eleva una y otra vez los precios al tiempo que reparte entre sus accionistas unos dividendos millonarios. Mientras la burbuja continúe hinchándose será muy difícil que los ciudadanos vean en la electricidad la solución de futuro que anuncian los gurús.

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