La cuestión catalana, ante la sucesión de los últimos acontecimientos, sugiere la participación de los ciudadanos, también, para tratar de ayudar a resolver el conflicto. Efectivamente, ya no es solo una minoría selecta de políticos la que tiene que dar solución al problema, sino una mayoría de ciudadanos la que debe comprometer su opinión al respecto. Es el buen sentido el que debe prevalecer y es con el encuentro, aun con la aceptación de las discrepancias, como deberá recorrerse el camino que lleve al marco legal adecuado para la superación de las diferencias.

Desde posiciones democráticas no se puede ignorar la situación y negar las posiciones del otro supone lógicamente debilitar las del conjunto. Es claro que en la cuestión catalana existen temas pendientes que merecen reconocimiento, y olvidarlos sin aceptar la parte de responsabilidad que corresponde a cada cual supone faltar a la realidad. Pero ocultar lo que nos une y acentuar lo que nos separa, no es avanzar en la búsqueda de la solución. Recordar el texto de Rovira i Virgili ‘España y Cataluña. Lo que nos une’, sí lo es.

Hoy lo moderado no se lleva, los matices son rechazados y son precisamente los matices los que subsistirán, cuando las banderas dejen paso a las ideas. La razón es el asidero que nos queda a los demócratas para resolver las diferencias. Ignorar la moderación supone hacer el juego a los que quieren el enfrentamiento desde posiciones distantes, desoyendo los perjuicios por razones partidistas.

La apuesta por el país que se quiere construir requiere analizar las consecuencias del proceso, cuestionarse sobre lo que se deja y hacerlo sobre el marco jurídico, económico y político que se quiere alcanzar. Cuestiones que no pueden ignorarse. Albert Camus nos advierte que «más allá del nihilismo, todos nosotros entre las ruinas, preparamos un renacimiento». Así tiene que ser y no podemos desconocerlo. Todos los daños que el proceso independentista haya podido causar, por ambos lados, es preciso repararlos.

Los ideales requieren contar con realidades. Cierto es que existe la esperanza para algunos a acreditar que con la gestión independiente de Cataluña podrían obtenerse mejores resultados. Pero también lo es que con la reforma consensuada de la estructura actual del Estado en favor de una más equilibrada, con los matices que se quiera, se podrían evitar los perjuicios bilaterales.

Planteado el problema en Cataluña, desde ésta debe venir la solución. Dando al nuevo Gobierno la confianza suficiente para que la solución se alcance cuando se ha decidido tender la mano. Apostar por el encuentro sin entrar en dialécticas pasadas, sino profundizando en el conocimiento mutuo para avanzar, supone aceptar los riesgos del camino pero también iniciarlo para lograr una necesaria solución.