En el antiguo orden franquista, la unidad de España fue el lema del frontispicio sobre el que se armó todo el edificio regimental. España se representaba como una, grande y libre siguiendo la retórica falangista, que no era otra cosa que la versión patria del ultranacionalismo tras la Primera Guerra Mundial, la que industrializó el belicismo. Nos libramos de aquella brutal conflagración gracias a los desastres coloniales y la depresión del 98. Tal vez por eso, porque pilló frescos a los españoles, nos avanzamos a la segunda gran guerra con un salvaje conflicto civil que sirvió de banco de pruebas para las batallas europeas que se sucedieron.

A esa misma unidad como armazón político se aferra ahora el nuevo partido españolista, Vox, cuyo nacimiento está directamente vinculado al reto que para el país ha supuesto el activismo independentista catalán. Resulta obvio que si Vox tuviera competencias ejecutivas en el Estado aplicaría de inmediato el artículo 155 de la Constitución, limitando o incluso anulando la autonomía catalana, tomando el control directo tanto de los Mossos d’Esquadra como de los medios de comunicación públicos, utilizando para ello, si fuera necesario, a la Guardia Civil o a la mismísima Legión, cabra incluida.

Europa entraría en estado de pánico, por más que en algunos países excomunistas del Este puede que aplaudiesen el empleo de la mano dura en la acción de gobierno. Solo la improbable victoria de Marine le Pen en las elecciones presidenciales de la próxima primavera en Francia daría verosimilitud al escenario descrito.

El Partido Popular, en cambio, es harto improbable que llegue a tanto, entre otras razones porque su adscripción y tradición europeísta le sitúan en un territorio mucho más dialogante por más que, en el momento actual, el tacticismo electoral le impulse a reprobar cualquier atisbo de negociación política con el soberanismo catalanista. El argumento popular no es otro que la defensa del Estado de derecho, un cómodo valor político que se vende como la inexpugnable muralla de Troya pero que, en realidad, esconde otra falacia más de quienes no quieren pensar en los mecanismos complejos que conducen a la construcción del pensamiento social. O lo que es lo mismo, el conservadurismo como máxima expresión de la inmovilidad política.

En la serie televisiva ‘The good fight’, cuyos guiones obra del matrimonio Robert y Michelle King siempre están atentos a la actualidad más inmediata, se describe un mundo posterior a la presidencia de Trump donde la justicia se imparte en el almacén trasero de una papelería por parte de un juez, sin titulación, que aplica su particular sentido común y sus afinidades personales para marcar un tanteador entre la defensa y la demanda en cada caso. Metáfora de la charlotada en la que se ha convertido parte de la justicia norteamericana tras tres temporadas de serial en las que los jueces parecen extraídos de un frenopático antes que de una prestigiosa facultad de Derecho.

Más aceradamente irónica es todavía la historia que se cuenta en ‘El método Kominsky’ de Chuck Lorre, en cuya última entrega su protagonista –Michael Douglas es Sandy Kominsky–, conoce ‘de verdad’ al actor Morgan Freeman que está interpretando una serie de ciencia ficción en la que ha perdido el género masculino en favor de un género neutro. Freeman ya no es él ni ella (‘he’ o ‘she’) sino ello (‘it’), en una delirante secuencia, aunque no tan inverosímil tras lo visto y oído en la nueva ley trans que ha enfrentado a diversas sensibilidades del feminismo español.

Luchas faccionales habituales en el bando progresista, cuya tendencia a creer en soluciones finales y maniqueas hace difícil avanzar hacia filosofías más panteístas o, simplemente, hacia dialécticas relativizadoras. La raíz religiosa de la izquierda que promete verdad, redención y justicia futura. Y menos mal que las fuerzas libertarias que siempre han acompañado el devenir de los ‘revolucionarios’ cuestionan las tendencias militarizadoras y represivas encarnadas hoy día en parte de Latinoamérica y en la potencia china. Creencias frente a ritos.

Lo había vaticinado Tony Judt, para quien la nueva izquierda vive bajo el paraguas de una gran retórica, afectada por una ola de libertad individual e identitaria sin precedentes en casa, pero defendiendo causas colectivas en el exterior. Tal vez por eso, los grandes grupos domésticos han quedado del lado conservador –incluyendo obreros y jornaleros– mientras que la identidad se ha convertido en el principal caballo de batalla para la izquierda.

No ha de extrañar, como consecuencia de todo ello, el momentáneo descrédito de la política que afecta al conjunto del reparto y de toda la producción de la obra, incluyendo a los tramoyistas, lo que representa una novedad respecto a anteriores crisis del sistema como las que afectaron, por ejemplo, a la monarquía parlamentaria italiana o a las repúblicas española y de Weimar, así como a la primera portuguesa o a la liberal polaca también, que colapsaron por diversos motivos, entre otros porque alimentaron antagonismos.

Esa es, en definitiva, la cuestión decisiva en el presente: de cómo la política democrática en curso es capaz o no de generar soluciones dinámicas internas, lo suficientemente amplias y pactadas para repeler a sus enemigos actuales, que los hay: integrismos religiosos, populismos, indigenismo redentorista... Abróchense los cinturones, porque no parece que los políticos moderados en ejercicio vayan a dar ese paso y solo si se sostiene incólume el Estado de bienestar cabrá un orden político en equilibrio, entre el parlamentarismo liberal y la gestión socialdemócrata del mercado. Todo lo demás, depende del avance del conocimiento.