Para unos y otros existirían dictaduras buenas, o mejor dicho, dictaduras que no lo serían, y dictaduras malas que serían las verdaderas dictaduras. Sin duda, en unos y otros casos asistiríamos a ejercicios de hipocresía o de sectarismo en todo caso rechazables, pues para un demócrata no debe existir la menor duda en calificar como dictaduras a los regímenes políticos en que no rigen los derechos y libertades fundamentales, en los que no se permiten los partidos políticos a excepción del que está en el poder, donde no hay libertad de prensa, no se respeta la división de poderes, o en los que la justicia no es independiente.

Que un partido como Unidas Podemos, que gobierna en coalición con el PSOE, acabe de proclamar en el Congreso de los Diputados (13 de julio) que el régimen político cubano no es una dictadura no debe extrañarnos; ésa es una opinión constante de los comunistas españoles a los que la democracia les sigue pareciendo un abominable invento capitalista. Ahora que Unidas Podemos está dirigida por una comunista, vicepresidenta del Gobierno, ¿qué necesidad hay de otros partidos políticos en Cuba, donde el Partido Comunista cubano rige la vida de los cubanos desde hace más de sesenta años? Sin embargo, a Unidas Podemos no le cabe duda de que el régimen franquista era una dictadura sin paliativos. Se trata de una actitud paradigmática: dictaduras buenas y dictaduras malas.

No es difícil llegar a la conclusión de que el comportamiento inadecuando de Joe Biden, no entrevistándose como mandan los cánones diplomáticos con el presidente del Gobierno español, muestra la desconfianza hacia un Gobierno integrado por comunistas. Muchos se rasgaron las vestiduras cuando José Luis Rodríguez Zapatero no se levantó en un desfile militar al paso de la bandera de EE UU, pero esos mismos no se han manifestado con el rechazo que merece Biden por el menosprecio que manifestó hacia Pedro Sánchez en la cumbre de la OTAN. Al contrario, a muchos que se proclaman patriotas les agradó el trato indebido que recibió Sánchez.

En la derecha española podemos observar comportamientos parecidos a los de Unidas Podemos. Cuando a principios de julio se votó en el Parlamento Europeo la reprobación de la legislación homófoba impulsada en Hungría por su presidente, Viktor Orbán, un populista con tendencias totalitarias, los diputados de Vox y los del PP, con la excepción de Esteban González Pons, no se adhirieron a la gran mayoría que reprobó la mencionada legislación, uniéndose a los partidos de la extrema derecha europea. Y ya conocemos la posición ambigua del PP en relación con la dictadura franquista y con otras dictaduras de derechas. El Partido Popular exige ahora al Gobierno que declare que el régimen político cubano es una dictadura, pero no exigió lo mismo en relación con el régimen dictatorial de Marruecos a raíz de las provocaciones de ese Gobierno en la frontera de Ceuta el pasado junio. Otra vez lo mismo: dictaduras malas y dictaduras buenas.

El nuevo ministro de Asuntos Exteriores condenó el 13 de julio lo que está sucediendo en Cuba, auténticos atropellos a los derechos fundamentales y las libertades públicas, y solo un día antes, el 12 de julio, en su toma de posesión del cargo se refirió a Marruecos como «el gran amigo del sur». Otra vez lo mismo: dictaduras buenas y dictaduras malas.

Ni el Gobierno ni la oposición califican abiertamente de dictaduras a regímenes como el chino, o como los de Oriente Medio y otros tantos que podrían citarse. Democracias como la nuestra, aún con todas sus deficiencias, son pocas en el mundo; siendo muy generosos no llegarían a sumar cuarenta de entre los ciento noventa y tres Estados que forman parte de la ONU. En muchas ocasiones tenemos la sensación de que la democracia es un invento occidental que no hemos conseguido expandir por el mundo. Y en un mundo globalizado tenemos que convivir con la gran mayoría de Estados en los que la democracia o es utopía o es ficción.

En EE UU, ya sean gobiernos presididos por un demócrata o por un republicano, el principio que rige las relaciones con las dictaduras es el del mero interés, de manera que «los defensores de la democracia en el mundo», como les gusta autocalificarse, han protegido a dictaduras de derechas como las de Franco, Pinochet o algunos países árabes y otras tantas que favorecían o siguen favoreciendo sus intereses estratégicos. Por el contrario, dictaduras como las de los Castro en Cuba merecieron la más rigurosa de las condenas imponiéndoles un embargo que dura ya más de cuarenta años. La hipocresía de EE UU en política exterior es proverbial. Otra vez lo mismo: dictaduras buenas y dictaduras malas.

¿Tiene nuestro Gobierno, en sus relaciones internacionales, que velar primordialmente por los intereses estratégicos de España, por nuestros intereses derivados de la historia y por los intereses económicos de los españoles? O, por el contrario, ¿debe actuar nuestro Gobierno haciendo caso omiso a las repercusiones que pueden tener en nuestros intereses las condenas a ciertos regímenes dictatoriales? Nosotros no tenemos dudas: aunque nos pese, en el mundo globalizado en que vivimos sería suicida que nos erigiéramos en paladines de la democracia sin ser una potencia de primer orden en lo económico y en lo militar; tendríamos todo que perder y nada que ganar. Lo prudente es que nuestra política exterior, en temas de envergadura, a falta de una política exterior común de la Unión Europea, se haga de común acuerdo con los socios principales de la Unión (Francia y Alemania) sin perder de vista los intereses a que antes nos referimos.

Las obligaciones, limitaciones y prudencia que debe tener el Gobierno en política exterior, sin embargo, no deben ni confundir ni limitar a los medios de comunicación y a los ciudadanos españoles que deben, que debemos, utilizar todos los recursos que nos proporciona un régimen democrático para poner de manifiesto las vulneraciones de los derechos fundamentales y las libertades públicas allí donde se produzcan.